Capítulo 15 #2
Era la miniatura. Gideon alzó la vista despacio. Una mujer joven, de ojos grandes y pelo castaño, vestida a la moda de hacía veinte años. Una cara dulce, algo triste, con los labios entreabiertos en una media sonrisa.
—La vi en su caja fuerte.
—Lo sé. Mi criado vio el cuadro descolgado y sospechó. Pero no se llevó nada. —La voz le salió muy baja—. Se llamaba Sarah Hale. Era doncella en casa de mi padre. Tenía dieciocho años. Yo, veintitrés.
Nadie habló.
—No hay mucho que contar. Es una historia antigua, vulgar.
Un joven aristócrata, una muchacha pobre, un verano largo.
Cuando se supo que estaba encinta, mi padre la despidió con cincuenta libras y una carta de recomendación falsa.
Yo era un cobarde. No dije nada. —Alzó la vista—.
Murió de parto. Un varón. Se lo llevó una tía suya, en Southampton.
Gideon se había quedado muy quieto.
—Yo pagué su educación —continuó Ravenscar—.
En secreto, claro. A través de un abogado.
Le puse un nombre falso. Lo envié a una escuela decente.
A los catorce años me dijeron que quería irse al mar.
No lo impedí. Pensé que le haría bien. Pensé...
que de ese modo lo tendría cerca, en la Armada, bajo mi mando.
Que podría vigilarlo desde lejos. —Se pasó la mano por la cara—.
Lo embarqué yo mismo, a escondidas, en la fragata de un capitán de confianza. Se llamaba Thomas Hale.
Gideon abrió la boca. No consiguió hablar.
—Tom —dijo Imogen, con un hilo de voz.
—Tom —asintió Ravenscar.
Hubo un silencio tan hondo que se oía la gota de agua cayendo al otro lado del tragaluz.
—Tom Hale —repitió Gideon, muy despacio—. El grumete. Mi grumete.
—Su grumete.
—Tom... —Se le quebró la voz—. Era hijo suyo.
—Sí.
—No lo sabía. Nunca...
—Nadie lo sabía. Ni siquiera él. Al menos, eso creía yo.
—Ravenscar apretó el estuche entre los dedos—.
Lo pasé al Halcyon seis meses antes del viaje a Kingston, a petición suya.
Me lo pidió usted mismo. Dijo que el muchacho tenía talento para las cartas.
Yo lo firmé sin pensar. Y cuando di la orden, capitán, cuando firmé el papel que hundió su barco, no sabía que Tom estaba a bordo.
No lo supe hasta tres días después, cuando llegó el informe de supervivientes.
Brant me lo dijo. «Milord, creo que había un muchacho entre las bajas. » Yo estaba cenando.
Imogen se llevó la mano a la boca.
—Usted lo mató —dijo Gideon.
—Lo sé.
—Lo mató usted. Con una firma. Con una cena.
—Lo sé —repitió Ravenscar, y por primera vez su voz se quebró—. Lo sé. Llevo cinco años sabiéndolo.
Gideon se incorporó de golpe. Quill y Imogen, junto al hueco, contuvieron la respiración.
Por un momento pareció que iba a lanzarse sobre el vizconde, con las manos desatadas, los dedos curvados como garras.
Pero se quedó inmóvil, con el pecho agitado, mirando a Ravenscar con una expresión terrible, de odio feroz y de algo mucho más complicado que ella no supo nombrar.
—Murió en mis brazos —dijo, al fin, con una voz que no parecía suya.
—Lo sé.
—Dos días en un bote. Sin agua. Con las manos quemadas por el sol. Y en la última noche, antes de morir, me habló.
Ravenscar alzó la cabeza. Tenía los ojos húmedos, brillantes, enrojecidos.
—¿Qué dijo?
—Habló de usted.
—¿De mí?
—De su padre. —Gideon respiró hondo—. Me dijo: «Capitán, si sale de esta, hay un hombre que debe saber algo.
Mi padre. No sé cómo se llama. Mi tía dijo que tenía un anillo con un halcón.
Que vive en Londres. Que es importante.» Yo creí que deliraba.
Que hablaba de un padre imaginario. Pensé que hablaba del contramaestre de su infancia.
—Tragó saliva—. Me dijo que le dijera una cosa.
—¿Qué cosa?
—Que no lo odiaba.
Ravenscar cerró los ojos.
—Eso dijo —continuó Gideon, con la voz rota—. «Dile que no lo odio. Que sé que no sabía. Dile que... que me hubiera gustado conocerlo.» Eso dijo. Y luego se durmió, y no se despertó.
El silencio que siguió fue absoluto. Imogen notó que le corrían lágrimas por las mejillas y no se las secó.
Quill se había quitado las gafas rotas y se tapaba los ojos con la manga.
Lord Thistlewood, en su silla, había bajado la cabeza.
Ravenscar seguía inmóvil, con los ojos cerrados, el rostro tan desencajado que parecía otro hombre.
Una lágrima le resbaló por la mejilla y se perdió en la curva de la barbilla. Otra. Otra más.
—Un anillo con un halcón —murmuró, al fin, con la voz quebrada—. Se lo regalé a Sarah. Antes de que...
Se llevó la mano al dedo anular, donde brillaba un sello de oro con un pájaro grabado. Se lo quitó despacio. Lo contempló un largo momento. Luego lo dejó caer sobre las piedras, donde rodó con un tintineo hasta detenerse junto al pie de Gideon.
—Se lo debí a él —dijo.
Se levantó. Parecía haber envejecido veinte años. Recogió el farol con una mano que le temblaba. Se encaminó hacia la puerta con pasos inseguros, pero antes de salir se detuvo y, sin volverse, dijo en voz muy baja:
—Mañana, al amanecer, Brant los llevará a la Perseverance. Hay un viaje a Botany Bay que sale esta semana. No habrá juicio. No habrá ahorcamiento. Tendrán una vida, de otra manera. —Una pausa—. Es lo más que puedo hacer.
—Thaddeus —dijo Gideon.
El vizconde se detuvo.
—Lo hizo usted todo —dijo Gideon, con una voz extrañamente serena—. Cuarenta y dos hombres. Mi barco. Mi gente. Su hijo. Y esto no lo borra.
—Lo sé.
—Pero se lo dije. Porque él me lo pidió.
Ravenscar asintió, sin volverse. Salió. La puerta se cerró. El cerrojo chirrió. En el pasillo se oyeron los pasos de los guardias que volvían a sus puestos.
Gideon se dejó caer contra la pared. Alargó la mano, recogió el anillo del suelo, lo miró en la palma.
Una lágrima le cayó sobre el halcón de oro.
Imogen se arrastró hasta él, le tomó la cara entre las manos y lo abrazó con una fuerza desesperada, y él se dejó abrazar con la cabeza hundida en su hombro, el cuerpo sacudido por un temblor profundo y silencioso, mientras el naturalista se quitaba la peluca para respetar el momento y Quill se sonaba la nariz con el pañuelo de Imogen.
—Tom —susurró él—. Tom, muchacho... Lo dije. Lo dije por ti.
—Lo sé —murmuró ella contra su pelo—. Lo sé, mi amor.
Pasó mucho tiempo antes de que alguien hablara.
—Capitán —dijo Quill, por fin, con voz ronca—. Tenemos un agujero en la pared.
Gideon alzó la cabeza. Se secó la cara con la manga. Una sonrisa temblorosa, increíble, le cruzó el rostro manchado de sangre y lágrimas.
—Es verdad.
—Y no nos queda mucho tiempo.
—No.
—Brant vendrá al amanecer.
—Ya lo ha dicho él. —Gideon se incorporó, con el anillo apretado en el puño y una luz nueva en los ojos—. Pero antes de que Brant llegue, vamos a tener visita.
—¿Visita?
—Hobb.
—Capitán, usted no le dijo...
—Le dije que si no volvíamos al amanecer, disparara —dijo Gideon—. Una sola vez. Y que apuntara alto.
Quill soltó una risa sofocada. Lord Thistlewood, que no había entendido nada, volvió a ponerse la peluca de Linneo y preguntó con interés si alguien podía explicarle de qué iba aquello.
—De un cañón, padre —dijo Imogen, con una sonrisa temblorosa, secándose las lágrimas—. De un cañón muy pequeño.
—Qué emocionante —dijo lord Thistlewood.
Se pusieron a trabajar de nuevo. Cuando cayó el último ladrillo del boquete, el aire helado del conducto les golpeó el rostro.
Gideon se asomó a la oscuridad. Del fondo llegaba, muy lejos, un rumor de agua, un goteo, un chapoteo apagado.
Tendió la mano a Imogen. Ella la tomó. En el pasillo, tras la puerta, los guardias hablaban en voz baja de apuestas de caballos.
Se acercaba el amanecer.