El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

La vela apareció en el horizonte cuando Imogen enseñaba a Pip a calcular una latitud con el sextante.

Habían pasado dos días en el mar. Dos días de viento franco y cielo limpio, de cubierta bañada en sol y de olas largas que levantaban la proa y la dejaban caer con un suspiro de espuma.

Imogen había cambiado el vestido de seda arrugado por unos pantalones de lona, una camisa de Gideon que le llegaba a las rodillas y un pañuelo atado al cuello, y el sol le había salpicado la nariz de pecas.

Estaba descalza. Tenía las manos llenas de ampollas de tirar cabos, el pelo trenzado a la espalda con una cinta de Mulligan y un hambre feroz a todas horas.

No recordaba haber sido nunca tan feliz.

—Ahora baje el sol hasta tocar el horizonte —decía—. No, Pip, no tanto. Así. Y lea la escala.

—Treinta y siete grados, cuarenta minutos, señorita.

—¿Y qué hora marca el cronómetro?

—Las doce y... y... —El muchacho frunció la nariz rota—. Y once.

—Perfecto. Ahora las tablas.

—Qué lista es usted, señorita.

—No soy lista, Pip. Soy aburrida. Es distinto.

Fue la voz del vigía, desde la cofa del trinquete, la que rompió la tranquilidad del mediodía.

—¡Vela a popa! ¡Por la amura de estribor!

Imogen alzó los ojos. Al principio no vio nada.

Después, en el borde mismo del cielo, una pequeña mancha blanca se recortaba contra la bruma, tan diminuta que parecía una espuma de ola.

Gideon, que estaba en el alcázar con el catalejo en la mano, no se movió.

Pero ella vio cómo se le enderezaba la espalda, cómo apretaba el instrumento, cómo la tensión le recorría los hombros.

—¿Qué es? —preguntó.

—Una fragata. —Bajó el catalejo muy despacio—. Treinta y ocho cañones. Aparejo de tres mástiles, casco negro, una franja dorada en el costado. —Le tendió el instrumento sin mirarla—. Mira tú misma.

Imogen miró. El mundo se redujo a un círculo de bronce en el que flotaba un barco enorme, esbelto, imponente, con un velamen blanco como la nieve y la proa cortando el agua con una violencia silenciosa.

En el mástil mayor ondeaba un pabellón blanco con la cruz de San Jorge.

En la proa había una figura tallada: un hombre con tridente y barba, cabalgando sobre una ola de madera.

—Triton —dijo Gideon.

—Brant.

—Sí.

—¿Cómo nos ha encontrado?

—Ravenscar tiene ojos en todas partes. —Gideon se pasó la mano por la cara—. Hobb. Todos a sus puestos. Zafarrancho de combate.

—¡Zafarrancho! —rugió el bosun, y la cubierta entera estalló en movimiento.

Imogen se quedó clavada junto al sextante, con el catalejo todavía en la mano y el estómago hecho una bola helada.

Vio a los hombres correr, a los gemelos tatuados abrir las portas, al carpintero preparar los tapones, a Mulligan salir de la cocina con un sombrero de lata en la cabeza y una expresión de espanto.

Vio a Pip, blanco como la cera, aferrado al sextante como si fuera un talismán.

Vio a Quill, con las gafas bien sujetas por una cinta, recitar entre dientes algo que se parecía a una oración.

Y vio a Gideon, de pie en el alcázar, con el viento agitándole el pelo, cambiar ante sus ojos.

Los hombros se le endurecieron. La mirada se le volvió tan clara y tan fría que a ella se le erizó la piel.

Ya no era el hombre que reía en el desván de una viuda. Era el capitán de la Alondra.

—Imogen —dijo, sin volverse—. Baja al sollado. Ahora mismo.

—No.

—No te lo estoy pidiendo.

—Lo sé. Pero no. —Se acercó a él con las manos temblorosas y la voz firme—. El Triton tiene el doble de cañones que nosotros. Nos alcanzará antes de la noche si corremos en línea recta. Pero hay otra manera.

—¿Cuál?

—Volver.

—¿Volver adónde?

—Al estuario. Al banco del Nore. —Imogen señaló hacia el oeste—.

La marea está bajando. Dentro de tres horas habrá menos de cuatro brazas sobre el Middle Sand.

La Alondra calará dos y media con la carga actual.

El Triton, una fragata de treinta y ocho, calará cuatro y media como poco.

Si la carta de Brant es la de 1768, el capitán creerá que hay paso libre por el canal norte.

Pero no lo hay. El banco llega media milla más allá.

Gideon se volvió y la miró.

—Es una locura.

—Es un cálculo.

—Si te equivocas por un cuarto de milla, encallamos nosotros.

—No me equivoco.

—Imogen...

—Hace tres años leí esa corrección en el margen de la carta de mi padre.

La he repasado cinco veces desde entonces.

Lo he calculado en la cabeza esta mañana, cuando he visto las tablas de marea.

—Respiró hondo—. Me pediste que te obedeciera en todo lo referente a mi seguridad.

No me pediste que no te corrigiera en algo en lo que soy la única especialista de este barco.

Gideon la miró durante un largo segundo. Alrededor, los hombres esperaban con el aliento contenido. El Triton se agrandaba a cada minuto. Se oyó, apenas, un cañonazo de aviso, un trueno lejano que hizo estremecerse el aire.

—Quill —dijo Gideon, sin apartar los ojos de ella—. Trae la carta del Nore.

—¿Capitán?

—Hobb, orza dos cuartas. Vamos a volver al estuario.

—¿Qué? —El bosun lo miró como si le hubiera pedido que se tirara por la borda—. Capitán, es suicidio.

—Es la señorita Thistlewood —dijo Gideon—. Y la señorita Thistlewood nunca discute sin motivo.

Hubo un instante de silencio. Después Hobb escupió sobre la cubierta, se ajustó el pañuelo rojo y gritó con una voz que habría despertado a un muerto:

—¡Orzar dos cuartas! ¡Todos a las brazas! ¡Pip, deja de mirar a la dama y corre!

Fue la tarde más larga de su vida.

La Alondra giró sobre su quilla con un crujido de maderas y una sacudida de lona, y puso proa al oeste, hacia la costa, mientras el Triton viraba a su vez para cortarle el camino.

Los dos barcos corrieron en paralelo durante una hora que a Imogen le pareció un año.

El mar rugía a ambos lados. Las olas rompían contra la proa y lanzaban cortinas de espuma sobre la cubierta.

Cuando el Triton estuvo a media milla, disparó la primera andanada.

Imogen vio un fogonazo, un humo blanco, y un segundo después el aire se llenó de un rugido atroz.

Las balas cayeron al agua a cincuenta metros, levantando enormes columnas de espuma.

—¡Corto! —gritó el vigía.

—¡Siguen acercándose! —bramó Hobb.

—Mantengan el rumbo —dijo Gideon, con una calma que a ella le pareció sobrehumana.

Imogen se plantó junto al timón con la carta del Nore abierta sobre un barril, la sonda en una mano y un compás en la otra, y se convirtió en la voz que guiaba el barco.

Cada pocos minutos un marinero lanzaba el escandallo y cantaba la profundidad.

Ella comparaba las sondas con la carta, marcaba la posición con una cruz de lápiz, corregía el rumbo.

«Seis brazas. Cinco y media. Cinco.» Fue una pesadilla de matemáticas y de miedo, con el corazón retumbándole en las sienes y la boca seca de sal, mientras el Triton disparaba una segunda andanada que arrancó parte de la borda de babor y dejó a un marinero con un corte en el brazo, y la Alondra respondió con sus cañones pequeños, que sonaban como petardos al lado del trueno de la fragata.

—Cuatro y media —cantó el marinero.

—Dos cuartas a estribor —dijo Imogen.

—Dos cuartas a estribor —repitió Gideon, y la Alondra se inclinó, cruzando el canal.

—Cuatro.

—Una más.

—Tres y media.

—Mantén. Mantén. Ahora.

—¡Tres! —gritó el marinero.

—¡Quill! —chilló Imogen—. ¡Que el Triton nos siga!

—¡Nos sigue, señorita! ¡Se ha metido en nuestra estela!

Se volvió. A trescientos metros, la enorme fragata de casco negro había virado para seguirlos, con las velas hinchadas y los cañones asomando por las portas, imponente, magnífica, sin sospechar nada.

Su proa cabalgaba sobre el agua gris verdosa del canal con un orgullo insolente.

Brant, desde el alcázar, un hombre ancho y gris con el sombrero de tres picos, hacía un gesto de victoria.

La Alondra, de calado ligero, pasó sobre la cresta del Middle Sand con un roce prolongado en la quilla, un siseo de arena mojada que le erizó el vello de los brazos.

Y el Triton, detrás, se detuvo en seco.

Fue un sonido que Imogen no olvidaría jamás.

No un estruendo, sino un gemido largo, hondo, de maderas torturadas, como si el casco entero gritara.

La fragata se inclinó hacia delante, con los mástiles temblando, las velas ondeando en desorden, los hombres lanzados en cubierta como muñecos.

La proa se levantó. El Triton quedó varado sobre el banco de arena con la quilla clavada en la cresta, escorado diez grados, inmóvil, enorme e inútil, a una distancia de un cable de la Alondra.

Un silencio absoluto cubrió la cubierta del barco pirata. Nadie se movió. Nadie respiró.

—Por todos los santos —susurró Quill.

Y entonces la tripulación entera de la Alondra estalló en un rugido de victoria.

Gritos, risas, gorros por el aire, hermanos gemelos abrazándose, Hobb saltando como un chiquillo y Mulligan llorando de alivio con el sombrero de lata en la mano.

Pip se echó en brazos de Imogen y la levantó del suelo.

Quill se quitó las gafas para limpiarse los ojos.

Gideon, en cambio, se quedó donde estaba, con las manos en la barandilla, mirando al barco varado con una expresión tan quieta que Imogen se acercó a él con la sonrisa ya apagándose.

—¿Gideon?

—Mira —dijo.

En la cubierta del Triton, a un cable de distancia, un hombre ancho y gris de sombrero de tres picos se había enderezado entre los restos de la confusión.

Se quedó inmóvil durante un momento. Luego alzó la cabeza y miró hacia la Alondra, y pareció a Imogen que sus ojos, a pesar de la distancia, se encontraban con los de Gideon.

—Brant —dijo Gideon, en voz baja.

—Está atrapado hasta la pleamar.

—Lo sé.