El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Mrs. Pennywhistle había encerrado a Betsy Cobb en la despensa con un candado, una docena de pepinillos y un pliego de papel en blanco en el que se la invitaba a meditar sobre sus pecados.

—Lo hizo todo ella sola —informó, con los brazos cruzados sobre el delantal, plantada en la puerta de la cocina de Richmond como un centinela de la Guardia—.

Yo sospechaba desde hacía semanas. Esa muchacha lustraba mucho los marcos de los cuadros y poco los suelos.

Y un martes la encontré con la oreja pegada a la pared de la biblioteca.

Le dije que me hacía falta una fregona. La mandé al sótano. Cerré la puerta. Y ahí sigue.

—¿Lleva tres días encerrada? —preguntó Imogen, horrorizada.

—Le paso bandejas. Tiene pan, queso y un orinal.

Y un libro de sermones. —Mrs. Pennywhistle alzó un poco la barbilla—.

Ha confesado. Que el caballero del chaleco le pagaba cinco chelines por semana por contarle todo lo que se hacía en esta casa.

Que le dijo que era por la seguridad de la señorita. Que ella nunca pensó que...

—Mrs. Pennywhistle —dijo Imogen, con la voz quebrada de pronto—. Es usted extraordinaria.

—Soy una mujer que ha visto cosas, señorita.

—Y entonces, para sorpresa de todos, la cocinera sorda de un oído se secó los ojos con la punta del delantal, abrió los brazos y estrechó a Imogen con una fuerza que le hizo crujir las costillas—.

Que no vuelva usted a asustarme así. Que me ha salido una cana.

La casa de Richmond estaba exactamente como la habían dejado.

La biblioteca, con sus estantes llenos de tratados, el sillón de cuero junto a la chimenea y las cajas del lote de Wapping todavía abiertas sobre la alfombra.

El comedor, con la mesa larga. La escalera de madera, con su crujido de siempre en el tercer escalón.

Imogen entró en el vestíbulo con las manos temblorosas, rozó el pasamanos con los dedos y notó que se le llenaban los ojos de lágrimas.

Había salido de aquella casa hacía tres semanas como una mujer que catalogaba tratados y esperaba que la vida llamara a la puerta con educación.

Volvía como otra persona. Y la casa, curiosamente, la reconocía.

Fairweather había dispuesto que pasaran allí la última noche, bajo la custodia de seis alguaciles de Bow Street que patrullaban el jardín y de un sargento corpulento y silencioso que se instaló en el vestíbulo con una escopeta sobre las rodillas, una pipa apagada y una expresión de profunda resignación.

Lord Thistlewood, tras abrazar a Mrs. Pennywhistle, saludar a cada una de sus estanterías por su nombre y descubrir con auténtico dolor que habían movido sus lupas, se retiró a su cuarto a las nueve con una infusión de valeriana y una promesa de volver a ver a su hija por la mañana.

Honoria, que había llegado en su propio coche con tres baúles, un sombrero de luto nuevo, «por si acaso», y una vela de plata, fue instalada en el cuarto de invitados con un pastel de ciruelas.

—Por si acaso, ¿qué? —había preguntado Imogen, mirando el sombrero.

—Por si acaso hay que ir a un funeral —dijo Honoria—. Y por si no, siempre se puede usar en una boda.

Y se rieron las dos, con una risa un poco desesperada, mientras la lluvia empezaba a golpear los cristales.

A las once de la noche, la casa estaba en silencio.

Imogen bajó a la biblioteca descalza, con un camisón de lino y una manta sobre los hombros.

Encendió una sola vela. El fuego de la chimenea se había reducido a unas brasas rojas.

Se sentó en el sillón de cuero, subió las piernas y se quedó mirando las llamas muertas con la mente vacía.

Pensó en lo que significaba que mañana, a esta hora, Gideon podía estar en una celda.

O en un patíbulo. O libre. Las tres posibilidades le parecían igualmente remotas y absurdas, como imágenes de un mundo que no podía ser el suyo.

El tercer escalón de la escalera crujió.

No se movió. Sabía quién era. Oyó pasos descalzos en el vestíbulo, el murmullo de una conversación breve con el sargento, un gruñido de aquiescencia, y luego la puerta de la biblioteca que se abría y se cerraba con suavidad.

—Estás aquí —dijo Gideon.

—No podía dormir.

—Yo tampoco.

Se acercó. Llevaba solo los pantalones y una camisa de lino de lord Thistlewood que le quedaba corta de mangas, desabrochada en el cuello, y el pelo todavía húmedo de el baño que Mrs. Pennywhistle le había preparado.

Se detuvo junto al sillón. Miró la habitación con una expresión que Imogen no supo leer, los ojos moviéndose despacio de un estante a otro, del escritorio a la ventana, de la chimenea a la alfombra.

—Aquí fue —dijo.

—¿Qué?

—Aquí empezó todo. —Señaló un punto cerca de la mesa grande—. Yo estaba ahí, con un rollo de pergamino en la mano, esperando que apareciera un camarero con una vela. Y tú entraste por esa puerta con un atizador, en camisón, gritándome que no me moviera.

—No te grité. Te amenacé con calma.

—Me amenazaste con un tono que daba miedo.

—Gracias.

—Fue un cumplido. —Se sentó en el suelo, junto al sillón, con la espalda apoyada en el borde y la cabeza echada hacia atrás. Cerró los ojos—. No me acordaba de que esta biblioteca era tan bonita.

Imogen le acarició el pelo con los dedos. Estaba húmedo, fresco, un poco rizado en las puntas. Él suspiró con un placer sencillo, como un gato.

—Gideon.

—Dime.

—Si mañana sale mal.

—No hables de eso.

—Si sale mal, quiero que sepas que ha valido la pena. Todo. Aunque terminara aquí. —Se le quebró un poco la voz—. Las tres semanas más felices de mi vida. Con tejados y balas y fuegos.

Gideon abrió los ojos y giró la cabeza para mirarla. Había en ellos una ternura tan honda que a ella le dolió el pecho.

—No va a salir mal —dijo.

—No lo prometas.

—No lo prometo. Lo sé. —Le tomó la mano y se la besó en la palma—. Tengo una navegante honoraria que ha sobrevivido a un almacén, a una fragata, a un baile de máscaras y a mi tripulación. No hay comité del Parlamento que pueda con ella.

—Gideon...

—Ven aquí.

La atrajo hacia el suelo con suavidad. Imogen se deslizó del sillón y se sentó frente a él sobre la alfombra, con la manta arrugada alrededor de las caderas y las rodillas rozándole las suyas.

La luz de la vela le dibujaba sombras suaves en el rostro.

Gideon le puso las manos en las mejillas y la miró durante un largo instante, sin hablar.

—Quiero hacerte el amor aquí —dijo, al fin, con voz muy baja.

—¿En la biblioteca?

—En el sitio donde te conocí.

—Mi padre duerme arriba.

—Con valeriana.

—Mrs. Pennywhistle ha echado el pestillo.

—Qué mujer.

Imogen se echó a reír. Le rodeó el cuello con los brazos y lo besó.

Fue un beso lento, saboreado, dulce, con el gusto de la infusión de menta que él había bebido antes de bajar.

Gideon la estrechó contra sí. Le recorrió la espalda con las manos, desde la nuca hasta la cintura, con una lentitud reverente, y le desabrochó el camisón botón a botón, besándole cada centímetro de piel que quedaba al descubierto.

Imogen cerró los ojos. Notó los labios de él en el hombro, en la clavícula, en el hueco de la garganta, y un cosquilleo cálido le fue bajando por el vientre.

Le deslizó la camisa por los hombros. Acarició las cicatrices del pecho, los músculos del abdomen, la línea de vello oscuro que se perdía bajo el borde de los pantalones.

—Cuánto te quiero —murmuró él contra su cuello.

—Yo más.

—Imposible.

—Soy implacable —dijo ella—. Me lo has dicho tú.

Se tumbaron sobre la alfombra, junto al fuego moribundo.

Gideon le quitó el camisón con cuidado, lo dobló, y lo dejó sobre el sillón con una seriedad ceremonial que la hizo reír.

Se desnudó él también. Y se quedaron un momento quietos, uno frente a otro, desnudos y serenos a la luz de la vela, con la piel erizada por el aire fresco de la habitación y la mirada fija en los ojos del otro.

Imogen alzó la mano. Le acarició la mejilla, la mandíbula, el cuello, el pecho, bajando despacio, y él cerró los ojos y se estremeció.

—Quiero acordarme de esto —susurró.

—Yo también.

—Cuando nos hagamos viejos.

—Cuando seamos muy viejos.

—Y discutamos sobre el estante de zoología.

—Y tú me regañes por mezclar los pájaros con los atlas.

Rieron bajito. Se besaron otra vez, y el beso se profundizó, se hizo más urgente, más hambriento, y las manos empezaron a buscarse con una prisa creciente.

Gideon la tendió de espaldas sobre la alfombra, sobre la manta, y se arrodilló entre sus piernas.

La besó entera, otra vez, despacio, los pechos, el vientre, las caderas, la cara interior de los muslos, hasta que ella arqueó la espalda y hundió los dedos en su pelo con un gemido que tuvo que ahogar contra el dorso de su mano para no despertar a la casa entera.

La boca de él, caliente y húmeda y paciente, la llevó una vez más al borde de aquel precipicio dulce, la dejó allí suspendida, temblando, y volvió a bajar, y a subir, con una maestría que le arrancaba suspiros incontrolados, hasta que el placer le estalló en las entrañas, brillante, arrollador, y la dejó jadeando sobre la alfombra, con los ojos nublados y la piel brillante de sudor.

—Dios mío —susurró—. Cada vez es distinto.

—Esa es la idea.