El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

El portón de hierro del almacén se abrió antes de que Imogen llegara a llamar.

Había recorrido a pie los últimos cuatrocientos metros desde las escaleras de Wapping, con una bolsa de cuero al hombro, un vestido gris de mangas largas que Honoria le había prestado y una capa con capucha que le tapaba el pelo.

Llevaba una navaja de Pip metida en la bota izquierda y una linterna de cristal rojo envuelta en un pañuelo, al fondo de la bolsa, junto a la copia que Quill había fabricado durante toda la noche y que ahora le pesaba en el costado como si estuviera hecha de plomo.

A su espalda, el cielo del poniente ardía en un naranja sucio sobre los mástiles.

Delante, la mole del almacén se alzaba contra la luz declinante, sin una ventana en la fachada, con los cuatro pisos de ladrillo ennegrecido y el farol que ya parpadeaba en la puerta lateral.

La puerta se abrió. Un hombre calvo y gordo, con las manos pequeñas entrelazadas sobre el vientre, se inclinó con una reverencia ceremoniosa.

—Señorita Thistlewood. Qué puntualidad. Pase, por favor.

—Señor Ottley.

—Me alegro de que se acuerde de mí. —Una sonrisa untuosa—. Lord Ravenscar la espera arriba.

Imogen entró. Oyó a su espalda cómo se cerraba la puerta con tres cerrojos.

Siguió a Ottley por los mismos pasillos que había recorrido de noche con el corazón en la boca, ahora iluminados por faroles colgados a intervalos de las vigas, entre estantes cargados de fardos y barricas.

Había hombres apostados en cada esquina.

Los contó sin volver la cabeza: ocho, nueve, once.

Armados con pistolas, con cuchillos, con garrotes.

Ninguno la miraba directamente. Todos la seguían con el rabillo del ojo, con una atención de perros de presa.

Subieron por una escalera estrecha hasta el último piso.

El despacho de los administradores, una sala amplia de techo bajo y vigas negras, con una chimenea apagada, un escritorio de roble, estanterías de legajos y una ventana alta orientada al río, con los postigos abiertos para dejar entrar la última luz del día.

Había sido arreglado con una elegancia incongruente.

Sobre el escritorio ardían dos velas de cera.

En una mesa lateral había una bandeja con decantador, copas y un plato de bizcochos que nadie había tocado.

Y junto a la chimenea, atado de pies y manos a una silla de roble con una cuerda gruesa, con la peluca de Linneo torcida sobre una oreja y el frasco de especímenes todavía colgado del cuello, estaba lord Edmund Thistlewood.

—¡Imogen! —exclamó, con toda la alegría de una mañana de domingo—. Querida. Qué bien que hayas venido. Este caballero me ha ofrecido té, pero ha olvidado el azúcar.

—Padre.

Corrió hacia él. Un hombre le cortó el paso con el brazo, sin violencia, con lentitud, como una barrera.

Imogen se detuvo. Miró a su padre por encima de aquel brazo.

Tenía el rostro sucio, los ojos un poco enrojecidos y una magulladura reciente en la muñeca derecha, donde la cuerda le había rozado la piel.

Pero sonreía. En su sonrisa tímida, ligeramente desorientada, había una dignidad extraña, y a ella le dolió el pecho de una manera feroz.

—¿Te han hecho daño?

—Qué va. Un poco de frío en la carretera. Y me han tirado de la peluca. Pero he disfrutado mucho del viaje, la verdad. Hemos pasado por unos robledales con unos líquenes magníficos. El caballero de la cara cortada no me dejaba bajar a verlos.

—Lord Thistlewood —dijo una voz suave, desde el fondo de la sala—, es usted un hombre admirable.

Ravenscar estaba sentado tras el escritorio, con la espalda recta, los codos sobre los brazos del sillón y las manos entrelazadas ante el rostro.

Vestía una levita oscura de corte sobrio, sin joyas, sin adornos, y la luz de las velas le plateaba el cabello.

Parecía un banquero, un magistrado, un clérigo.

A su derecha, en pie, con una barba postiza ya ausente y un hematoma amarillento sobre el pómulo izquierdo, estaba sir Hugo Fenwick, con un chaleco amarillo canario recién estrenado.

A su izquierda, con los brazos cruzados y la cicatriz de la mejilla enrojecida, se apoyaba contra la pared el capitán Josiah Brant.

—Señorita Thistlewood —dijo el vizconde, incorporándose con una cortesía impecable—. Cuánto aprecio su puntualidad. Y qué valentía, venir sola. Siéntese, por favor. Ottley, una silla.

—Prefiero estar de pie.

—Como guste. —Ravenscar volvió a sentarse—. ¿Ha traído lo que le pedí?

—Primero suelte a mi padre.

—Me temo que no es así como funcionan estas cosas.

—Suéltelo.

—Imogen, querida —dijo lord Thistlewood, desde su silla, con suave reproche—. No seas descortés. Este caballero ha sido muy amable.

—Padre, te ha secuestrado.

—Con mucha educación.

Brant soltó una risita seca. Sir Hugo, a su lado, se llevó un pañuelo a la boca para ocultar una sonrisa.

Imogen, con los puños cerrados en los pliegues de la capa, respiró hondo.

Se acercó al escritorio con la bolsa de cuero al hombro y los ojos fijos en Ravenscar.

Notó cómo le latía el pulso en la garganta.

Notó el peso de la linterna roja contra la cadera.

—Aquí está la orden —dijo, y sacó la carpeta.

La depositó sobre el escritorio. Ravenscar la miró un instante sin tocarla. Luego, con una lentitud casi ceremonial, extendió una mano enguantada de blanco, la abrió y empezó a leer.

Fue el silencio más largo de la vida de Imogen.

Las velas chisporroteaban. En el fondo de la sala, uno de los hombres de Brant tosió.

Fuera, entre los mástiles, graznó una gaviota.

Imogen miraba el rostro del vizconde sin atreverse a respirar, buscando en él algún signo, un pliegue, un parpadeo.

No encontró nada. Ravenscar leyó la primera página, pasó a la segunda, leyó la tercera, y finalmente alzó la vista con una sonrisa tranquila.

—Excelente —dijo.

El corazón de Imogen dio un vuelco de alivio.

—Excelente trabajo —repitió el vizconde, y dejó los papeles sobre la mesa con delicadeza—.

Quien haya hecho esta copia merece un puesto en el Almirantazgo.

La caligrafía es casi perfecta. La rúbrica, impecable.

El lacre, una proeza, para un lacre de cera roja y una moneda de seis peniques. —Ladeó la cabeza—. Pero hay un detalle.

—¿Qué detalle? —preguntó Imogen, con la boca seca.

—La r de reservada. —Tocó la primera línea con la punta de un dedo—.

En mi letra, esa r se abre hacia abajo. Es un vicio que adquirí en la escuela, un maestro que me golpeaba los nudillos.

Quien escribió esto la abre hacia arriba, como un gancho, porque la ha copiado de la firma, donde la abro hacia arriba cuando estoy enfadado.

Y yo nunca me enfado cuando escribo órdenes reservadas. Me dan demasiado placer.

Imogen sintió que el mundo se le abría bajo los pies.

—No sé de qué habla.

—Claro que lo sabe. —Ravenscar se recostó en el sillón, con las manos sobre el regazo—.

Mi querida señorita, no se disguste. Era un intento muy digno.

Pero no esperaba que fuera a ser la verdadera.

No habría traído la original. Habría sido una temeridad, y usted es cualquier cosa menos una temeraria.

—Sonrió—. Es una mujer cuidadosa. Como su madre.

El nombre cayó sobre ella como un golpe.

—¿Conoció a mi madre?

—Hace mucho tiempo. —Se le oscureció un instante la mirada—. Pero no estamos aquí para hablar de ella. Brant, registre a la señorita.

—¿Qué...?

Brant se había separado de la pared. Era un hombre enorme, de manos como palas, que la agarró por los hombros con una brutalidad indiferente.

Imogen se debatió. Pateó, mordió, le clavó los dientes en la muñeca, y él ni siquiera parpadeó.

La sacudió una sola vez, con tanta fuerza que se le cayó la capucha y el pelo se le soltó sobre los hombros, y le arrancó la bolsa. La volcó sobre el escritorio.

Cayeron una navaja pequeña, un pañuelo, un lápiz, dos monedas y una linterna de cristal rojo.

—Vaya —dijo Ravenscar, con suavidad—. Una linterna roja.

—Es mía —dijo Imogen—. Para ver de noche.

—Una linterna roja. —Tomó el aparato con dos dedos y lo alzó a la luz de las velas, y el cristal proyectó un resplandor sangriento sobre su rostro—. Una señal. Para el río, imagino. O para alguien en tierra. —Miró a Imogen con una ternura casi paternal—. ¿Para quién, querida?

—Para nadie.

—Mentirosa. —Soltó una risita—. Qué bien. Tiene usted la misma expresión de su madre cuando mentía. Los ojos grandes, la barbilla alzada. Una mujer maravillosa, Clarissa. Una pena que escogiera a un naturalista.

—No hable de ella.

—Sir Hugo —dijo Ravenscar, sin alzar la voz—. Cierre los postigos.

Sir Hugo cruzó la sala con aire solemne, con el chaleco canario resplandeciendo, y cerró de un golpe los postigos de la ventana alta. La estancia quedó en la penumbra de las velas. Imogen cerró los ojos. Notó, con una desolación helada, que el plan acababa de hundirse.

—En cuanto a su amigo —continuó Ravenscar, volviendo a dejar la linterna sobre la mesa—, el capitán Kestrel, que desde hace una hora espera sobre nuestras cabezas, en la trampilla de carga del tejado, con un oficial cornuallés de gafas redondas, en la sospecha de que no lo hemos visto... Brant, ¿están ya los hombres?

—Han subido hace diez minutos, milord.

—Excelente.

Imogen abrió los ojos, horrorizada.

—No...

—No se preocupe, querida. No le pasará nada que no merezca.

—Ravenscar se levantó, alisó los puños de su traje y se acercó a la ventana.

Alzó la mano. En ese momento, desde el techo, llegó un golpe seco, un grito, el chasquido de una puerta de madera.

Otro golpe. Un disparo que sonó como un trueno sobre las cabezas.

Un largo silencio. Luego, el rumor de pasos, de forcejeos, de un cuerpo arrastrado por la escalera de mano.

—No —susurró Imogen—. No, no, no...

La puerta del despacho se abrió. Dos hombres corpulentos entraron arrastrando una figura sangrante, con las manos atadas a la espalda y la ropa desgarrada, que lanzaron al suelo con tanta violencia que se oyó el crujido de un hueso.

Detrás de ellos, dos más empujaban a un hombre flaco con las gafas rotas y una oreja ensangrentada, que gritaba con voz aguda que no se atrevieran a tocar a su capitán.

Gideon alzó la cabeza.

Tenía un corte profundo sobre la ceja derecha que le cegaba el ojo con un reguero rojo, y el labio partido, y los hombros temblando por el esfuerzo de levantarse.

Pero se levantó. Se puso en pie con las manos atadas, tambaleante, sin apartar la mirada de Ravenscar.

Un hombre le golpeó las corvas con una culata, y Gideon cayó de rodillas. Se mantuvo erguido.

—Capitán Kestrel —dijo Ravenscar, con voz cálida, la de un anfitrión que recibe a un viejo amigo—. Qué placer volver a verlo. Cinco años. Parece que la vida en el mar no le ha sentado mal.

—Thaddeus —dijo Gideon.

—Ya veo que no ha perdido la desfachatez. Excelente.

—Gideon —dijo Imogen, con la voz rota.

Él la miró. A través de la sangre que le cubría el ojo derecho, sus ojos plateados se clavaron en los de ella con una dulzura tan honda que a Imogen se le doblaron las rodillas.

—Estás bien —dijo él, con voz ronca—. Gracias a Dios.

—No me han hecho nada.

—Bien. —Sonrió con el labio partido—. Entonces todavía hay esperanza.

—Qué conmovedor —dijo sir Hugo, con una risita nasal—. Los tortolitos.

Gideon volvió despacio la cabeza hacia él.

—Hugo. Cómo me alegro. Tengo algo que decirle desde hace semanas.

—Ah, ¿sí?

—Que el amarillo canario no le sienta bien.

Hubo un instante de silencio perplejo. Brant soltó una carcajada breve y áspera, rápidamente sofocada. Sir Hugo se puso rojo hasta las orejas. Lord Thistlewood, desde su silla, dijo con aprobación:

—Muy bien dicho, señor Marsh. Un chaleco muy vulgar.

—¡Calle, viejo! —bramó sir Hugo.

—Lord Thistlewood tiene toda la razón —dijo Ravenscar, con los ojos brillantes de diversión—. Pero tenemos asuntos más serios. Capitán, la orden original.

—No la tengo aquí.

—Ya lo sé. Una persona precavida no lleva consigo sus mejores cartas.

Pero la tiene en algún sitio. En ese barquito suyo, tal vez.

O en casa de la viuda de Wapping que se la ha prestado para pasar la noche.

—Se acercó a él y se agachó con una elegancia felina para mirarlo a los ojos—.

No importa. Tengo tiempo. Y tengo, además, otras formas de persuasión.

Se incorporó. Miró a Imogen. Miró a lord Thistlewood. Miró a Gideon.

—Brant, a la bóveda nueve. Los tres. —Una pausa—. Y al oficial de las gafas también. Que reflexionen. Mañana, al amanecer, volveremos a conversar.

—¡Milord! —protestó Quill, con la voz aguda de la indignación—. ¡Soy primer oficial de la marina de Su Majestad!

—Lo era. Ahora es una molestia. —Ravenscar se volvió hacia la puerta—. Sir Hugo, acompáñeme. Quiero que revise las cuentas de la semana.

Salió con paso tranquilo, sin mirar atrás. Sir Hugo lo siguió, saltando de gozo con el chaleco canario. Ottley se retiró deslizándose, con una reverencia. En el umbral, Brant se volvió y miró a Gideon con una media sonrisa torcida.

—Seis disparos bien dirigidos —dijo en voz baja—. Lo vi desde el castillo de popa del Triton. Habría hundido mi barco, ¿verdad? Podía haberlo hecho.

—Podía.

—Pero no lo hizo. —Una sonrisa más ancha—. Su error, capitán.

Imogen sintió que dos manos la agarraban por los brazos y la empujaban hacia la escalera.

No se resistió. Vio cómo levantaban a su padre de la silla, todavía atado, con la peluca de Linneo ladeada y el frasco de especímenes golpeándole el pecho.

Vio cómo arrastraban a Quill. Vio cómo dos hombres sujetaban a Gideon por los brazos y lo ponían en pie, con la sangre goteándole por la mejilla.

Sus miradas se cruzaron una vez más en la escalera.

—Te lo prometí —dijo él, en voz muy baja—. Mil veces.

—Lo sé.

—Voy a cumplirlo.

—Lo sé —repitió ella, con los ojos llenos de lágrimas, y la puerta de la bóveda nueve se cerró tras ellos con un golpe seco que resonó por todo el almacén.