El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

Imogen le echó los brazos al cuello y lo besó.

Fue un beso que supo a sal, a lágrimas, a ron y a miedo y a algo más grande que todo eso.

Gideon la alzó en brazos con un gemido y la llevó, a oscuras, entre los muebles clavados al suelo, hasta la litera de popa, ancha y baja, cubierta con una manta de lana gruesa.

La depositó sobre ella con una delicadeza infinita.

El barco se balanceaba suavemente. El mar murmuraba bajo el casco.

Una luz verdosa y temblorosa entraba por la ventana y le dibujaba reflejos ondulantes en la piel.

—Te quiero —repitió Imogen, con la voz quebrada, mientras él le desabrochaba el vestido—. No sé si sé decirlo bien. Pero te quiero. Con tanta fuerza que me da miedo.

—A mí también.

—Me da miedo perderte.

—No vas a perderme.

—No lo prometas.

—Lo prometo —dijo él, y le besó el hombro desnudo—. Lo prometo mil veces.

Se desnudaron despacio, con una calma que no habían tenido nunca, descubriéndose sin prisa a la luz verde del mar.

Imogen recorrió con las manos el cuerpo de Gideon, las líneas de los hombros, la curva del vientre, los surcos de las cicatrices, que ya conocía de memoria y que seguía explorando con la misma reverencia que la primera vez.

Se detuvo en el vendaje del brazo, lo besó, y notó que él se estremecía.

Le tomó la mano y la llevó a su boca. Le besó la palma, las yemas, la muñeca.

Fue bajando con los labios por su pecho, por el abdomen duro y tenso, mientras la respiración de él se volvía más ruidosa, más entrecortada.

Cuando llegó al borde del vello oscuro, alzó la vista.

—Imogen —murmuró él, con la voz rota—. No tienes por qué...

—Quiero.

—Nunca lo has...

—Lo he leído.

—Otra vez los tratados.

—Hay uno muy completo en el estante de zoología.

Gideon soltó una carcajada que se le deshizo en un gemido cuando ella lo rodeó con los labios.

Fue torpe al principio. Descubrió que no sabía muy bien qué hacer con los dientes, que a veces era mejor usar la lengua, que la mano podía ayudar donde la boca no llegaba, y que cada pequeño error provocaba en él una reacción tan sincera, tan indefensa, que le daban ganas de reír y de llorar y de seguir equivocándose eternamente.

Aprendió rápido. Descubrió el ritmo que le arrancaba un suspiro profundo y la presión que le hacía arquear la espalda.

Descubrió que si lo miraba a los ojos mientras lo hacía, él se deshacía con un temblor enorme, y que su nombre dicho en un susurro desesperado la inflamaba a ella tanto como cualquier caricia.

Sintió las manos de él enredarse en su pelo, sin guiarla, sin forzarla, solo aferrándose a ella como a un ancla.

—Imogen —jadeó—. Si sigues... Dios... voy a...

Lo soltó con un último beso y se incorporó, con las mejillas ardiendo y los labios húmedos.

—Quiero que sea contigo dentro —dijo.

Él la miró con los ojos oscuros, brillantes, febriles. La tumbó de espaldas sobre la litera con un movimiento brusco y tierno a la vez, le separó las piernas con las manos y se detuvo, mirándola.

—Eres lo más hermoso que he visto nunca.

—Ya lo has dicho.

—Lo repetiré.

Se hundió en ella lentamente. Imogen arqueó la espalda con un jadeo largo.

El cuerpo de él, caliente, duro, la llenó hasta lo más hondo, y se quedó quieto, temblando, con la frente apoyada contra la suya, y ella sintió el balanceo suave del barco, el vaivén lento del mar, el ritmo profundo que parecía hecho para aquello.

Él empezó a moverse, y ella con él. Despacio.

Cada embestida, larga y profunda, seguía el ritmo de las olas, y cada ola parecía responder a los latidos de su corazón.

Imogen le rodeó la cintura con las piernas.

Le clavó las uñas en la espalda. Le susurró su nombre al oído, una y otra vez, mientras él le murmuraba palabras que no oía, que no entendía, que le llegaban a través de la piel: mi amor, mi vida, mía.

Subió despacio. La tensión que le crecía en el vientre era distinta de la de otras veces, más honda, más ancha, como una marea que se alzara desde muy lejos.

Gideon la miraba a los ojos. No dejó de mirarla ni un instante.

Cuando ella se rompió, con un grito sofocado contra su hombro, con todo el cuerpo sacudido por oleadas largas e interminables, él la siguió, con un gemido ronco, hundiendo el rostro en su cuello, aferrado a ella como a una tabla de salvación, y le temblaron los brazos y los muslos hasta que se derrumbó sobre ella sin aliento.

El mar siguió murmurando bajo la quilla. En la ventana de popa, la estela verde seguía encendiéndose y apagándose en la oscuridad.

—Gideon —dijo Imogen, después de un largo rato.

—Dime, mi amor.

—Creo que ya sé qué hay al otro lado de las líneas.

—¿Qué?

—Esto.

Él rió, bajito, y la abrazó contra su pecho, y le besó el pelo, y ninguno de los dos habló más. Se durmieron mecidos por el barco, enlazados bajo la manta de lana, con el resplandor del mar dibujando reflejos verdes sobre la piel de los dos.