Capítulo 16
El primer cañonazo derribó un trozo de pared de ladrillo del tamaño de una carreta.
Hobb había calculado a la perfección. La bala, de seis libras, disparada a trescientas yardas con la culebrina de proa y un ligero viento de través, golpeó la fachada oeste del almacén de Pryce y Ottley tres pies por encima de la línea del tejado, justo donde le habían indicado, y arrancó una porción irregular de muro que cayó hacia el interior de la nave con un estruendo de campanas rotas.
Una nube de polvo rojizo se levantó sobre el Pool.
Un coro de gritos, desde las cubiertas de los barcos fondeados, siguió al trueno.
En la orilla, las gaviotas se alzaron en una nube blanca y chillona.
En la bóveda nueve, a seis metros bajo ese muro, el suelo vibró.
—¡Ya! —gritó Gideon.
Fue lo último que oyeron con claridad. Se oyó un estruendo sordo encima de ellos, como si el techo entero quisiera desplomarse, y una lluvia de polvo y cascotes cayó desde las vigas.
Imogen se tapó la cabeza con los brazos.
Quill soltó un juramento en cornuallés. Lord Thistlewood, que había sido empujado al suelo por Gideon y cubierto con su propio cuerpo, preguntó con voz ahogada si se trataba de un terremoto.
—Es el señor Hobb, padre.
—¡Qué entusiasta!
Al otro lado de la puerta se oyeron gritos, carreras, un tropel de botas que se alejaba.
Una voz bramó órdenes confusas. Otra gritó «¡Fuego!
» y alguien contestó «¿Dónde?» y un tercero «¡En el muro!
». Gideon se incorporó, ayudó a Imogen a levantarse, la sacudió con las manos con una urgencia febril y la miró a los ojos.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Vamos. Por el agujero. Ahora. Primero tu padre.
Fue una operación delicada. Lord Thistlewood, con setenta años y la peluca de Linneo todavía en su sitio, se agachó ante el boquete con una dignidad cómica y metió la cabeza, los hombros y el vientre con la ayuda de Quill, que lo empujaba por detrás murmurando disculpas.
Se quedó atascado un instante a la altura de las caderas.
Gideon le agarró los tobillos y tiró con suavidad.
Lord Thistlewood se deslizó dentro con un gemido de sorpresa y desapareció en la oscuridad del conducto.
—¡Padre! ¿Estás bien?
—¡Magníficamente! —resonó su voz dentro del túnel—. Aquí hay Marchantia. ¡Qué maravilla!
—No toques nada.
—Imposible. ¡Está viva!
Imogen entró después, a gatas, con las manos hundidas en un barro frío y viscoso, la capa arrastrando, el corazón retumbándole en las sienes.
El túnel era estrecho, de bóveda baja, con las paredes cubiertas de un musgo resbaladizo.
Un hilillo de agua corría por el fondo. Delante de ella oía el jadeo de su padre y su murmullo constante, una letanía de nombres latinos que debía de ser su manera de rezar.
Detrás, el roce de las botas de Gideon y la respiración entrecortada de Quill.
—Más deprisa —susurró Gideon—. Si cierran el desagüe por fuera, estamos atrapados.
—¿Cuánto falta?
—No lo sé.
Siguieron arrastrándose. El túnel descendía en una pendiente suave.
A los cinco minutos, el aire se volvió más húmedo.
A los diez, Imogen oyó, al fondo, el chapoteo inconfundible del río.
Una claridad grisácea y borrosa se filtró desde delante.
Vio los barrotes de una reja de hierro oxidado, cubierta de algas, con el agua del Támesis lamiéndola al otro lado.
Su padre ya estaba sentado ante ella, con las manos sobre las rodillas y una sonrisa de beatitud.
—Cerrada —dijo—. Pero está podrida.
Gideon pasó a su lado y probó los barrotes con las manos.
Dos cedieron al primer empujón, con un crujido de herrumbre.
Los otros dos tardaron un poco más. Cuando se rompieron, el agua helada del río les inundó las piernas hasta las rodillas.
Gideon salió el primero, de rodillas sobre el barro de la orilla, con el agua hasta el pecho, y miró a derecha e izquierda con cautela de lobo.
Les hizo una seña. Salieron uno tras otro, tiritando, empapados, cubiertos de barro y de algas, y se encontraron en un pequeño espigón de piedra al pie de la fachada oeste del almacén, a pocos pasos de una escalera resbaladiza que subía hacia el muelle.
Y entonces Imogen se dio cuenta de lo que veía.
El muro lateral del almacén tenía un enorme agujero irregular, y por él salía una columna de polvo y humo.
Los hombres de Ravenscar corrían de un lado a otro con cubos y mantas, sin saber a qué enemigo se enfrentaban.
Al otro lado del callejón, detrás de una hilera de barriles, un destacamento de seis hombres con casacas azules y bastones con corona de bronce avanzaba al paso de carga hacia el portón principal, y al frente de ellos, con una levita impecable y el sombrero en la mano, caminaba un hombre de pelo gris, mirada serena y barbilla firme.
—Fairweather —dijo Gideon.
—Y mira quién va con él.
Detrás del diputado, con el pelo rubio al viento, unos calzones de lona hasta las rodillas y un remo de bote sobre el hombro como una lanza, avanzaba Honoria Blythe con el rostro iluminado de furia santa. A su lado trotaba Pip, con un cuchillo de cocina en cada mano y una mirada feroz.
—Dios mío —susurró Imogen, entre risas y lágrimas—. Han venido.
—Naturalmente —dijo lord Thistlewood, desde el espigón, con una alegría enorme—. ¡Honoria es una muchacha de recursos!
La escena que siguió pasó a la historia de Wapping como «la mañana del almacén de los Ottley», y se contó durante años en las tabernas del Pool con tantas variantes que nadie volvió a saber con exactitud qué había ocurrido. Lo que Imogen vio con sus propios ojos desde el espigón fue lo siguiente.
Los alguaciles de Bow Street entraron por el portón a punta de bastón, derribando a los guardias que se pusieron en su camino.
Fairweather, con una voz sonora y pausada que sorprendió a todos, declaró en nombre de la ley que el almacén quedaba intervenido por orden de la Cámara de los Comunes.
Dos hombres armados soltaron las pistolas al suelo.
Un tercero salió corriendo por la puerta lateral y tropezó con Pip, que le clavó el cuchillo de cocina en la pantorrilla con una eficacia que hizo palidecer a Fairweather.
Ottley, el calvo, salió del edificio por una ventana del primer piso con los brazos en alto y la peluca torcida, gritando que él solo era un administrador, y fue recogido en el suelo por dos alguaciles sin ninguna ceremonia.
Y entonces, desde la puerta lateral, apareció una figura baja y gruesa con un chaleco amarillo canario.
Sir Hugo Fenwick había intentado huir. Eso estuvo claro desde el primer instante.
Corría con las piernas abiertas, con las faldas de la casaca recogidas y una bolsa de monedas en cada mano, y en su cara redonda había una expresión de pánico absoluto.
Esquivó a un alguacil. Esquivó a otro. Y estaba a punto de alcanzar el callejón cuando una voz de mujer, aguda y fresca, resonó por encima del estruendo.
—¡Eh, usted!
Sir Hugo se volvió.
Honoria Blythe, con el remo en alto y la barbilla desafiante, estaba plantada en medio del callejón a diez pasos de él.
—¡Usted! —repitió—. ¡El del chaleco!
—Señorita Blythe... —balbuceó sir Hugo, retrocediendo—. No sé qué...
—Eso —dijo Honoria— es por mi mejor amiga.
Y le atizó con el remo de lleno en la barriga.
Sir Hugo soltó todo el aire en un gemido y se dobló.
Las bolsas de monedas salieron volando. Dio dos pasos hacia atrás, tambaleándose, con los ojos desorbitados, y tropezó con un saco de harina que alguien había dejado junto a la puerta.
El saco se abrió. Una nube blanca lo envolvió.
Cuando se disipó, sir Hugo Fenwick estaba sentado en el suelo, enharinado de pies a cabeza, con el chaleco canario convertido en un rebozado, la corona de latón todavía ladeada sobre la cabeza y dos alguaciles que se le echaban encima para esposarlo.
—Qué satisfacción —suspiró Honoria, apoyándose en el remo.
—¡Honoria! —gritó Imogen desde el espigón.
—¡Imogen! —Su amiga alzó el remo en señal de victoria—. ¿Has visto eso?
—He visto todo.
—¡Ha sido maravilloso!
—¡Lo ha sido!
Fue Gideon quien vio a Brant.
—Cuidado —dijo en voz baja, agarrando a Imogen del brazo.
El capitán del Triton había salido del almacén por la brecha del muro, abriéndose camino por entre los escombros con una espada en la mano.
Tenía la casaca desabrochada, el rostro cubierto de polvo y los ojos fijos en el espigón con una expresión de odio concentrado.
Detrás de él venían tres marineros con sables y pistolas.
Atravesó el callejón en cuatro zancadas, ignorando a los alguaciles, y se detuvo a diez metros de Gideon, con el pecho agitado.
—Kestrel —dijo, con una voz ronca—. Tú.
—Brant.
—Cinco años. Cinco años sin saber si estabas muerto o vivo. Y ahora vienes a... —Se interrumpió, respirando con fuerza—. Mataste a mi hermano en el Marisol.
—Fue un combate honrado —dijo Gideon—. Lo declaró el almirantazgo.
—Lo declaró un hombre pagado por Ravenscar.
—Entonces los dos hemos sido sus peones.
—Yo no soy peón de nadie.
—Hizo exactamente lo que le dijeron. Con una firma. Con una cena. —Gideon dio un paso adelante—. Hundió mi barco con cuarenta y dos hombres atados en la bodega. Y a un muchacho de dieciséis años que no sabía quién era su padre.
Brant se detuvo. Algo pasó por su rostro, un destello. Una vacilación. Fue breve, pero Imogen la vio.
—Yo cumplí órdenes —dijo, con la voz endurecida.
—Lo sé.
—Eran órdenes.
—Y yo estoy cansado de órdenes, capitán —dijo Gideon, sin alzar la voz—. Estoy cansado de hundir barcos, de huir, de odiar. Pero no voy a dejar que me mate.
Brant alzó la espada.