Capítulo 17 #2
Subió por su cuerpo, besándola, hasta quedar sobre ella, con los antebrazos apoyados a ambos lados de su cabeza.
Imogen le rodeó la cintura con las piernas.
Lo atrajo. Cuando él se hundió en ella, despacio, hasta el fondo, los dos suspiraron a la vez, mirándose a los ojos, y se quedaron quietos un instante, sintiéndose, sin moverse.
Después empezaron a moverse juntos, con la cadencia de dos personas que ya conocen cada giro de su baile, cada pausa, cada respiración.
Imogen le acarició la espalda, las nalgas duras, las caderas que se mecían contra las suyas.
Gideon le murmuraba palabras al oído, entrecortadas, desordenadas, nombres y promesas revueltos.
El fuego, casi extinguido, proyectaba sus sombras sobre las estanterías de libros.
Las velas chisporroteaban. Y en algún lugar, muy lejos, en el vestíbulo, el sargento de Bow Street, con una pipa apagada entre los dientes y una escopeta sobre las rodillas, fingió con gran dignidad no oír nada en absoluto.
Cuando llegaron a la cima, lo hicieron juntos.
Imogen enterró el rostro en su cuello para ahogar el grito, él se estremeció con un gemido ronco y se quedó quieto sobre ella, abrazándola con todas sus fuerzas, y a ella le pareció que el mundo entero se detenía un instante, que no había más tiempo ni más comité ni más Ravenscar, solo aquella biblioteca, aquella alfombra, aquel hombre.
Se quedaron tendidos mucho rato, enlazados, bajo la manta. El fuego se apagó del todo. La vela se consumió. A través de los cristales empañados, el gris de la madrugada fue ganando terreno al negro de la noche.
—Imogen.
—Dime.
—Te veré en el Parlamento.
—Estaré en la primera fila.
—Con tu mejor sombrero.
—Con el de las plumas de pavo real.
—Es demasiado llamativo.
—Es lo que necesito. Voy a hacer que se acuerden de mí.
Gideon rió. La abrazó con más fuerza. Se quedaron así hasta que el cielo empezó a aclararse y, en la cocina, se oyó el estrépito del cubo de carbón de Mrs. Pennywhistle, que anunciaba, sin disimulo, la llegada del día.
Fairweather llegó a las nueve en un coche negro sin escudo, con las cortinas de las ventanillas echadas y el rostro grave de un hombre que ha dormido tres horas.
Traía una carpeta de documentos bajo el brazo, un par de alguaciles montados que escoltaban el coche y una noticia que enunció, en el vestíbulo, con voz baja y firme.
—Ravenscar ha movido ficha. Esta mañana, al amanecer, ha obtenido una orden del primer lord del Almirantazgo. Un destacamento de infantes de marina viene hacia aquí para arrestar al capitán Kestrel por piratería, asalto a una propiedad de la Corona y secuestro de una dama.
—Secuestro —repitió Imogen—. Qué impertinencia.
—Cabe suponer que se apoyará en la declaración de sir Hugo. —Fairweather miró a Gideon—. Llegarán en menos de media hora. Tengo un documento de la Cámara que declara a usted testigo bajo protección parlamentaria. Es legal. Es sólido. Pero los infantes de marina no suelen leer.
—¿Y si no se detienen?
—Entonces habrá un incidente —dijo Fairweather, muy serio—. De los que salen en los periódicos.
—Perfecto —dijo Imogen.
—¿Perfecto?
—Si habrá un incidente, que sea con público.
Salieron de la casa a las nueve y veinte.
Lord Thistlewood, con la peluca de Linneo bien ajustada y un chaleco de terciopelo verde que según él «daba dignidad al liquen», iba del brazo de Honoria.
Honoria, de luto riguroso con sombrero de plumas negras y los ojos hinchados de no haber dormido, llevaba bajo el brazo una caja de sombreros que no abrió en ningún momento.
Mrs. Pennywhistle los despidió desde la puerta con una cesta de pan en cada mano y la orden severa de que volvieran todos vivos.
Quill, que había llegado de madrugada desde el río con las gafas reparadas con un trozo de bramante y el relato de que Hobb había pasado la noche a punto de amotinarse contra la quietud, caminaba junto a Gideon con la carpeta de las pruebas bajo el brazo.
Imogen cerraba la marcha con el mejor sombrero que había tenido nunca, de seda verde con tres plumas de pavo real, y un vestido gris de cuello alto que le había prestado Honoria, y la espalda recta como una vela.
Tenían el pie en el estribo del coche cuando el ruido empezó.
Primero fue un tamborileo lejano, regular, que Imogen tardó en identificar.
Después una columna de casacas rojas con vueltas blancas que doblaba la esquina de la calle principal, avanzando al paso de marcha con los mosquetes al hombro y las bayonetas caladas.
Eran veinte. Veinticinco. Al frente, a caballo, un teniente joven de rostro rígido y uniforme impecable, con la mano sobre el pomo de la espada.
Detrás de ellos, a pie, un hombre con un sombrero bicornio y un papel doblado en la mano.
La columna se detuvo a veinte pasos de la verja.
—¡Alto! —gritó el teniente, con voz joven y metálica—. ¡En nombre de Su Majestad y por orden del primer lord del Almirantazgo, exijo la entrega inmediata del capitán Gideon Kestrel!
Se hizo un silencio denso. Los alguaciles de Bow Street, que montaban guardia en la verja, se llevaron la mano a los bastones. El sargento de la escopeta salió al jardín con la pipa apagada entre los dientes. Gideon se apartó del coche.
—Gideon —dijo Imogen, con un hilo de voz.
—Tranquila.
—No vayas.
—Tengo que ir.
—Gideon...
—Mil veces —dijo él, y le apretó la mano un segundo. Después se volvió, cruzó el sendero de grava con paso lento y se plantó ante la verja, con las manos a la vista y los hombros rectos, a diez pasos del teniente.
—Soy Gideon Kestrel —dijo, con una voz clara que llegó a todos los rincones del camino—. Antiguo capitán de la fragata de Su Majestad Halcyon. Y esta mañana voy a declarar ante la Cámara de los Comunes bajo la protección de un decreto parlamentario.
—Esa protección carece de efecto frente a una orden del Almirantazgo —dijo el teniente, con la voz tensa.
—Eso lo decidirán los abogados.
—Entréguese.
—Voy a Westminster. —Una pausa—. Si quiere acompañarme, será un honor para mí.
Si quiere detenerme en la calle, delante de un diputado, de un naturalista, de dos damas y de seis alguaciles de Bow Street, dígalo ahora.
Pero le advierto que mañana saldrá en la primera plana de todos los periódicos de Londres.
El joven teniente se quedó mirándolo. Se le movió la nuez en la garganta.
Imogen, desde el coche, vio cómo sus ojos se desviaban hacia Fairweather, que se había adelantado con el documento en la mano, hacia los alguaciles, hacia la cocinera que seguía en la puerta con dos cestas de pan y una expresión de homicida, hacia los vecinos que se asomaban a las ventanas de las casas vecinas con evidente curiosidad.
Un vecino sacó una tela blanca y la agitó con gran entusiasmo.
Otro silbó. Una anciana, desde un balcón, dijo en voz alta que aquello era mejor que el teatro.
—Teniente —dijo Fairweather, con su voz sonora y pausada—. Aquí tiene un decreto firmado por el presidente de la Cámara. Le ruego que lo lea.
El teniente tomó el papel. Lo leyó, moviendo los labios. Alzó la vista. Estaba muy pálido.
—Tengo órdenes —dijo, con un hilo de voz.
—Las órdenes se pueden cumplir de varias maneras, teniente —dijo una voz suave, y Imogen, para su sorpresa, se vio a sí misma cruzando el jardín con las faldas alzadas hasta la verja y plantándose junto a Gideon—.
Se me ocurre una. Puede escoltar al capitán Kestrel hasta Westminster, como lo haría con cualquier testigo de la Corona, y entregarlo a las puertas de la sala del comité.
Si después el comité decide que debe ser detenido, lo detendrá usted allí, con todas las formalidades, ante testigos y sin escándalo.
Y habrá cumplido su orden con rigor y con prudencia.
El teniente la miró. Era un muchacho de veinte años, de ojos grises y manos temblorosas.
—¿Y usted es...?
—La señorita Thistlewood. La que va a testificar esta mañana.
—No sé si...
—Y la que va a recordar en qué momento un oficial joven, un teniente de infantería de marina con un futuro prometedor, tuvo la sensatez de aplicar una orden de manera inteligente. —Le dedicó la sonrisa más dulce que tenía—. Le aseguro que la historia lo recordará.
Hubo un silencio. A su espalda, Honoria soltó un hipido de admiración. Gideon, a su lado, miró al cielo con una expresión de profunda resignación y un brillo de risa en los ojos.
El teniente carraspeó.
—Sargento —dijo—. Prepare una escolta de ocho hombres. Nos dirigiremos a Westminster.
—Señor, ¿al prisionero...?
—Al testigo —corrigió el teniente, con gran dignidad—. Al testigo de la Corona.
—Qué buen muchacho —murmuró lord Thistlewood, desde el estribo del coche.
Salieron hacia Londres a las diez en punto, en una comitiva extraordinaria: un coche negro sin escudo, un carruaje de alquiler lleno de damas y de plumas, un naturalista con peluca de Linneo en el pescante junto al cochero explicándole el sistema de clasificación de los musgos, seis alguaciles de Bow Street a caballo, y detrás, marchando con paso uniforme y bayonetas caladas, ocho infantes de marina con semblante pétreo, sin entender del todo qué hacían, pero con mucha disciplina.
Los vecinos de Richmond salieron a las puertas a verlos pasar.
Una niña agitó un pañuelo. Un perro ladró.
Mrs. Pennywhistle, en el umbral, se persignó dos veces con la cesta de pan.
Imogen iba en el coche negro, sentada frente a Gideon, con las manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada fija en el horizonte.
Él la miraba a ella. No hablaron durante todo el trayecto.
Cuando cruzaron el puente de Westminster, con la mole gótica del Parlamento alzándose sobre el río en la niebla del mediodía, Gideon alargó la mano y cubrió las de ella con la suya.
—Mil veces —dijo.
—Mil veces —respondió Imogen.