El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 18 #3
91%

Capítulo 18 #3

—La escribí yo. La firmé yo, en mi despacho de Grosvenor Square, el diecisiete de abril de hace cinco años, a las nueve de la noche, con una copa de oporto a mi lado.

Sir Hugo Fenwick fue testigo. Lo hice porque el capitán Gideon Kestrel había descubierto que durante tres años yo utilicé buques de Su Majestad para transportar a seres humanos hacia Jamaica y venderlos, una vez abolida la trata, con un margen de beneficios que me convirtió en uno de los hombres más ricos de Inglaterra.

Lo hice porque él iba a decirlo. Y lo hice sin sentir más que una incomodidad práctica.

Nadie respiraba.

—Cuarenta y dos personas fueron vendidas en Kingston el año anterior.

Hubo otras antes. Ottley tiene las cuentas.

Brant tiene los nombres de los compradores.

Los entregaré todos. —Hizo una pausa—. Mi criado Samuel, que llevaba veinte años a mi servicio, murió en el hundimiento del Halcyon.

No lo supe hasta después. Tampoco supe que a bordo viajaba un grumete llamado Thomas Hale.

Se le quebró la voz. Tragó saliva. Cuando volvió a hablar, lo hizo en un tono más bajo, casi inaudible.

—Era mi hijo.

Hubo un estremecimiento. Una mujer, en la tribuna, soltó un sollozo. Imogen sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas sin que pudiera detenerlas. En el fondo de la sala, Gideon se había llevado una mano al rostro.

—Nunca lo reconocí. Nunca le di mi apellido.

Lo mantuve lejos de mi vida porque me avergonzaba de su madre, que era pobre, y de mí mismo, que era un cobarde.

Y cuando por fin supe que estaba a bordo, no hice nada.

Cené. Dormí. Seguí con mis negocios. Durante cinco años he vivido sabiendo que maté a mi hijo con una firma, y que lo hice por dinero.

—Sus ojos se posaron en Gideon—. El capitán Kestrel estaba con él cuando murió.

Me ha transmitido sus últimas palabras, que no merezco. Que no me odiaba. Que lo sabía todo.

Hizo una pausa larga. Se pasó una mano por la cara.

—Señor presidente: he cometido asesinato, fraude, trata de personas y alta traición contra el Almirantazgo.

No pido clemencia. Pido que se busque a las personas que vendí y se las devuelva a la libertad.

Y pido, si es posible, que el capitán Kestrel y su tripulación sean reconocidos como lo que son: los únicos hombres honrados que había en aquella cubierta.

Sir Cuthbert Lyle se había quedado muy pálido.

—Milord... —dijo, con voz ronca—. ¿Entiende usted lo que está confesando?

—Perfectamente.

—¿Y lo hace libremente?

—Con más libertad de la que he tenido en veinte años.

Se hizo un silencio como el que antecede a las tormentas. Después, desde la tribuna, una voz ronca y rotunda, con acento de marinero de Portsmouth, bramó con todas sus fuerzas:

—¡VIVA EL CAPITÁN!

—¡Silencio! —rugió el presidente, golpeando la mesa con el mazo—. ¡Silencio en la sala! ¡Ujieres, saquen a ese hombre!

Pero ya era demasiado tarde. La tribuna entera, con Hobb a la cabeza, había saltado de sus asientos y rugía vítores.

Pip lanzó su gorra al aire. Los hermanos gemelos se abrazaron con lágrimas en los ojos.

Los periodistas escribían como locos. Honoria, de pie sobre su silla con el sombrero negro torcido, gritaba «¡Bravo!

» con una voz de soprano. Lord Thistlewood, con la peluca de Linneo en alto, entonaba, con una voz temblorosa y desafinada, la primera estrofa del himno nacional.

Imogen no oía nada. Vio a Gideon cruzar la sala.

Vio cómo los infantes de marina se apartaban, uno a uno, sin recibir orden alguna, con los mosquetes bajos.

Vio cómo el joven teniente de Richmond, con el rostro rojo y los ojos brillantes, se inclinaba levemente al pasar, en un gesto que ella no habría podido jurar si era una reverencia o un parpadeo.

Vio a Gideon llegar hasta la mesa de los jueces, ante Ravenscar, y detenerse a un paso.

Ambos se miraron.

—Gracias —dijo Ravenscar, muy bajo, para que sólo lo oyera él.

—No es por usted —dijo Gideon.

—Lo sé.

—Es por Tom.

—Lo sé. —Una sonrisa leve, rota, le cruzó el rostro—. Me gustaba más cuando lo pronunciaba usted. Suena como se merece.

Gideon tardó mucho en contestar. Se llevó la mano al bolsillo del chaleco. Sacó el anillo con el halcón de oro y lo sostuvo un instante en la palma abierta. Después se lo tendió.

—Es suyo.

—No. —Ravenscar cerró los dedos de Gideon sobre el anillo—. Es de él. Lo ha llevado usted cinco años en el corazón. Que lo lleve otros cincuenta.

Los dos hombres se quedaron inmóviles, con las manos unidas sobre el anillo, mientras a su alrededor estallaba el caos. Después Ravenscar se volvió hacia el joven teniente, que había llegado hasta ellos con las manos temblorosas y la mirada perdida, y le tendió las muñecas.

—Teniente —dijo, con voz suave—. Creo que ahora sí puede cumplir con su orden.

El muchacho tragó saliva. Miró la orden que llevaba en el bolsillo, el papel con el sello del Almirantazgo, la lista de cargos escritos con tinta recién secada. Alzó la vista.

—Milord —dijo, con voz firme—. Queda usted arrestado.

Y le puso las esposas con una delicadeza de joyero.