Capítulo 13
La doncella se llamaba Betsy Cobb, tenía diecinueve años, las mejillas sonrosadas y un talento extraordinario para no hacerse notar.
Fue Imogen quien dio con ella, y le llevó casi una hora de dar vueltas a la cuestión en la cámara de la Alondra, con la nota de Ravenscar abierta sobre la mesa de cartas y la vista fija en los mapas que Gideon había vuelto a colocar en su sitio.
Nadie había hablado durante un buen rato.
Honoria, envuelta en una manta, con los pies metidos en una palangana de agua caliente que Mulligan le había traído con un cuidado reverencial, bebía su segundo vaso de ron con las manos temblando todavía.
Quill estudiaba el papel con las gafas pegadas a la nariz.
Hobb, de pie junto a la puerta, se rascaba la barba con una expresión funesta.
Y Gideon se había quedado inmóvil junto a la ventana de popa, de espaldas, con las manos cruzadas tras la espalda y los hombros duros como la piedra.
—Estantería de zoología —dijo Imogen de pronto.
Todos la miraron.
—Ravenscar lo dijo durante el baile. Que mi padre podría haber puesto algo en la estantería de zoología sin darse cuenta.
—Se llevó una mano a la frente—. Lo recordé anoche, mientras me dormía, y no le di importancia.
Pero es imposible que él lo supiera. Nadie lo sabe.
Yo solo se lo dije a Gideon el segundo día, cuando le reproché que mezclaba los atlas con los pájaros. Y a nadie más.
—¿Estaba alguien presente? —preguntó Quill.
—Mrs. Pennywhistle entró con el té un momento después. Pero ella es... —Se detuvo—. No. Mrs. Pennywhistle no. Y mi padre estaba al otro lado de la sala. Y la doncella...
Calló.
—La doncella —repitió Gideon, volviéndose despacio.
—Betsy Cobb. Viene dos veces por semana desde hace un año. Es callada. Trabaja bien. Limpia la biblioteca los martes y los viernes. —Imogen alzó los ojos—. Los atlas africanos. El día que Gideon los puso junto a los pájaros. Ella los vio. Y los volvió a mover.
—Y se lo contó a alguien —dijo Honoria, con la voz tomada por el ron.
—A sir Hugo. Hace un año que sir Hugo viene a casa. Él le pagaba. Él le dio el recado para que mirara lo que había en las cajas. —Imogen cerró los puños sobre la mesa—. Dios mío. Ha estado en mi casa desde el primer día. Ha visto a Gideon en el desván. Ha visto las cajas. Ha visto a mi padre...
—No ha visto el libro —dijo Gideon, con calma—. Lo habrías notado.
—No. El libro estaba debajo de mi colchón, y mi cuarto lo limpio yo misma.
—Entonces no sabe nada de la orden, ni de las pruebas. Sabe quién somos. Sabe dónde dormimos. Sabe lo que hemos hablado en la biblioteca. —Una sombra le pasó por el rostro—. Y sabe lo otro.
Imogen le sostuvo la mirada. Notó que le subía un calor ardiente a las mejillas, a su pesar. Hobb carraspeó con mucha atención, Quill se concentró en una mancha de la mesa y Honoria, con los pies en remojo, soltó un hipido de curiosidad que enseguida reprimió con una tos.
—No importa —dijo Imogen—. Eso no lo usará contra nosotros.
—Lo usará contra ti.
—Que lo intente.
La nota de Ravenscar seguía sobre la mesa, con su caligrafía larga y elegante. Gideon la tomó con dos dedos, la leyó por tercera vez, y la dejó caer con una calma que a Imogen le pareció más peligrosa que cualquier arrebato.
—Es una trampa —dijo.
—Evidente —dijo Quill.
—Sabe que yo estoy aquí. Sabe que iré con ella. Esperará que vaya con ella. —Se pasó la mano por el pelo—. Quiere la orden y quiere a Kestrel. Dos pájaros de un tiro.
—Entonces no vayas —dijo Imogen.
—¿Qué?
—Yo iré sola. Como pide. Con la orden. —Abrió la mano—. O, mejor dicho, con una copia.
Hubo un silencio. Quill alzó la cabeza de golpe.
—¿Una copia?
—Ambrose, ¿usted es capaz de reproducir una letra?
—Yo... —El primer oficial se ruborizó hasta la raíz del pelo—. Bueno. Es cierto que durante mi juventud, antes de ingresar en la Armada, pasé una temporada con un... un notario de Truro. Un hombre de escasa moral. Y aprendí una serie de... técnicas.
—Falsificaba firmas.
—Era un oficio honesto, en cierto sentido.
—Ambrose —dijo Gideon, entre la incredulidad y el respeto—. Llevas nueve años conmigo y nunca me lo habías dicho.
—Nadie me lo había pedido, capitán.
—¿Puedes copiar esta orden? La caligrafía de Ravenscar, la rúbrica, el sello de lacre...
—El lacre no, pero con cera roja y una moneda del tamaño adecuado puedo lograr una apariencia aceptable. La letra... —Se acercó la carpeta de cuero y la examinó con ojo crítico—. Tiene unas ligaduras muy particulares. Una r que se abre hacia arriba como un gancho. Dos horas. Tal vez tres.
—Hazlo.
—Pero él lo notará —dijo Honoria, que había alzado un pie de la palangana—. Es su propia letra. Si la tiene en las manos...
—Si la tiene en las manos —dijo Imogen—, será porque yo se la habré entregado primero. Y para entonces ya estará todo ocurriendo.
—¿El qué?
Imogen miró a Gideon. Él la miró a ella. Fue una mirada larga, en la que ambos parecieron ponerse de acuerdo sin necesidad de hablar.
—Pip —dijo Gideon.
—¿Capitán? —El grumete, que estaba en cuclillas junto al cabrestante comiéndose una galleta, alzó la cabeza.
—Tienes que llevarle un mensaje al señor Fairweather. En mano. Sin que nadie te siga.
—Sí, capitán.
—Dile que mañana, a las siete de la tarde, esté en las escaleras de Wapping con tres alguaciles de Bow Street, los más honrados que encuentre. Y que si ve una lámpara roja en la ventana alta del almacén de Pryce y Ottley, entre. Y que no se asuste del ruido.
—¿Qué ruido, capitán?
—Hobb —dijo Gideon, volviéndose hacia el bosun con una media sonrisa—. ¿Desde aquí alcanzamos el almacén?
Hobb alzó la cabeza. En su cara arrugada, de pronto, se encendió una luz de pura alegría.
—Por quinientos diablos, capitán. A trescientas yardas. Con la culebrina de proa y un poco de viento de través.
—¿Y si te pido un solo disparo?
—Un solo disparo —repitió el bosun, saboreando cada sílaba, con los ojos brillantes como los de un niño ante un pastel—. Capitán, hace tres años que no me deja usted disparar nada que no sea un saludo.
—Un solo disparo —dijo Gideon—. En la pared lateral, tres pies por encima de la línea del tejado. Si tiro del cordón de la lámpara roja, tú entiendes la señal. No antes.
—No antes.
—Y no a la gente.
—Capitán, soy un artista, no un carnicero.
Imogen se volvió hacia Gideon. Le puso la mano en el brazo.
—Dime que no estás pensando en entrar por el tejado.
—Estoy pensando en entrar por el tejado.
—Gideon...
—Tú no vas a ir sola, Imogen. Ni aunque Dios baje a pedírmelo.
Quill y yo entraremos por la trampilla de carga, la misma por donde salimos.
Cuando tú estés dentro, hablando con Ravenscar, nosotros estaremos ya sobre vuestras cabezas.
Si algo sale mal, bajaremos. Si algo sale bien, dejaremos que el vizconde se cuelgue solo.
—¿Y mi padre?
—Tu padre saldrá con nosotros.
Ella tragó saliva. Notó que le temblaba la barbilla, y que él lo notaba, y que no le importaba.
—Es un plan muy malo —dijo.
—Es el único que tenemos.
—Prefiero los míos.
—Tus planes terminan siempre con alguien tirado en una fuente.
—Esos son los mejores —dijo Imogen, y le salió una sonrisa floja, tambaleante, que contagió a Honoria y a Hobb y a Pip, que no entendía nada pero se alegraba de que todos se alegraran.
Pasaron las horas siguientes en un ajetreo febril.
Quill se encerró en el camarote con una vela, tres plumas, un frasco de tinta y un puñado de pergaminos viejos, y de vez en cuando se oía el roce afilado de una pluma sobre el papel y un murmullo de maldiciones cornuallesas.
Hobb pasó la tarde puliendo la culebrina de proa con un trapo y una devoción casi amorosa.
Honoria, secada, vestida con una camisola de Pip y unos calzones de lona que le llegaban a las rodillas, se instaló en la cocina junto a Mulligan, que le preparó un caldo con tanta ternura que ella le dijo, con los ojos húmedos, que se casaría con él si no estuviera ya la viuda del mar.
Imogen escribió una carta para su padre.
La rompió. Escribió otra. La rompió también.
A la cuarta, la guardó en el bolsillo y salió a cubierta a mirar el río.
Honoria la encontró allí, con los codos sobre la barandilla y la carta rota hecha un puñado de papel en el bolsillo.
—Tienes cara de despedida —dijo, plantándose a su lado con la manta sobre los hombros y un vaso de ron que no había soltado desde la tarde.
—No es una despedida.
—Entonces ¿qué es?
—Un ensayo. —Imogen tragó saliva—. Escribí una carta para mi padre, por si acaso. Y no he sido capaz de terminarla.
Honoria dejó el vaso sobre la barandilla. Le tomó las dos manos y se las apretó con una fuerza que hizo que Imogen la mirara.
—Escúchame, Imogen Thistlewood. Llevo ocho años siendo tu amiga.
Te he visto rechazar a catorce pretendientes, esconderte detrás de nueve columnas y mentirme a la cara una vez en seis años, hace tres semanas, sobre un hombre en una terraza.
—Sonrió con los ojos húmedos—. No te he visto rendirte nunca. Y no voy a empezar mañana.
—No me rindo. Tengo miedo.
—Eso es otra cosa. Tener miedo es lo que hacen los valientes cuando todavía no han empezado.
—¿Eso lo has leído?
—Lo acabo de inventar. —Honoria se sorbió la nariz—. Es bastante bueno, ¿verdad? Cuando todo esto termine, voy a escribir una novela.
Imogen se echó a reír. La abrazó con tanta fuerza que a Honoria se le cayó la manta.
—Prométeme algo —dijo Honoria contra su hombro—. Que cuando te cases con él, porque os vais a casar, no me mires así, se os nota desde Gravesend, me dejarás organizar el banquete.
—Te lo prometo.
—Y que habrá pastel de tres pisos.
—De cuatro.
—Y que invitaremos a sir Hugo para verlo mirar desde la ventana de una celda.
—Honoria.
—Es una broma. —Una pausa—. Más o menos.