El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 12 #2
61%

Capítulo 12 #2

—Podríamos... —Imogen vaciló. Lo miró. Vio los nudillos blancos sobre la barandilla, la mandíbula tensa, la mirada fija.

Comprendió lo que él tenía ante los ojos: cinco años de odio, de cenizas, de Tom muriendo en sus brazos, y el hombre que había dado la orden de fuego inmóvil a un cable de sus cañones.

—Gideon.

—Podría hundirlo —dijo él, sin voz—. Seis disparos bien dirigidos a la línea de flotación y el Triton no volvería a ver la pleamar.

—Lo sé.

—Treinta y ocho cañones. Doscientos hombres. —La voz se le quebró—. Me quitaron a todos. Me quitaron a Tom. A los cuarenta y dos...

—Lo sé.

—Imogen...

—No son ellos —dijo ella, con mucha suavidad, poniendo la mano sobre la suya—.

No son los doscientos hombres. Son cuatro.

Brant, Ravenscar, Hugo, Ottley. Los otros solo cumplían órdenes.

Hombres como los tuyos, Gideon, con madres en Portsmouth y cartas en el bolsillo.

—Le apretó los dedos—. No los hundas. Hazlos caer de otra manera.

Con el libro. Con las pruebas. Con la ley. Eso es lo que Tom habría querido.

Gideon cerró los ojos.

Pasó un largo instante. Detrás de ellos, la tripulación, que había percibido el cambio, se fue quedando en silencio. Hobb, con una mano en la boca, se alejó de puntillas.

—Tom habría querido que hundiera ese barco —dijo Gideon al fin, con voz ronca—. Era un muchacho vengativo.

—Tom escribió que debíais callar hasta tener pruebas.

Gideon abrió los ojos. La miró. Vio la cinta de Mulligan en la trenza, las pecas en la nariz, la sal en las pestañas, los labios agrietados por el viento. Le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Eres demasiado buena para mí —murmuró.

—Soy una estadística.

Rió, a su pesar. Después, muy despacio, soltó la barandilla, alzó la voz y dijo:

—Hobb. Ruta al Támesis. Vamos a casa.

—¿No vamos a hundirlo, capitán? —preguntó el bosun, con un hilo de esperanza.

—No.

—Qué desperdicio.

—Es un barco muy bonito —dijo Gideon, mirando por última vez al Triton escorado sobre su banco de arena—. Que se quede ahí a pensar en sus pecados.

Antes de levar el ancla definitivamente hubo, sin embargo, un momento que Imogen guardaría siempre entre sus recuerdos favoritos.

Fue Quill quien lo provocó. Se acercó a ella en la cubierta con las gafas torcidas, el libro de poemas apretado contra el pecho y un rubor que le llegaba hasta las orejas.

—Señorita Thistlewood.

—Dígame, señor Quill.

—Quería decirle... —Carraspeó—. Que yo llevo con el capitán desde hace nueve años.

Que lo vi perder a sus hombres, a su barco, a su nombre.

Que lo vi pasar cinco años sin reír una sola vez.

Y que desde que usted llegó... —Se interrumpió, tragó saliva, se ajustó las gafas—. Bueno. Ha vuelto a reír. Eso es todo.

Imogen, con un nudo en la garganta, le tomó las manos largas y flacas.

—Gracias, Ambrose.

—No me dé las gracias. —Quill sonrió, con los ojos húmedos tras los cristales—. Es el mayor favor que me han hecho nunca. Una vez le hice un poema a un compañero que había muerto. Era malísimo. Pero esto —alzó el libro— lo escribió Wordsworth, y me parece que lo diría mucho mejor que yo.

—¿Quiere leérmelo?

—Prefiero no. Me temblaría la voz. —Le puso el libro en las manos—. Léalo cuando esté sola. Página treinta y cuatro. Le gustará.

Se alejó dando zancadas largas, con prisa, temiendo arrepentirse, y desapareció escaleras abajo. Imogen abrió el libro por la página treinta y cuatro y leyó, a la luz del último sol, tres estrofas que le humedecieron los ojos. Cerró el volumen. Se lo apretó contra el pecho. Miró el mar.

Cuarenta y dos, pensó. Y Tom. Y los que quedan. Y supo, con una certeza serena, que fuera cual fuese el final de la historia, no se arrepentiría nunca de haber bajado aquella noche a la biblioteca con un atizador.

Fondearon al anochecer en un recodo tranquilo de la costa de Sheppey, protegidos por un cabo bajo, con la Alondra balanceándose suavemente sobre su ancla y la luna naciendo sobre un mar de aceite.

La tripulación celebró la victoria con ron y concertina, con un baile improvisado en cubierta que Hobb dirigió con una agilidad inesperada y que Quill acompañó con una balada de su cosecha, afortunadamente breve.

Imogen bailó con Pip, con Mulligan, con el carpintero de pelo blanco, con los gemelos, con cualquiera que se lo pidiera, y rió hasta que le dolieron las costillas.

Cuando por fin se retiró, a eso de las once, con los pies doloridos y el pelo desmadejado, Gideon la esperaba en la puerta de la cámara.

No dijo nada. La tomó de la mano y la hizo entrar y cerró la puerta tras ellos, y Imogen, que había llegado sonriendo, notó que algo en su cara la hacía callar.

—Gideon...

—Esta tarde —dijo él, con voz ronca, empujándola con suavidad contra la madera de la puerta—. Cuando el Triton disparó. Cuando vi caer la primera bala a cincuenta metros de ti.

—Estaba bien.

—Creí que moría.

—No me ha pasado nada.

—Creí que moría, y que yo iba a vivir. —Le puso las manos a ambos lados de la cabeza—. No vuelvas a hacerme eso.

—Soy tu navegante honorífica.

—Eres mi vida —dijo, con una desesperación tan desnuda que a ella se le encogió el corazón—. Eres la única cosa que me queda en el mundo.

Imogen le agarró la camisa con ambas manos y tiró de él.

Se besaron como si el mundo se acabara. No hubo calma en este beso, ni ternura, ni preludio.

Hubo hambre, y miedo todavía vivo, y la urgencia ciega de los cuerpos que han estado a punto de perderse.

Gideon la levantó contra la puerta, y ella se aferró a él con las piernas, y él le arrancó la camisa de un tirón, con tanta prisa que los botones saltaron por el suelo y rodaron bajo la mesa.

Imogen le mordió el cuello. Le rasgó la camisa.

Descubrió la piel de su pecho, hirviendo, empapada de sudor y de sal, y le pasó la lengua por la clavícula con una ferocidad que le arrancó un grito ronco.

—Aquí —jadeó, señalándole la mesa de las cartas—. Ahora. No puedo esperar.