Capítulo 16 #3
Pasó mucho rato. Cuando por fin se calmó, quedó laxo contra ella, con la respiración entrecortada y la camisa de Imogen empapada. Ella le apartó el pelo de la frente. Le besó los párpados hinchados, las mejillas mojadas, la comisura de los labios.
—Eres un hombre bueno —susurró.
—No lo soy.
—Lo eres. Un hombre bueno con una ira enorme y mucho dolor, que ha aprendido a no usar ninguna de las dos para matar. Eso es ser bueno.
—Imogen...
—Calla. —Le puso un dedo en los labios—. Ven. Mulligan ha llenado la tina.
Había una tina de madera, enorme, en un rincón de la cámara, con el agua humeando y una pastilla de jabón de lavanda que Honoria había traído de Richmond y que nadie sabía cómo había llegado a la bodega.
Imogen lo hizo levantarse. Le quitó los pantalones, las botas, el resto de la ropa mugrienta, con una suavidad paciente, como si desnudara a un niño dormido.
Lo ayudó a meterse en el agua caliente. Gideon soltó un gemido profundo cuando el calor le envolvió el cuerpo agotado, magullado, cubierto de arañazos.
Ella se arremangó. Cogió una esponja y empezó a lavarle la espalda.
No hablaron. Imogen le frotó los hombros, los brazos, el pecho, con lentitud.
Le lavó con cuidado el corte de la ceja, que había dejado de sangrar y se había convertido en una raya oscura.
Le enjabonó el pelo y se lo aclaró con un jarro, con una mano sobre sus ojos para que no le entrara el jabón, y él se dejó hacer con los párpados cerrados y una expresión de entrega absoluta que a ella se le clavó en el pecho como un cuchillo dulce.
Pasó la esponja por su vientre. Más abajo. Él abrió los ojos.
—Imogen.
—Chis.
—No tienes por qué...
—Lo sé.
Se quitó la camisa por la cabeza, despacio. El vestido, la ropa interior. Se quedó desnuda a la luz de la lámpara, con el pelo suelto sobre los hombros y la piel erizada por el aire frío. Gideon la miró con los ojos oscuros, brillantes, febriles, y alzó una mano mojada para tomarla de la cintura.
—Ven.
Entró en la tina. El agua subió hasta el borde. Se sentó a horcajadas sobre él, con las rodillas apoyadas en la madera y los pechos rozándole el pecho, y le tomó la cara entre las manos. Se miraron un largo momento, jadeantes, con la luz de la vela temblando en el agua. Luego ella lo besó.
Fue un beso lento, profundo, húmedo. Gideon la rodeó con los brazos, la apretó contra sí, le recorrió la espalda con las manos mojadas, resbalándole por la curva de la cintura, por las caderas, por los muslos.
Ella gimió contra su boca. Notó cómo él se endurecía contra su vientre, bajo el agua tibia, y se estremeció.
Se alzó un poco. Se acomodó sobre él con una mano, buscando, y descendió muy despacio, centímetro a centímetro, hasta que lo tuvo dentro por completo, y los dos soltaron un suspiro largo al mismo tiempo.
—Dios —murmuró él, con la frente apoyada en su clavícula.
—Mírame.
Alzó la cabeza. Tenía las pestañas empapadas, los ojos enrojecidos, la boca temblorosa.
—Estoy aquí —dijo ella.
—Lo sé.
—No te voy a dejar.
—Lo sé.
Se movió sobre él, con un balanceo lento, ondulante, que hacía chapotear el agua contra los bordes de la tina y derramaba pequeñas olas sobre las tablas del suelo.
Gideon le sostenía las caderas con las manos y la miraba, solo la miraba, con una expresión tan abierta y tan tierna que ella casi no podía soportarlo.
Le besó el cuello. Los hombros. Los pechos, con la boca caliente y húmeda, lamiéndole el agua de la piel, mordisqueándole los pezones hasta que ella echó la cabeza hacia atrás con un grito ahogado.
Aceleró el ritmo. Notó que la tensión le crecía en el vientre, caliente, apretada, imparable, y que él la acompañaba con las caderas, alzándose para encontrarla, con la respiración rota, murmurando su nombre contra su piel.
—Imogen... Imogen...
—Aquí. Estoy aquí.
—No me sueltes.
—Nunca.
Se rompió entonces, con un sollozo largo, arqueada hacia atrás con las manos aferradas a sus hombros, y la contracción la recorrió entera, intensa, interminable, mientras él, con un gemido sofocado, se hundía en ella una última vez y se quedaba rígido bajo su cuerpo, temblando, con el rostro enterrado entre sus pechos y los brazos apretados alrededor de su cintura como si el mundo fuera a arrastrarla.
El agua tardó en quedarse quieta. Imogen apoyó la cabeza en su hombro. Él le acarició la espalda con una mano lenta. Fuera sonó otra campana, lejana, y el rumor del Támesis siguió llegando por la ventana como una canción antigua.
—Dentro de tres días —dijo él al cabo de un rato, con la voz tranquila, cansada— puede que estemos en una cárcel.
—O puede que no.
—O puede que no.
—Hay que ser optimista —dijo Imogen—. Soy una estadística.
Gideon rió. Fue una risa baja, suave, la primera sin tensión en días. Le besó la sien. La mejilla. La boca.
—Mil veces —dijo.
—Mil veces —respondió ella.
Y se quedaron así, en la tina, con el agua enfriándose y la lámpara de aceite parpadeando, hasta que Mulligan llamó discretamente a la puerta para preguntar si querían más agua caliente, y Gideon dijo que sí, que por favor, que mucha, y los dos se echaron a reír como niños.