Capítulo 18
La sala del comité número catorce de la Cámara de los Comunes era una habitación larga y estrecha, de techo alto y paredes forradas de roble oscuro, en la que cabían con holgura veinte personas y que aquella mañana contenía a doscientas.
Imogen lo supo antes de entrar, por el murmullo que se filtraba por la puerta como el zumbido de una colmena y por la fila de ujieres con sus varas y sus casacas negras que contenían a empujones a un enjambre de curiosos en el pasillo.
Periodistas con libretas. Aristócratas con anteojos de mango.
Un grupo de marineros de aspecto sospechoso que Quill reconoció, con un gemido, como la tripulación de la Alondra al completo, y que habían conseguido de alguna manera, con sus mejores chaquetas y las barbas recortadas, colarse en la tribuna del público.
Hobb, con el pañuelo rojo anudado sobre el cráneo y una expresión de piadosa solemnidad, hizo un gesto de saludo con dos dedos.
Pip, a su lado, tenía la nariz rota todavía hinchada y el cuchillo de cocina, afortunadamente, en otra parte.
Gideon cruzó el umbral con la espalda recta.
Imogen caminaba a su lado, con el sombrero de plumas de pavo real que ondeaba como una bandera, y sintió cómo doscientas cabezas se giraban hacia ellos y cómo el murmullo se convertía, por un instante, en un silencio expectante.
Lo atravesaron con el paso mesurado de una procesión.
Al fondo, bajo una ventana alta, se alzaba una mesa en forma de herradura cubierta de paño verde.
En el centro, sentado en un sillón de respaldo alto, un hombre de rostro cuadrado y cejas pobladas, con una peluca blanca algo pasada de moda, los observaba con ojos de una neutralidad impenetrable: sir Cuthbert Lyle, presidente del comité, a quien Fairweather había descrito como «severo, pero justo; y lo segundo es lo que más me preocupa, porque lo primero es seguro».
A la derecha de la mesa había una tarima con una silla y una barandilla de madera. A la izquierda, en una larga banca, se sentaban Ravenscar y sus abogados.
Imogen se obligó a mirarlo.
Estaba sentado con la espalda erguida, vestido de negro riguroso, el cabello plateado cuidadosamente peinado, las manos enguantadas apoyadas sobre un bastón con empuñadura de marfil.
Parecía un hombre de cincuenta años en la mejor de las condiciones.
Pero Imogen, que lo había visto llorar en una bóveda a la luz de un farol, advirtió bajo la máscara pulida las ojeras profundas, el temblor casi imperceptible de la mandíbula, la forma en que sus ojos claros, al cruzarse con los de Gideon, se desviaron al instante hacia la ventana.
A su lado, un abogado de rostro afilado, con unas gafas de media luna y una carpeta de cuero rojo bajo el brazo, desplegaba papeles con un aire de calma profesional.
Era el famoso señor Pettigrew Stone, del que Fairweather había dicho que había salvado a ciento catorce hombres de la horca, de los cuales unos noventa lo merecían.
—Señores —dijo sir Cuthbert Lyle, con una voz grave que apagó los últimos murmullos—. Se abre la sesión del comité especial de investigación sobre ciertos asuntos del Almirantazgo. Se ruega silencio al público. Quien lo rompa será expulsado. Señor Fairweather, tiene la palabra.
Fairweather se levantó. Habló durante tres cuartos de hora, sin una sola nota y sin elevar la voz, con una precisión de cirujano.
Expuso la historia del Halcyon con la sobriedad con que se lee un acta notarial: las fechas, las rutas, los cargamentos, la orden reservada, el hundimiento.
Habló de cuarenta y dos personas transportadas ilegalmente a Jamaica en una época en que la trata ya era un delito castigado por la ley.
Habló de un grumete de dieciséis años. Y cuando terminó, en la sala no se oía ni una respiración.
—Llamo como primer testigo —dijo— al capitán Gideon Kestrel.
Se alzó un murmullo. Gideon se levantó. Subió a la tarima con paso firme, juró sobre la Biblia, y se sentó.
Imogen, en la primera fila, entre lord Thistlewood y Honoria, notó que le temblaban las rodillas.
Apretó los dedos sobre el regazo. Gideon la miró un segundo, apenas, desde la silla.
Después alzó la barbilla, y empezó a hablar.
Contó la historia como se la había contado a ella en la biblioteca, una noche de hacía tres semanas, con la voz plana, sin adornos, como si leyera un parte de guerra.
Habló de la caja que no debía abrir. De la advertencia a su superior.
De la orden de zarpar a Kingston. De la fragata que les abrió fuego a medio camino.
De los dos días en el bote. Cuando llegó a Tom, se detuvo un instante. Respiró hondo. No miró a Ravenscar.
—Murió a la tercera mañana —dijo, con la voz muy baja—. Tenía dieciséis años. Se llamaba Thomas Hale. Era el mejor grumete que he tenido. Le gustaban las cartas de navegación. Quería ser piloto.
En la sala no se movió nadie. Imogen vio cómo, en la banca de la izquierda, la mano enguantada de Ravenscar se cerraba sobre la empuñadura de marfil hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
El contrainterrogatorio de Pettigrew Stone fue una obra de arte despiadada.
—Capitán Kestrel —dijo, levantándose con lentitud, ajustándose las gafas de media luna sobre la nariz afilada—. ¿Es cierto que desde hace cinco años se le busca por piratería?
—Es cierto.
—¿Que ha capturado, saqueado y hundido embarcaciones mercantes?
—He capturado barcos. Nunca he hundido ninguno.
—¿Y saqueado?
—Me he quedado con los cargamentos ilegales. Armas. Tabaco de contrabando. Y esclavos, que liberé.
Se oyó un murmullo.
—Qué conveniente —dijo Stone, con una sonrisa fina—. Un pirata humanitario. ¿Y el brandy?
—El brandy sí, lo confieso —dijo Gideon con seriedad—. Hay que pagar a la tripulación.
Alguien en el público rió. Sir Cuthbert Lyle golpeó la mesa con el mazo. Stone esperó a que se hiciera silencio y continuó con la voz suave, afilada, sin prisa:
—Capitán, ¿diría usted que es un hombre rencoroso?
—No.
—¿No siente rencor hacia lord Ravenscar?
—Siento justicia.
—Qué fórmula tan bonita. —Stone dio un paso al frente—. Y dígame: ¿no es cierto que ese libro que ha presentado, ese supuesto registro privado del vizconde, lo escribió usted mismo, de su puño y letra, con el fin de arruinar a un hombre al que odia?
—Lo escribió un contable de lord Ravenscar. Mis anotaciones están en los márgenes.
—¿Y puede probarlo?
—Pregúntele al contable.
—No está presente.
—Está en Newgate —dijo Gideon, con calma—. Se llama Ottley. Fue arrestado ayer por los alguaciles de Bow Street.
Stone se quedó inmóvil un instante.
—Señores —dijo, volviéndose al comité con una elegancia desdeñosa—.
Esto es un montaje. Un montaje elaborado, hábil, pero un montaje.
Pido que se desestime el testimonio de un fugitivo de la justicia, y que se rechacen estas supuestas pruebas, que no son más que falsificaciones hechas por un hombre con un interés personal.
—Objeción —dijo Fairweather, con voz tranquila—. Nos hallamos precisamente para examinar la autenticidad de esas pruebas. Y para eso llamo a mi segunda testigo.
Sir Cuthbert Lyle frunció las cejas.
—¿Segunda testigo?
—La señorita Imogen Thistlewood.
La sala estalló.
Fue un rumor de sorpresa, de risas contenidas, de comentarios que rodaron como una ola desde la primera fila hasta el fondo.
Imogen se puso en pie con las piernas flojas.
Notó los ojos de doscientas personas clavados en su sombrero.
Escuchó a Honoria, a su espalda, murmurar «Respira» con voz de rezo.
Escuchó a su padre decir, con una alegría increíble, «¡Esa es mi hija!
» en un tono que se oyó hasta en la galería.
Y cuando alzó la mirada vio a sir Cuthbert Lyle observándola con una expresión de profunda desaprobación.
—Señor Fairweather —dijo el presidente—. Una dama no ha declarado nunca ante este comité.
—Tampoco ha ocurrido nunca que una dama sea la única persona capaz de entender un sistema de archivo, señor presidente.
—Es irregular.
—Es necesario.
Lyle miró a Imogen. Imogen sostuvo su mirada. Fue una pelea silenciosa de diez segundos, durante los cuales ella pensó en la concha, en el abanico de marfil, en los tratados, en Tom Hale, en el sudor frío del almacén de Limehouse.
—Que jure —dijo, por fin, el presidente, con una mueca de dolor.
Imogen subió a la tarima. Juró sobre la Biblia con una voz que le sorprendió por su firmeza.
Se sentó. Alzó la vista, y el mar de rostros se le apareció tan inmenso que por un instante creyó que se iba a marear.
Entonces encontró los ojos de Gideon, entre la multitud, apoyado en la pared del fondo bajo la vigilancia de un infante de marina que parecía sentirse incómodo, y respiró.
—Señorita Thistlewood —dijo Fairweather—. ¿Quiere explicar al comité cómo descifró los marcadores numéricos del libro de cuentas?
Lo explicó. No hizo falta más. Habló como habla una mujer que ha pasado seis años catalogando libros ajenos y por fin tiene un público: con claridad, con orden, con una precisión implacable.
Expuso que las cifras en los márgenes no eran una clave, sino una signatura, y que seguían el sistema de estante, folio y columna.
Que en cada partida del Halcyon figuraban los números nueve, ciento catorce a ciento dieciocho y la letra B.
Que la bóveda nueve del almacén de Pryce y Ottley, intervenida el día anterior por orden de la Cámara, contenía en sus estantes, exactamente en esas posiciones, los manifiestos oficiales del viaje del Halcyon, con el sello del Almirantazgo y las firmas de lord Ravenscar.
Que cualquier miembro del comité podía comprobarlo en media hora.