El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Los periódicos de Londres publicaron durante once días consecutivos la historia del Halcyon, y durante once días consecutivos Mrs. Pennywhistle los recortó con unas tijeras de cocina y los pegó en un álbum de piel verde con una paciencia casi litúrgica.

EL VIZCONDE DE RAVENSCAR CONFIESA ANTE LA CÁMARA, decía el primero.

UN PIRATA INOCENTE, decía el segundo, que fue considerado excesivamente romántico por un editorialista del Times.

LA DAMA DE LOS MAPAS, titulaba un tercero, con un grabado imaginario de Imogen blandiendo un compás como una espada, al que Honoria encargó cuarenta copias para enmarcar.

El Morning Chronicle dedicó una columna entera a la figura de lord Thistlewood, «el naturalista de la peluca de Linneo, que durante la sesión del comité cantó con entusiasmo una estrofa del himno nacional y tuvo la delicadeza de no terminarla».

Hubo caricaturas. Hubo una canción de taberna sobre la hija del molinero y el capitán que le enseñó a hacer nudos, que se oía en el Pool con una frecuencia aterradora.

Y hubo, sobre todo, cartas. Cientos de cartas, de familias de marineros desaparecidos, de viudas, de hijos que querían saber qué había pasado con el Halcyon, que llegaron a la casa de Richmond en sacos de correo que Mrs. Pennywhistle apilaba en el vestíbulo con una mueca de resignación.

Ravenscar fue trasladado a Newgate esa misma tarde.

No opuso resistencia. No pidió abogado. Pettigrew Stone, tras un intento heroico de alegar demencia temporal, se retiró del caso con la dignidad de un hombre que pierde por primera vez en su vida y descubre que no le disgusta.

El vizconde firmó una confesión completa de veintitrés páginas, con los nombres de los compradores de Kingston, las rutas, las cuentas bancarias, las fechas de cada viaje.

Entregó a las autoridades las llaves de tres almacenes más.

Y, la noche anterior a su traslado a la prisión, escribió una carta de seis líneas dirigida a «un muchacho de Southampton que nunca tuvo la ocasión de recibirla».

Gideon la guardó sin abrirla en el fondo de un cofre, con el anillo del halcón.

El juicio se celebró diez días más tarde.

Fue breve. Ravenscar no se defendió. Lo condenaron a la pena máxima.

Y una mañana de bruma, en una celda helada, sin testigos, con los guardias mirando hacia otro lado, el vizconde Thaddeus Ravenscar dejó de existir a causa de un corazón que, según el médico de la prisión, «llevaba mucho tiempo roto».

Fairweather, que fue el primero en enterarse, se lo comunicó a Gideon en persona, a las puertas de la casa de Richmond, con el sombrero en la mano.

Gideon escuchó la noticia sin decir nada.

Después entró en la biblioteca, se sentó en el sillón de cuero junto a la chimenea apagada y se quedó mirando el vacío durante tres horas.

Imogen, que lo acompañó en silencio, sentada a sus pies con la cabeza apoyada en su rodilla, comprendió que no había nada que decir.

Cuando por fin él habló, lo hizo con voz muy baja.

—Esperaba sentir algo distinto.

—¿Qué?

—Alivio. Triunfo. —Se frotó los ojos—. Y lo único que siento es cansancio. Y pena.

—Porque eres un hombre bueno.

—Eso me dices siempre.

—Y siempre tengo razón.

Una sonrisa mínima, cansada, le cruzó el rostro.

Acarició el pelo de ella. Un rato después, sin que ninguno de los dos lo propusiera, fueron juntos a la estantería de arriba, tomaron la concha de nácar entre los dos y la apretaron contra la oreja de cada uno por turnos.

El rumor del mar estaba allí, igual que siempre.

Y por primera vez desde la muerte de Tom, Gideon cerró los ojos y se dejó llevar por él.

El destino de los otros acusados fue más prosaico.

Ottley, por su declaración, recibió la clemencia prometida: cinco años de prisión y la obligación de devolver hasta el último penique.

Brant, que en el momento del arresto había guardado un silencio de granito, resultó ser un hombre más complejo de lo que nadie imaginaba.

Dos días después del juicio pidió ver a Gideon.

Hablaron cuarenta minutos a puerta cerrada.

Nadie supo nunca qué se dijeron, pero cuando Gideon salió tenía los ojos enrojecidos, y Brant, por su parte, entregó al comité la lista completa de los compradores de Kingston con sus direcciones, sus nombres y sus bienes, y fue condenado a diez años de reclusión con la recomendación expresa de benevolencia.

Betsy Cobb, que lloró durante tres días en la despensa de Richmond rodeada de pepinillos, fue perdonada por Imogen, que le consiguió un puesto en la granja de la tía Edith, en Kent, con la única condición de que se encargara personalmente de los gansos.

En cuanto a sir Hugo Fenwick, fue declarado culpable de fraude, de conspiración y de haber suscrito como testigo una orden de asesinato en masa.

El tribunal, que se tomó la libertad de apreciar cierta ironía en el asunto, lo condenó a catorce años de deportación a Botany Bay, y su transporte se asignó a la fragata Perseverance, que zarpaba esa misma semana.

Se dice que subió al barco con un chaleco amarillo canario, el único que le permitieron conservar.

Se dice también que Honoria Blythe lo despidió desde el muelle con un pañuelo blanco y una sonrisa de una dulzura exquisita.

Y se dice, aunque esto nunca fue probado, que le gritó «¡Buen viaje, sir Hugo!

¡Lleve cuidado con las fuentes!» mientras la nave se alejaba.

El perdón real llegó un martes por la mañana, en un sobre de papel grueso con un sello de cera roja y cuatro firmas.

Fairweather lo trajo en persona, con una expresión de profunda satisfacción, y lo leyó en voz alta en el salón de Richmond ante una audiencia de once personas.

Lord Thistlewood se había sentado en su sillón favorito con una taza de té.

Honoria, de pie junto a la chimenea, sujetaba el brazo de Quill con las dos manos.

Hobb, Pip, Mulligan y los gemelos, apiñados en la puerta con sus mejores chaquetas y sus caras recién afeitadas, aguantaban la respiración.

Mrs. Pennywhistle, en una esquina, con los brazos cruzados, fingía no escuchar.

—«Su Alteza Real el Príncipe Regente, en nombre de Su Majestad —leyó Fairweather—, habiendo examinado las conclusiones del comité especial de investigación sobre ciertos asuntos del Almirantazgo, y considerando los servicios prestados a la Corona y a la causa de la justicia por el capitán Gideon Thomas Kestrel, antiguo comandante de la fragata Halcyon, tiene a bien concederle su perdón pleno e incondicional por todos los cargos que pesaran sobre su persona, y restituirle el honor, el nombre y el grado de capitán de navío de la Armada Real. »

Hubo un silencio. Después Hobb, en la puerta, soltó un sollozo.

—Hay más —dijo Fairweather—. «Asimismo, y atendiendo a la urgencia de la causa, se le concede patente de corso para la fragata Alondra y su tripulación, con el encargo expreso de localizar, en las Indias Occidentales, a las personas ilegalmente vendidas por el vizconde de Ravenscar y sus asociados, y de ponerlas en libertad bajo la protección de la Corona.

El Almirantazgo pondrá a su disposición los recursos que fueren precisos. »

—¿Los recursos? —preguntó Quill, con voz débil.

—Fondos, víveres y una carta de presentación para los gobernadores de Jamaica, Barbados y Antigua. —Fairweather sonrió—. Y el mando de la operación, capitán. Sin intermediarios.

Gideon no dijo nada. Estaba de pie junto a la ventana, con el pergamino en las manos, mirando el sello rojo. Alzó la vista hacia Imogen. Ella tenía los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa temblorosa.

—Tu navegante honoraria —dijo, con la voz rota— está dispuesta a embarcar.

—No tienes por qué...

—Gideon.

—Es un viaje largo. Meses. Tal vez un año.

—Entonces llevaré muchos mapas.

—Y no serás una invitada. Serás...

—¿Qué?

—Mi esposa.

Lo dijo en voz baja, casi sin aliento, delante de todos. Hubo un coro de suspiros. Honoria se llevó las manos a la boca. Lord Thistlewood, con su taza en el aire, alzó las cejas con aire de aprobación. Mrs. Pennywhistle dijo en voz muy alta «Ya era hora» y volvió a doblar el delantal.

—Sí —dijo Imogen—. Pero primero tendrás que pedírmelo bien.

—Ya lo hice en Wapping.

—Entonces no tenías testigos.

—Imogen Thistlewood —dijo Gideon, cruzando la habitación con tres zancadas, hincando una rodilla en la alfombra ante once personas, un naturalista, una cocinera sorda de un oído y un diputado de la Cámara de los Comunes—. ¿Quieres casarte conmigo?

—Sí —dijo ella, riéndose y llorando a la vez—. Sí, mil veces sí.

La boda se celebró dieciocho días después, en la iglesia de piedra gris de Richmond, un sábado de enero con un cielo de un azul tan limpio que parecía pintado a propósito.