Capítulo 11 #2
A media tarde Gideon la llevó al alcázar y le puso las manos sobre la rueda del timón.
—Ahora tú —dijo.
—¿Yo?
—Una navegante honoraria debe saber gobernar su barco.
—No es mi barco.
—Hoy sí.
Imogen cerró los dedos sobre los radios de madera pulida por décadas de manos ajenas.
La rueda vibraba. Era un ser vivo, tenso, que tiraba de ella hacia un lado y hacia el otro, y por un instante tuvo la certeza de que el barco entero la había estado esperando para poder, por fin, inclinarse a su voluntad.
Gideon se colocó detrás de ella. Le puso las manos sobre las suyas y su pecho le rozó la espalda.
—Siente el viento en la cara. Esa es tu brújula. Si te da en la mejilla izquierda, vas bien. Si te da en la nariz, vas mal.
—¿Y si me da en la oreja?
—Entonces estás bailando un vals.
—Qué marinero eres.
—Soy un hombre de ciencia —dijo él, con la boca tan cerca de su oído que ella sintió el aliento contra el cuello—. Aprendí a navegar leyendo sobre el vals.
Imogen se echó a reír. La Alondra viró un grado a babor, con una sacudida suave. Hobb, que pasaba por el pasamanos con un rollo de cabo al hombro, los miró con una ceja alzada y se alejó silbando, sin decir una palabra, con la discreción de los viejos lobos de mar.
Se oyó entonces un lamento largo, hondo, que procedía de la cocina.
—¿Qué es eso? —preguntó Imogen.
—Mulligan. —Gideon suspiró—. Lleva veintidós años en el mar y todavía se marea el primer día de cada travesía. No lo digas a nadie. Cree que es un secreto.
—Pobre hombre.
—Se le pasa en cuanto le dan de comer a alguien. Le calma.
Imogen frunció el ceño, soltó con reluctancia la rueda y bajó a la cocina, donde encontró al cocinero verde como una lechuga, sentado en un taburete con un barreño entre las rodillas y un cucharón en la mano, removiendo con desgana un caldero de guiso.
—Señor Mulligan.
—Señorita —gimió.
—Tengo hambre. ¿Podría enseñarme a hacer eso que huele tan bien?
Mulligan alzó la cabeza. El color le volvió a la cara de golpe.
—¿Quiere aprender?
—Con muchísimo interés.
—Pero es un guiso muy sencillo. Carne salada, galleta, cebolla...
—Me han dicho que usted le pone un secreto.
—Es verdad —dijo el cocinero, incorporándose, con los ojos de pronto brillantes—. Un secreto que no he contado a nadie en veintidós años. Acérquese, señorita.
Pasó una hora entera con él, aprendiendo a dorar la cebolla en grasa de tocino y a ablandar la carne con vinagre, y el hombre, olvidado el mareo, le contó la historia de su matrimonio con la viuda del mar y le explicó, con detalle, la técnica secreta para que la galleta no se deshiciera en el caldo.
El secreto era una cucharada de azúcar. Imogen prometió llevárselo a la tumba.
A medida que el día declinaba, la Alondra se internaba en el mar abierto.
La costa se hundió en el horizonte. El sol se puso detrás de ellos, tiñendo el cielo de naranja y violeta, y la superficie del agua se cubrió de un resplandor cobrizo que parecía ardiente.
Imogen cenó en la cámara con Gideon, Quill y Hobb, que se había transformado en el más ferviente de sus admiradores desde que supo que había corregido la carta del Nore, y que insistió en que probara una galleta marinera con ron, «para fortalecer el estómago», y le contó la historia de su pendiente de oro con todo detalle.
Después Quill, ruborizado y orgulloso, sacó un librito de poemas del bolsillo y recitó tres estrofas de una balada que no era de su cosecha, con voz emocionada y la mirada baja.
Pip se durmió con la cabeza sobre la mesa.
Mulligan se llevó los platos con pasos sigilosos.
A las diez, Hobb se levantó, bostezó, saludó con una inclinación de cabeza y se fue a hacer su guardia. Quill lo siguió, con una tos discreta.
Se quedaron solos en la cámara de popa, con la lámpara de aceite balanceándose de un gancho y el rumor del mar golpeando el casco.
—Ven —dijo Gideon, tendiéndole la mano—. Falta algo.
La llevó hasta la ventana de la galería de popa, un amplio ventanal abombado que se abría sobre la estela del barco, y apagó la lámpara de un soplo.
—Mira.
Al principio Imogen no vio nada. Solo una oscuridad inmensa, sin luna, y el murmullo del agua.
Después, poco a poco, sus ojos se fueron acostumbrando, y lo vio.
Detrás de la popa, a medida que el timón cortaba las olas y la quilla abría el agua, se extendía una larga estela de luz verde.
Un resplandor suave, fantasmal, que nacía de las profundidades y se esparcía en torbellinos, chispas diminutas que se encendían y se apagaban, como si el barco arrastrara tras de sí un trozo de cielo estrellado.
—Fosforescencia —susurró.
—Es plancton.
—Es la cosa más hermosa que he visto en mi vida.
—Esta mañana dijiste que lo más hermoso era el mar abierto.
—Lo era. Hasta ahora. —Se volvió hacia él, con los ojos brillantes de lágrimas—. Me dijiste que cambiaba. Pero no me dijiste que me iba a romper el corazón.
Gideon no contestó. La miró en la penumbra, iluminada desde abajo por el resplandor verdoso, con una intensidad tan grande que ella dejó de oír el mar. Alzó la mano. Le acarició la mejilla, el labio, la línea de la mandíbula, con una lentitud reverente.
—Te quiero —dijo.
Fueron dos palabras. Imogen las oyó como si hubieran sonado en otro idioma.
—Repítelo.
—Te quiero. —La voz le salió rota, ronca, desnuda—.
Te quiero desde que me apuntaste con un atizador.
Te quiero desde que te vi en esa terraza hablando sola de monstruos en los márgenes.
Te quiero con una desesperación que no tenía ni idea de que cabía en un hombre, y no sé si sé cómo hacerlo bien, pero voy a pasarme el resto de mi vida intentándolo.