El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

La bóveda nueve tenía una única fuente de luz, un tragaluz del tamaño de un pañuelo, abierto en lo alto de la pared norte y cruzado por tres barrotes de hierro, por el que entraba la claridad plomiza de un cielo cada vez más oscuro.

Tenía las paredes de ladrillo húmedo, los estantes vacíos desde que Imogen se había llevado los manifiestos, un suelo de piedra con una argolla oxidada y un hueco bajo la puerta de roble por el que se filtraba una raya de luz amarilla, la del farol del guardián que se paseaba por el pasillo.

Tenía cuatro personas atadas, una de ellas cantando por lo bajo una melodía que Imogen identificó, con un asombro creciente, como una versión muy mejorable de una balada sobre un molinero.

—Ambrose —dijo Gideon, con voz cansada—. Cállate.

—Es para mantener alta la moral, capitán.

—La moral está altísima. Cállate.

Quill se calló. Se oyó el roce de sus gafas rotas, que había intentado en vano ajustarse sobre la nariz con las manos atadas a la espalda.

Gideon, sentado contra la pared, tenía la cabeza inclinada y la sangre seca sobre la ceja y la mejilla.

Imogen, a su lado, con los pies recogidos y los brazos amarrados tras el respaldo del único taburete de la sala, se retorcía las muñecas con una paciencia desesperada.

—No sirve —murmuró—. Es una cuerda de barco. Hecha para aguantar tormentas.

—Lo sé.

—¿Tú no puedes...?

—Llevo dos horas intentándolo. —Gideon apoyó la cabeza contra los ladrillos—. Quien las ató sabía lo que hacía.

—Hijo mío —dijo una voz alegre desde el rincón.

Lord Thistlewood, sentado en su silla de roble junto a la pared este, con la peluca de Linneo caída sobre un hombro y los ojos brillantes, había estado mirando fijamente un punto cercano al suelo durante los últimos diez minutos.

Ahora los alzó hacia ellos radiante, como un niño que ha descubierto una moneda.

—Hijo mío. Imogen. Señor Marsh... ¿o es Kestrel? Qué más da. Mirad esto.

—¿Qué, padre?

—Esto. —Con un movimiento desmañado de la barbilla señaló la base de la pared, donde los ladrillos, a un palmo del suelo, tenían una mancha verdosa y aterciopelada, una especie de costra húmeda que se extendía en una franja irregular—.

¡Un Lepraria! Y mirad ahí, y ahí. Una Verrucaria en estado magnífico.

Estas costras solo crecen donde hay humedad constante.

Una fuga. Una filtración. —Se le iluminó la cara—.

Y mirad cómo se concentra la mancha, justo aquí, en esta franja de tres ladrillos.

Si el agua llega por un conducto, y yo diría que sí, que el líquido viene de un conducto de desagüe, entonces detrás de esta pared hay un hueco. Un túnel. Un canal.

Imogen miró la mancha verde. Miró a su padre. Miró a Gideon, que había alzado la cabeza con una atención repentina.

—¿Un desagüe?

—Este almacén está junto a la dársena —dijo Gideon despacio—. Los antiguos tenían canales de limpieza que bajaban al río. Cuando construyeron la bóveda, tal vez los taparon con ladrillo.

—Pues entonces ese ladrillo es más blando —dijo lord Thistlewood, triunfante—. Con la humedad, el mortero se pudre. Se desmenuza. Se podría quitar con un buen objeto cortante.

—Padre, no tenemos objetos cortantes. Nos han quitado todo.

—Ah. —Lord Thistlewood se quedó pensativo.

Luego, muy despacio, bajó los ojos hasta su propio pecho, donde el frasco de especímenes, el pequeño frasco de cristal que había colgado de su cuello durante todo el baile y que llevaba consigo desde Kent, descansaba sobre la solapa de la levita de terciopelo. Parpadeó—. ¿Y esto?

Imogen contuvo la respiración.

—Es un frasco de cristal.

—Con tres Cladonia de Richmond. Bastante buenas. —Lord Thistlewood miró el frasco con una ternura infinita—. Una pena.

—Padre. Rómpelo.

—Pero los Cladonia...

—Los Cladonia te quedan en Kent. Rómpelo, por favor.

Lord Thistlewood suspiró. Alzó la barbilla, pegó el frasco contra el borde de la silla y le dio un golpe seco. El cristal se resquebrajó con un chasquido. Cayeron al suelo tres trocitos de liquen grisáceo y varios fragmentos afilados de vidrio. El naturalista se quedó mirándolos con nostalgia.

—Adiós, mis queridos —dijo, con voz emocionada—. Habéis muerto por una buena causa.

Antes de empezar, sin embargo, hubo un momento extraño, de esos que sólo ocurren cuando la gente está atada a una pared en la oscuridad y no tiene nada mejor que hacer que hablar. Fue lord Thistlewood quien lo provocó, con una tos delicada.

—Hay algo que debería haberos contado hace tiempo —dijo, mirando el techo—. Sobre ese caballero. Lord Ravenscar.

—¿Qué, padre?

—Era amigo mío. De joven. Estudiamos juntos un año en Cambridge, antes de que él se fuera a la Armada. Un muchacho encantador, algo intenso. Muy dado a las pasiones.

—¿Eras amigo suyo?

—Los dos cortejamos a tu madre. —Lord Thistlewood sonrió con ternura al techo—.

Clarissa Wren. Una muchacha pequeñita, de ojos enormes, que se reía de todo.

Thaddeus la quería muchísimo. Le escribía versos.

Le regaló un abanico de marfil que valía un dineral.

Y yo, que no tenía nada, le regalé una concha de nácar que había encontrado en la playa de Brighton.

Imogen sintió que se le cerraba la garganta.

—¿La concha?

—La misma que tienes en la estantería de arriba, querida.

—Se volvió hacia ella con una expresión de dulzura—.

Ella eligió la concha. Siempre decía que el abanico era para lucirlo y la concha para escucharla.

Thaddeus no lo tomó muy bien. Se fue a la Armada con el corazón hecho trizas, y yo no volví a verlo en veinte años. Hasta esta semana.

—Y por eso... —Gideon tragó saliva—. Por eso se interesó por su lote.

—Supongo que me guardó rencor —dijo lord Thistlewood, con una ingenuidad que partía el alma—. Pobre Thaddeus. Siempre fue un hombre incapaz de perdonar.

Nadie dijo nada. Imogen miró a Gideon, y él, con la sangre seca sobre la ceja, la miró a ella.

Y en esa mirada hubo algo que no necesitó palabras: la certeza de que las historias que parecen distintas a veces tienen el mismo comienzo, una concha, un abanico, una elección, y que había hombres que cargaban con ella toda la vida.

Pasaron tres cuartos de hora de esfuerzos torpes, de arañazos, de maldiciones susurradas.

Gideon, el más cercano, fue el primero en conseguir pescar con los dedos atados un trozo de cristal del tamaño de un pulgar.

Con él, y con un tormento de contorsiones, cortó la cuerda de Quill.

Quill cortó la de Imogen. Imogen, con las muñecas despellejadas, cortó la de Gideon.

Entre los tres, y entre exclamaciones de sorpresa del naturalista, que seguía lamentando a sus muertos, liberaron a lord Thistlewood de su silla y se reunieron junto a la pared húmeda, de rodillas sobre la piedra, con las manos ensangrentadas y los ojos brillantes.

—Los guardias —murmuró Quill.

—Dos en el pasillo. Uno a cada lado de la puerta. —Gideon golpeó los ladrillos con los nudillos. Sonaron huecos en el tercero—. Aquí. Esto es más fino.

—¿Podemos quitarlo sin hacer ruido?

—Podemos intentarlo.

Se pusieron a trabajar. Quill y Gideon rascaban con los trozos de cristal el mortero reblandecido, en un silencio tenso, con el sudor goteándoles por la frente.

Imogen vigilaba la puerta, con la oreja pegada a la madera.

Lord Thistlewood, sentado en su silla, recogía con cuidado del suelo los tres líquenes caídos y los envolvía en su pañuelo.

—Para la posteridad —murmuró.

Cuando por fin se aflojó el primer ladrillo, Gideon lo sacó con las dos manos y lo depositó en el suelo sin ruido. Detrás había un hueco oscuro, húmedo, del que salía un soplo helado. Gideon metió el brazo hasta el hombro. Sonrió.

—Es un conducto. De ladrillo. Ancho como para un hombre a gatas.

—¿Hacia dónde?

—Hacia abajo. Hacia el río.

Imogen se arrodilló junto a él. Miró aquel agujero negro entre el miedo y la esperanza que le aceleró el corazón. Se disponía a hablar cuando un ruido al otro lado de la puerta la dejó petrificada.

Un tintineo de llaves. Un murmullo de voces. El chirrido de un cerrojo.

—Atrás —susurró Gideon, empujándolos hacia la pared—. Tapad el agujero. Rápido.

Quill y Imogen se plantaron ante el hueco, de espaldas, con la capa extendida.

Lord Thistlewood se sentó en su silla con las manos atadas a medias por una cuerda floja a la espalda.

Gideon volvió a tumbarse contra la pared, con la cuerda cortada tirada a un lado, bajo la pierna, y el rostro ensangrentado vuelto hacia el suelo.

La puerta se abrió.

En el umbral apareció Ravenscar, solo, con un farol en una mano y un pequeño estuche de cuero rojo en la otra. Se volvió hacia el pasillo y dijo con voz suave:

—Déjennos. Cierren la puerta. No quiero que nadie escuche.

Los guardias obedecieron. La puerta se cerró de nuevo con un golpe sordo. Ravenscar dejó el farol sobre un estante vacío. La luz amarilla iluminó la sala, las paredes húmedas, los cuatro prisioneros en sus posturas de cautividad. Se quedó mirando a Gideon durante un largo momento sin decir nada.

—Vizconde —dijo Gideon, sin alzar la cabeza—. ¿Viene a asegurarse de que seguimos atados?

—Vengo a hablar con usted, capitán.

—Hable.

—A solas.

—Mis compañeros ya se han cansado de oírme. Pueden quedarse.

Ravenscar guardó silencio. Con una lentitud extraña, casi tímida, se acercó a Gideon y se sentó en el suelo, delante de él, con las piernas cruzadas, como si fuera a rezar.

El farol le dibujaba profundas sombras bajo los ojos.

En la penumbra, por primera vez, Imogen vio que era viejo.

Vio la red de arrugas a los lados de la boca, las manos temblorosas, la camisa ligeramente arrugada, la mirada hundida de tantos días sin dormir.

Sintió una repulsión y, al mismo tiempo, una piedad inesperada que la desconcertó.

—¿Reconoce esto? —preguntó Ravenscar, y abrió el estuche de cuero rojo.