El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Es decir —dijo, volviéndose hacia Stone con una cortesía glacial—, que para falsificar esas cifras, el capitán Kestrel habría necesitado conocer, con meses de antelación, la distribución interior de un almacén que ningún hombre ajeno a la empresa había pisado.

Y habría necesitado, además, escribirlas con una letra distinta de la suya, en una tinta distinta, antes de que el libro fuera vendido en una subasta de Wapping a un naturalista de Richmond que lo compró por casualidad.

—Casualidad —repitió Stone, con una sonrisa fría—. Qué conveniente.

—Es la palabra que usted ha elegido, señor. Yo diría que es una cadena de coincidencias. Las cadenas de coincidencias suelen tener un eslabón fuerte al principio. En este caso, ese eslabón se llama Ravenscar.

Se oyó un murmullo de aprobación en el público. Sir Cuthbert Lyle golpeó la mesa. Stone se ajustó las gafas.

—Señorita Thistlewood —dijo, suavemente—. Usted es la prometida del acusado, ¿verdad?

—Soy su amiga.

—Se dice que viven bajo el mismo techo desde hace tres semanas.

—Se dicen muchas cosas.

—Que ha viajado con él en su barco.

—Un viaje de estudios.

—Que ha pasado con él noches enteras en...

—Señor Stone —dijo Imogen, con una voz tan tranquila que el abogado se interrumpió—.

Si lo que pretende es preguntarme si estoy enamorada del capitán Kestrel, la respuesta es sí.

Con todo mi corazón. Y con la misma intensidad con que él me ha dicho desde el primer día la verdad.

Pero mi corazón no tiene nada que ver con los números de un archivo.

Las cifras son ciertas o no lo son. Y estas lo son.

El silencio que siguió fue tan profundo que se oyó el crujir de un banco en la galería.

Honoria se llevó la mano a la boca. Lord Thistlewood, con los ojos húmedos, murmuró algo que sonó a «Clarissa».

Gideon, en el fondo de la sala, se había quedado totalmente inmóvil, con los ojos clavados en ella, y en la comisura de sus labios había una sombra de sonrisa.

—No tengo más preguntas —dijo Stone, con una inclinación tensa.

—Señor Fairweather —dijo el presidente—. ¿Algo más?

—Sí, señor presidente. Tengo la orden.

Se la entregó con ambas manos. Sir Cuthbert Lyle la leyó sin prisa. La pasó al miembro de su derecha, que la leyó y la pasó al de su izquierda, y así dio la vuelta a la herradura. Cuando regresó a manos del presidente, nadie hablaba.

—La orden reservada número treinta y uno —dijo Lyle, con la voz grave—. Dirigida al capitán Josiah Brant. Firmada por lord Ravenscar. Con una segunda firma como testigo, la de sir Hugo Fenwick. ¿Alguna objeción, señor Stone?

—Es una falsificación —dijo el abogado, sin vacilar—. Mi cliente nunca firmó ese documento. Pido que se examine la caligrafía y que se determine su autenticidad.

—Se hará.

—Señor presidente —dijo Imogen—. ¿Puedo...?

Sir Cuthbert Lyle suspiró. Miró a Fairweather, que alzó las cejas con inocencia.

—Hable, señorita Thistlewood.

—Hace tres noches —dijo Imogen, sosteniendo la mirada del presidente—, estuve en una sala del almacén de Pryce y Ottley, en presencia de lord Ravenscar, de sir Hugo Fenwick, del capitán Brant y del señor Ottley.

Lord Ravenscar me comentó, con gran amabilidad, un detalle de su propia caligrafía.

Dijo que en su letra natural, la letra de cuando escribe con calma, la r de la palabra reservada se abre hacia abajo.

Un vicio, me dijo, adquirido en la escuela, con un maestro que le golpeaba los nudillos.

Y que únicamente cuando firma enfadado, la abre hacia arriba, como un gancho.

Stone se puso en pie de un salto.

—¡Objeción! Eso es una conversación privada, sin testigos...

—Había cuatro testigos —dijo Fairweather, con una calma inalterable—. Dos de los cuales están hoy bajo custodia. Y uno, el señor Ottley, ha accedido a declarar a cambio de clemencia. Pido que se le llame.

—Concedido —dijo Lyle.

Hubo un movimiento en la puerta lateral.

Dos alguaciles hicieron entrar a un hombre calvo y gordo, con las manos esposadas y las pequeñas manos temblando, el rostro cubierto de un sudor frío.

Ottley subió a la tarima. Juró. Miró a todas partes menos a Ravenscar.

Le preguntaron si recordaba la conversación. Tragó saliva. Dijo que sí.

—¿Qué dijo lord Ravenscar sobre la letra?

—Que... que la r se abre hacia abajo. —Se le quebró la voz—. Sí. Lo dijo. Estábamos todos. Sir Hugo se rió. Brant tosió.

—¿Y usted vio la orden?

—Sí. La vi en dos ocasiones. En el despacho de Grosvenor Square. Cuando milord la firmó. —Cerró los ojos—. La r de reservada se abría hacia abajo.

—Mentira —dijo Stone, con los dientes apretados—. Es un testigo comprado. Un hombre con dos cargos de fraude y una soga al cuello.

—Entonces resulta sencillo comprobarlo —dijo sir Cuthbert Lyle. Alzó la vista, y por primera vez Imogen vio en sus ojos de neutralidad impenetrable una chispa de interés—. Lord Ravenscar.

El vizconde se estremeció.

—Se le ruega que escriba, de su puño y letra, ante este comité, la frase «orden reservada». Una sola vez. En el papel que se le entregará.

Se hizo un silencio. Stone abrió la boca. Ravenscar levantó una mano enguantada y el abogado se interrumpió.

Un ujier trajo una hoja de papel blanco, una pluma de ganso y un tintero. Ravenscar se levantó despacio. Se acercó a la mesa de los jueces. Se quitó el guante derecho, dedo a dedo. Mojó la pluma. Y escribió.

Fue una escritura tranquila, fluida, elegante. Cuando terminó, dejó la pluma, alzó la hoja con las dos manos y se la tendió a sir Cuthbert Lyle. El presidente la miró. Miró la orden reservada, abierta sobre la mesa. Miró otra vez la hoja. Y, sin una palabra, se la pasó al miembro de su derecha.

La hoja dio la vuelta a la herradura.

Cuando volvió a manos de Lyle, el presidente carraspeó y dijo con voz neutra:

—La r de reservada, en la muestra, se abre hacia abajo.

—Eso es una coincidencia —dijo Stone.

—Se abre hacia abajo —repitió Lyle—, con idéntica curva a la de la orden original. Y con idéntica terminación.

Stone se volvió hacia su cliente con una expresión de pánico.

—Milord —dijo, con voz tensa—. Le aconsejo que no diga nada más. Pediré un aplazamiento. Alegaré que...

—Basta, Pettigrew —dijo Ravenscar.

Su voz sonó muy suave, muy cansada. El vizconde se había quedado de pie ante la mesa, con el guante en una mano y la otra apoyada sobre el paño verde.

Miró a Gideon, que seguía inmóvil bajo la pared, con el pecho agitado.

Un largo instante. Después miró a Imogen, que se aferraba a la barandilla de la tarima, y a su padre, que había alzado la peluca de Linneo con una mano temblorosa.

Miró la sala llena. Volvió los ojos hacia el presidente.

—Señor presidente —dijo—. Pido permiso para hablar.

—Milord —dijo Stone—, no...

—Pido permiso, sir Cuthbert.

El presidente vaciló. Después, con lentitud, asintió.

Ravenscar se enderezó. Juntó los talones, como un oficial en una revista. Se quitó el otro guante, lo depositó junto al primero sobre el paño verde, y habló con voz serena, clara, sin una vacilación, que llegó a todos los rincones de la sala.

—La orden es auténtica —dijo.

Un jadeo colectivo recorrió la sala.