El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Él obedeció. La sentó sobre el borde de la mesa, entre mapas y compases que cayeron al suelo con estrépito, y le bajó los pantalones de lona con una brusquedad impaciente.

Imogen se echó hacia atrás sobre los codos, jadeante, con el pelo suelto y el pecho agitado.

Gideon se arrodilló delante de ella. Le sujetó las caderas con las manos.

La besó con una furia deliciosa, recorriéndola con la lengua, con los labios, con los dientes, sin tregua, sin piedad, mientras ella se agarraba al borde de la mesa y gritaba su nombre sin cuidarse de que los marineros pudieran oírla.

Fue rápido. Fue brutal. Un estallido de placer tan violento que le nubló la vista y le dobló las rodillas, y apenas había terminado de temblar cuando él se incorporó, se desabrochó los pantalones y la penetró de una sola embestida profunda que la hizo arquearse con un gemido.

—Imogen —dijo, con la frente apoyada en la suya—. Mírame.

Lo miró.

Se movió dentro de ella con fuerza, con un ritmo cada vez más rápido, sosteniéndole los muslos con las manos.

Ella se aferró a sus hombros, a su cuello, a su pelo.

Sintió la mesa moverse bajo ellos. Sintió el crujido de la madera, el golpeteo de un compás que seguía cayendo al suelo, el barco meciéndose en la oscuridad.

Sintió cómo la tensión le volvía a subir por el vientre con una violencia asombrosa.

Gritó. Se contrajo en torno a él en espasmos largos y profundos, y Gideon, con un rugido sordo, se hundió una última vez, estremeciéndose, y se quedó inmóvil contra ella, con la cara hundida en su cuello y los brazos temblando.

Se quedaron así mucho rato, jadeantes, empapados, abrazados a la luz tenue de la lámpara de aceite. Cuando por fin Imogen consiguió hablar, lo hizo con una voz tan débil que apenas la reconoció.

—Creo que el capitán ha dejado un par de mapas en el suelo.

—Se pueden reponer.

—Hay uno de las Azores muy bonito.

—Lo reharé de memoria.

—Eres un hombre peligroso, Gideon Kestrel.

—Y tú una mujer imposible —dijo él, con una sonrisa cansada—. Gracias a Dios.

Remontaron el Támesis dos días más tarde, a media tarde, con la marea a favor y una niebla plomiza que se pegaba a las orillas.

Gideon había decidido anclar la Alondra frente a Wapping, a poca distancia de las escaleras donde meses atrás había desembarcado con Imogen disfrazada de grumete.

Mandó a Pip a tierra con un recado para el diputado Fairweather.

Esperaría su respuesta a bordo, con las pruebas custodiadas en la caja del barco y la orden de Ravenscar sobre el pecho.

Estaban en cubierta, junto a la barandilla, contemplando los mástiles del Pool que se levantaban sobre el agua como un bosque dormido, cuando Hobb, que estaba de guardia, soltó un grito.

—¡Capitán! ¡Un bote!

Era un esquife pequeño, de remos cortos, que se acercaba a la Alondra a toda velocidad, empujado por un viejo barquero que remaba con los dientes apretados.

En la popa, de pie, con una capa sucia y una cofia torcida sobre un pelo rubio revuelto, haciendo señales con ambos brazos, venía una mujer cubierta de barro y plumas de ganso.

—Dios mío —susurró Imogen.

—¿Esa es...?

—Honoria.

El esquife atracó contra el costado con un golpe seco.

Honoria Blythe trepó por la escala de gato con las faldas enganchadas, el moño caído, un arañazo en la mejilla y un trozo de pluma blanca prendido en la oreja, y se desplomó sobre la cubierta jadeando como un fuelle.

Imogen corrió hacia ella y se arrodilló a su lado.

—Honoria, ¿qué...? ¿Cómo has...? ¿Dónde está mi padre?

Su amiga alzó la cabeza. Tenía los ojos rojos, desorbitados, llenos de lágrimas, y la voz le salió en un graznido ronco.

—Lo han cogido.

—¿Qué?

—Anoche. Llegaron a casa de la tía Edith con seis hombres armados.

Los gansos... los gansos se les lanzaron al cuello, pero eran demasiados.

Se lo llevaron en un coche negro con el frasco de especímenes al cuello, gritando que se le caía la peluca.

—Se le quebró la voz—. Yo me escondí en el estanque.

Estuve cuatro horas con el agua al cuello entre las algas, Imogen.

Cuatro horas. Después robé un caballo, y luego...

—Respira —dijo Gideon, arrodillándose a su otro lado con la cara blanca.

—Dejaron esto —dijo Honoria, rebuscando en el corpiño con dedos temblorosos—. Un hombre me lo dio antes de irse. Me dijo que se lo entregara a ti. En mano.

Sacó un papel doblado, cerrado con un sello de lacre rojo. Imogen lo tomó. Notó que le temblaban las manos. Rompió el sello, desplegó la hoja y leyó, en una letra larga y elegante que ya había visto al pie de cuarenta y dos vidas:

Mi querida señorita Thistlewood: Su padre goza de mi hospitalidad y está perfectamente.

Le pido que no se inquiete. Mañana, a la caída de la tarde, en el almacén de Pryce y Ottley, tendremos oportunidad de intercambiar ciertos papeles por cierto naturalista.

Venga sola. Traiga la orden que mi amigo Marsh tuvo la amabilidad de tomar prestada.

Y por favor, no avise a las autoridades.

Los líquenes de lord Thistlewood nunca me han inspirado tanta ternura como esta tarde. Suyo, Ravenscar.

Imogen levantó la vista.

Gideon, a su lado, había leído el papel por encima de su hombro. Tenía el rostro cerrado, la mandíbula tan apretada que se le marcaban los tendones del cuello. Sus ojos plateados, fijos en la hoja, se habían vuelto del color de un cuchillo.