El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

No llegó a usarla. Una sombra enorme, enloquecida, con un pañuelo rojo en la cabeza y una barba negra al viento, apareció desde la dársena a la carrera, saltó los últimos tres escalones del muelle con un rugido de guerra y se estrelló contra el costado del capitán del Triton con un cabezazo que habría derribado un toro.

Brant cayó de rodillas con un alarido. La espada voló por los aires y fue a clavarse en un barril de arenques.

—¡Por Neptuno! —gritó Hobb, de pie sobre él, con los brazos abiertos—. ¡Un disparo, capitán! ¡Un solo disparo, como pidió! ¡Y no se ha roto ni un cristal en los alrededores!

—Hobb —dijo Gideon, con los ojos cerrados—. Has derribado media pared de un almacén.

—Un detalle técnico, capitán.

—¡Alto! —gritó una voz solemne—. ¡En nombre de la ley!

Dos alguaciles cayeron sobre Brant y le pusieron las esposas.

Los tres marineros que lo acompañaban, desarmados por Pip con una habilidad escalofriante, levantaron las manos sin protestar.

Fairweather, con el sombrero en la mano, se acercó a Gideon con paso sereno y lo miró con sus ojos grises, atentos, inteligentes.

—Capitán Kestrel —dijo—. Hemos tardado en conocernos.

—Señor Fairweather.

—Su grumete me trajo el recado ayer. Y la señorita Blythe, aquí presente, me convenció de que debía venir en persona. Me ha costado muy poco. —Una media sonrisa—. Tengo entendido que le debo una investigación.

—Tengo pruebas.

—Eso espero. —Miró a Imogen, a lord Thistlewood, a Quill, a Honoria, que seguía apoyada en el remo con los ojos brillantes de gloria—. ¿Y Ravenscar?

Gideon se volvió. Escudriñó el callejón, los alguaciles, los hombres esposados, el agujero humeante en el muro. No había rastro del vizconde.

—Se ha ido —dijo, muy despacio.

—Su coche salió por la puerta trasera hace diez minutos —dijo Fairweather, con una gravedad súbita—. Mis hombres lo vieron. No pudieron detenerlo sin orden. Va hacia Whitehall.

—Querrá adelantarse.

—Sin duda. Hablará con el primer lord del Almirantazgo antes del mediodía. Le dirá que Kestrel es un pirata buscado, que ha secuestrado a una dama y a su padre, que ha asaltado un almacén de la Corona. —Fairweather suspiró—. Dentro de una hora habrá una orden de arresto contra usted.

—No es nuevo.

—No. Pero esta vez la firmará un par del reino.

—Entonces —dijo Imogen, con la voz firme, entrando en el círculo de hombres con la capa embarrada y el pelo desgreñado—, tendremos que llegar antes.

Fairweather la miró. En su cara se dibujó una sonrisa lenta y sorprendida.

—Usted debe de ser la señorita Thistlewood.

—Imogen.

—La que descifró la signatura.

—Fue un golpe de suerte.

—Dudo que sea eso lo que dice mi informante.

—Se inclinó con una cortesía antigua—. Señorita, el Parlamento se reúne dentro de tres días.

Presentaré una moción para formar un comité de investigación sobre el Almirantazgo.

Necesitaré al capitán Kestrel presente. En persona.

Con todas las pruebas. —Hizo una pausa—. Y bajo mi protección.

—¿Y hasta entonces? —preguntó Gideon.

—Hasta entonces, no se separen de su barco. Mis hombres lo custodiarán. —Miró a lord Thistlewood, que se había sentado en una caja a examinar con una lupa un liquen que crecía en el muelle—. Y deberían descansar. Han tenido una noche ajetreada.

Descansaron.

Mulligan, que había observado el espectáculo desde el castillo de proa entre el pánico y el orgullo, los recibió a bordo de la Alondra con una cena que habría hecho llorar a un cardenal y dos barreños de agua caliente que cargó él mismo hasta la cámara de popa.

Honoria se retiró al camarote de Quill, que se lo cedió con una reverencia temblorosa y se fue a dormir sobre un rollo de lona en la bodega.

Lord Thistlewood, tras tomarse una sopa y relatarle a Hobb durante tres cuartos de hora la historia natural del Cladonia rangiferina, se quedó dormido en una hamaca con la peluca de Linneo sobre el pecho y una sonrisa de beatitud.

Pip sacó a pasear su cuchillo de cocina por cubierta durante una hora, hasta que Hobb le hizo guardarlo.

A media tarde, cuando por fin se despertó de su siesta en la hamaca, lord Thistlewood salió a cubierta, se ajustó la peluca de Linneo con las dos manos y buscó con la mirada a Gideon, que revisaba unos cabos con Hobb junto al cabrestante.

Se le acercó con paso decidido, sacó del bolsillo una lupa de bronce y se la puso ante el ojo derecho.

—Señor Marsh.

—Milord.

—O Kestrel. Una vez hecha la presentación formal, me gustaría saber una cosa. —Lo examinó de arriba abajo a través de la lente, con una gravedad de juez—. ¿Qué intenciones tiene usted con mi hija?

Hobb soltó el cabo. Alguien, en lo alto de la jarcia, dejó de silbar. Gideon se enderezó muy despacio, con las manos a los costados.

—Honestas, milord.

—Muy bien.

—Quiero casarme con ella.

—Ya lo sospechaba. —Lord Thistlewood bajó la lupa—. ¿Tiene casa?

—Una fragata que no es mía y unas manos sin callos de tinta. Pero pienso comprar una casa pequeña en la costa.

—¿Con estantes?

—Con muchos estantes.

—¿Para los mapas?

—Para los mapas, milord. Y para sus líquenes, si alguna vez quiere visitarnos.

El naturalista se quedó callado un largo momento, mirándolo. Luego sus ojos, tan tristes, tan dulces, se llenaron de lágrimas.

—Tiene usted una cicatriz horrible en la ceja.

—Sí, milord.

—Y una nariz torcida.

—Sí, milord.

—Y ha puesto a mi hija en peligro de muerte cuatro veces en tres semanas.

—Cinco, si cuento el tejado —dijo Gideon, con sinceridad.

—Muy bien. —Lord Thistlewood le ofreció una mano temblorosa, y cuando Gideon se la estrechó se la sostuvo con las dos suyas—. Es lo más bonito que le ha ocurrido nunca a Imogen. Y usted va a cuidar de ella. —Una pausa—. Y de los líquenes.

—Lo prometo.

—Mil veces, supongo —murmuró el viejo con una sonrisa, y se alejó con paso cojo hacia la proa, donde Pip le esperaba para enseñarle un nido de gaviotas.

Hobb carraspeó, se frotó la barba y se secó disimuladamente una lágrima con el pañuelo rojo.

—Capitán —dijo con voz ronca—. Esto es muy emocionante.

—Calla, Hobb.

—Sí, capitán. —Y, después de un segundo—: ¿Podemos disparar otra vez?

Cuando la noche cayó sobre el Támesis, Imogen entró en la cámara de popa con una toalla en el brazo y encontró a Gideon sentado junto a la ventana, en silencio.

Había dejado la camisa manchada sobre una silla. Tenía los hombros hundidos, las manos entre las rodillas y la mirada fija en el agua negra, donde se reflejaban las luces del Pool. En la palma de una mano, abierta sobre el muslo, descansaba el anillo del halcón.

Imogen se arrodilló ante él. Le tomó las manos.

—Gideon.

—Dime.

—No tienes que estar bien.

—Estoy bien.

—No lo estás. —Le acarició los nudillos con los pulgares—.

Hoy has sabido que el muchacho que murió en tus brazos era hijo del hombre que odiabas.

Has entregado un mensaje de despedida después de cinco años de guardarlo.

Has visto a ese hombre llorar. Y mañana tendrás que levantarte e ir a un Parlamento a jugarte el cuello. Tienes derecho a no estar bien.

Gideon cerró los ojos. Tenía el rostro tenso, contraído. Una lágrima rodó por la mejilla, y otra, y de pronto le temblaron los hombros, y se cubrió la cara con las manos, y lloró.

No hizo ruido. Lloraba como lloran los hombres que llevan mucho tiempo sin llorar, con una violencia muda, con el cuerpo entero sacudido por espasmos, con las lágrimas resbalándole entre los dedos.

Imogen se subió a su regazo, le rodeó el cuello con los brazos y lo apretó contra su pecho.

Él se aferró a ella, hundió el rostro en su hombro y siguió llorando, y ella le acarició el pelo, la nuca, la espalda, murmurándole palabras sin sentido, ya está, mi amor, ya está, aquí estoy, mientras fuera el río murmuraba contra el casco y una campana de barco daba las once.