El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 13 #2
67%

Capítulo 13 #2

Anochecía sobre el Támesis. El agua era una lámina negra salpicada de farolas, con los mástiles del Pool dibujándose contra un cielo morado.

A lo lejos, en la orilla, las luces de Wapping parpadeaban como un enjambre de luciérnagas.

Imogen se apoyó en la barandilla. Notó una presencia a su espalda y, antes de volverse, supo quién era.

—Esta noche duermes en tierra —dijo Gideon.

—¿Perdón?

—En casa de la viuda Maggs. He avisado a Quill. Mañana es un día difícil, y no quiero que lo pases en una litera que se mueve.

—No me molesta que se mueva.

—A mí sí. —Se acercó. Tenía los ojos oscuros, fatigados—. Ven.

Bajaron a un bote. Gideon remó con el brazo bueno, despacio, con golpes largos y regulares que apenas rompían la quietud del agua.

Imogen, sentada a popa con las manos sobre las rodillas, lo miró remar a la luz de los faroles de la dársena y pensó que quería recordar aquello para siempre: el balanceo suave del bote, el rumor de las palas, el perfil de su cara iluminado a ratos por los reflejos, la camisa abierta en el cuello.

La viuda Maggs los esperaba con un candelero y la misma indiferencia gaviotesca de la primera vez. Los miró subir por la escalera angosta. No dijo nada. Cuando Gideon pasó junto a ella, le puso una moneda en la mano, y la mujer cerró los dedos sobre ella con un gesto de satisfacción.

—El muelle canta —recordó.

—Lo sé.

—Hay una manta más, en el arcón.

—Gracias.

—Y no rompan la jarra —dijo, y se alejó arrastrando las zapatillas.

El cuarto del desván estaba igual que cuatro días atrás: el catre de hierro, la colcha de retales, la ventana diminuta, la caja de madera con la vela.

Gideon cerró la puerta. Echó el pestillo.

Se quedó de pie junto a ella, sin tocarla, con las manos a los costados y los ojos clavados en el suelo. Imogen esperó.

—Tengo miedo —dijo él, al fin, con la voz muy baja.

—Lo sé.

—No de Ravenscar. No de Brant. Tengo miedo de lo que haré si te pasa algo.

—Alzó la vista—. He perdido muchas cosas en mi vida, Imogen.

Un barco. Un hombre al que quería como a un hermano.

Una carrera. Un nombre. Y sobreviví a todo.

Pero creo que si te pierdo a ti, no me quedaría nada con lo que sobrevivir.

Imogen cruzó la distancia que los separaba. Le puso las manos en las mejillas. Estaban ásperas, calientes, mal afeitadas.

—No me vas a perder.

—No puedes prometerlo.

—Claro que puedo. Soy tu navegante honoraria.

—Imogen...

—Soy implacable —dijo ella, con una sonrisa temblorosa—. Y tengo una enorme capacidad de supervivencia. He sobrevivido a seis temporadas londinenses. A sir Hugo. A los líquenes de mi padre.

Gideon se rió, de una manera quebrada, y apoyó la frente contra la suya. Ella cerró los ojos. Estuvieron así mucho rato, respirando el mismo aire, hasta que el temblor de él cesó y el suyo también.

—Quiero que esta noche sea lenta —murmuró él.

—Sí.

—Quiero acordarme de todo.

—Yo también.

La besó. Fue un beso distinto de todos los anteriores, sin prisa, sin hambre, de una dulzura casi dolorosa.

Imogen sintió que se le aflojaban las rodillas.

Gideon la sostuvo con los brazos. La llevó hasta el catre, que cantó su quejido habitual, y esta vez ninguno de los dos se rió.

La tendió sobre la colcha de retales. Se arrodilló junto a ella.

Le tomó el rostro con las dos manos y la miró durante tanto tiempo, con una atención tan honda y tan serena, que Imogen notó que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Quiero memorizarte —dijo—. Cada línea.

—Estoy llena de pecas.

—Son las mejores. —Le besó la nariz—. Hay una aquí. Y aquí. Y esta de aquí, tan chiquita, que casi no se ve.

—Las has contado.

—Cuatro veces. Tengo muchas noches de guardia.

Se desnudaron mutuamente, con una lentitud reverente, sin otra luz que la de la vela.

Gideon le desató la camisa de lino y se la quitó por la cabeza con una ternura exquisita.

Imogen le abrió la suya botón a botón, rozándole el pecho con los dedos.

Se tendieron uno frente a otro, desnudos, con las piernas enlazadas, mirándose a los ojos.

Gideon le recorrió el cuerpo con la mano, desde el hombro hasta la cadera, deteniéndose en cada curva, en cada hueco, como si se estuviera aprendiendo un mapa que ya conocía.

Ella hizo lo mismo. Le besó las cicatrices una a una.

La del costado. La del brazo, ya casi cerrada.

La de la garganta, larga y fina, que seguía sin saber cómo se había hecho.

—Me la hizo un sable de abordaje —dijo él, cuando ella la tocó con los labios—. En Argel. Tenía diecinueve años.

—¿Dolió?

—Mucho. Pero la mujer que me cosió la herida me dio un beso en la frente y me dijo que sería un hombre afortunado. —Sonrió—. No se equivocó.

Imogen lo besó donde estaba la cicatriz, y siguió bajando, y él cerró los ojos y soltó un suspiro largo.

Se tomaron el tiempo que nunca habían tenido.

Gideon la besó entera, despacio, empezando por los pies, subiendo por los tobillos, las rodillas, los muslos, donde se detuvo, hasta que ella tuvo que agarrarse a las sábanas y pedirle, con una voz que no reconoció, que no parara.

Lo hizo sin prisa, con una paciencia casi cruel, alternando la lengua con los dedos, llevándola al borde y retrocediendo, hasta que Imogen, con el cuerpo vibrando y los ojos nublados, le suplicó que subiera.

Gideon subió. Se colocó sobre ella, con los antebrazos a ambos lados de su cabeza y el pelo cayéndole sobre la frente, y la miró con una expresión que le recordó el momento en que había visto el mar por primera vez.

—Te quiero —dijo.

—Yo también.

—Voy a pedirte algo.

—Pídeme lo que quieras.

—Cuando esto termine... —Respiró hondo. Le temblaba la voz—. Cuando esto termine, si estamos vivos, si no estoy en una cárcel o colgado de un patíbulo, quiero que te cases conmigo.

Imogen abrió los ojos de par en par.

—Gideon...

—Soy un pirata. No tengo casa. Tengo un barco que no es mío, una tripulación de marineros medio locos y una cicatriz en la garganta.

Tu padre me odiará. Tu amiga Honoria querrá organizar la boda.

Y vas a tener que vivir con un hombre que no sabe usar un cubierto en condiciones.

—Tragó saliva—. Pero te quiero más que a mi vida.

Y no se me ocurre una manera más honesta de decirlo.

Imogen no pudo hablar. Notó que las lágrimas le corrían por las sienes hacia el pelo, calientes. Alzó las manos, le tomó la cara, y la voz le salió como un hilo:

—Sí.

—¿Sí?

—Sí. Sí, sí, sí. Mil veces sí. —Se rió entre sollozos—. Mi padre te adorará en cuanto sepa que tienes ideas propias sobre el liquen.

Gideon cerró los ojos. Una lágrima le cayó sobre la mejilla de ella.

La besó con una intensidad que le arrancó un gemido, y cuando por fin se hundió en su cuerpo, lentamente, hasta el fondo, los dos suspiraron al mismo tiempo, como si hubieran estado esperando aquello toda la vida.

Se movieron despacio. Con calma. Con los ojos abiertos, mirándose.

Imogen le rodeó el cuello con los brazos y las caderas con las piernas, y sintió cada empuje largo y profundo como una promesa.

Susurraron nombres, palabras sueltas, frases a medias.

Mía. Tuyo. Siempre. El catre cantó a su ritmo, un quejido monótono y dulce que a ella le pareció la música más hermosa que había oído.

Cuando la marea del placer la alcanzó, fue larga y silenciosa, un temblor que le subió desde los dedos de los pies hasta la nuca y se prolongó durante una eternidad, con el nombre de él en los labios y los ojos fijos en los suyos.

Gideon la siguió con un gemido ronco, sin dejar de mirarla, con una expresión de tal desnudez que ella supo que lo recordaría hasta el último día de su vida.

Después se quedaron abrazados, en silencio, con el rumor lejano de los barcos entrando por la ventana.

—Gideon.

—Dime.

—¿Cómo te llamas de verdad?

—Gideon Kestrel.

—Quiero decir el resto. Tu nombre completo.

—Gideon Thomas Kestrel —dijo él, después de un silencio—. Thomas por mi padre. Tom, de joven, para los amigos. —Respiró despacio—. Por eso lloré tanto cuando el grumete murió. Me llamaba igual.

Imogen le apretó la mano.

—Lo sé —susurró.

—Es una coincidencia estúpida.

—No es estúpida. Es lo que hace que lo quieras tanto.

Él no dijo nada. Pero la abrazó con más fuerza, y ella notó contra el cuello el roce húmedo de una lágrima que no quiso mencionar.

Durmieron poco. A la hora gris en que el cielo empieza a clarear, Gideon la despertó con un beso en la sien y le dijo, con la voz rasposa del sueño, que era la hora de ir a ver si Quill había falsificado una obra maestra.

—Cinco minutos más.

—Imogen.

—Tres.

—Vamos a estar vivos mañana —dijo él, abrazándola desde atrás—. Y pasado mañana. Y el otro. Y dentro de cuarenta años estaremos en una casa pequeña de la costa, discutiendo sobre el estante de zoología.

—Prométemelo.

—Lo prometo.

—Mil veces.

—Mil veces —dijo él, y le besó el hombro desnudo, y salieron juntos del cuarto bajo la mirada gaviotesca de la viuda Maggs, que no dijo ni una palabra sobre el estado de las sábanas.