El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 10 #2
50%

Capítulo 10 #2

—Querida —dijo lord Thistlewood, resplandeciente—. ¡Qué velada! ¡Qué velada tan extraordinaria! Jamás había visto una representación tan lograda. Ese incendio, con los farolillos, el pánico, la monja con el turco... Una pieza maestra del teatro social. ¿Quién la ha organizado?

—Lord Ravenscar, padre —dijo Imogen, subiendo al coche con las faldas arremangadas.

—¡Un hombre de genio! Debo felicitarlo mañana.

—Mañana, padre.

—¿Y el señor Marsh? —Lord Thistlewood miró a Gideon, que subía detrás de ella, con la camisa desgarrada, rasguños en los brazos y hojas de enredadera en el pelo—. ¡Muchacho! ¿Qué le ha pasado? Parece que lo hayan arrastrado por un seto.

—Un accidente con la decoración, milord.

—¡Qué mala suerte! Hay que tener cuidado con los arreglos florales. Una vez mi primo Archibald se cayó en un rosal y tuvieron que sacarlo con pinzas.

El coche arrancó con una sacudida que lanzó a todos hacia atrás. Quill saltó al pescante junto al cochero y dijo algo que sonó a «Gravesend». Honoria, con los ojos brillantes, se inclinó hacia delante y le agarró las manos a Imogen.

—Cuéntamelo todo.

—Después.

—Pero...

—Honoria. —Imogen miró de reojo a su padre, que había empezado a explicarle a Gideon la diferencia entre un liquen foliáceo y uno crustáceo—. Después.

El carruaje se alejó de Grosvenor Square envuelto en la bruma, por calles cada vez más oscuras y estrechas.

Gideon, sentado junto a la ventanilla, sacó con disimulo de entre la camisa la carpeta de cuero negro, la abrió sobre las rodillas y la inclinó hacia la luz de la farola que pasaba.

Imogen se acercó. Leyó por encima de su hombro con el estómago hecho un nudo: la orden reservada, la firma larga y elegante, y debajo, apretada y pomposa, la rúbrica del testigo.

Se llevó una mano a la boca.

—Hugo —susurró.

—Sí.

—Él lo sabía. Todo este tiempo. La deuda, las visitas, el matrimonio... —Se le quebró la voz—. Quería entrar en mi casa. Recuperar el lote. Y yo estuve a punto de... —No pudo terminar.

Gideon cerró la carpeta y le cubrió la mano con la suya.

—No ha ocurrido —dijo en voz muy baja—. Y no va a ocurrir.

—Le tiré a una fuente.

—Fue una obra maestra.

—Lo he disfrutado demasiado.

—Con razón.

Se rió contra su voluntad, con una risa temblorosa que se le atragantó en la garganta y se convirtió en algo parecido a un sollozo.

Gideon la rodeó con el brazo, con cuidado de que lord Thistlewood, absorto en su discurso sobre las algas, no lo viera.

Ella apoyó la cabeza en su hombro. Cerró los ojos.

Pararon una vez en una posada de las afueras de Londres.

Honoria y lord Thistlewood se apearon con una vela y una capa para tomar el camino de Kent, donde la tía Edith de Honoria, una anciana sorda y excéntrica que criaba gansos, había aceptado sin hacer preguntas, en una carta que Honoria había enviado dos días antes por precaución, albergar a lord Thistlewood «durante una temporada de reposo».

Lady Blythe, recobrada de su desmayo con ayuda de unas sales, volvería a Richmond en otro coche con un cuento sobre el tumulto de la fiesta.

—Padre —dijo Imogen, en el patio de la posada, bajo la luz de un farol que arrancaba destellos a la peluca de Linneo—. Tienes que quedarte en Kent hasta que yo te avise. Prométemelo.

—¿Por qué, querida? Yo creía que...

—Porque estás muy cansado. Y la tía Edith tiene unos gansos que te encantarán. Hay un estanque con unas algas muy raras.

—¿Algas? —Lord Thistlewood se animó—. ¿Dices que raras?

—Rarísimas.

—Entonces iré con mucho gusto. —La miró con una sonrisa tímida y ladeó la cabeza—. Tú no vienes.

—No.

—Tienes cosas que hacer.

—Sí.

—Con el señor Marsh.

Imogen abrió la boca. La cerró.

—Padre...

—No soy tan distraído como crees, querida.

—Lord Thistlewood le tomó la cara entre las manos, con una ternura que le anudó la garganta—.

Una vez conocí a una muchacha que también tenía una expresión así de decidida.

Se iba a casar con un hombre pobre y sin porvenir.

Su familia le dijo que se arrepentiría. Fue la mejor decisión de su vida.

—¿Y qué le ocurrió a esa muchacha?

—Que fue feliz. —Le besó la frente—. Ten cuidado. Y diles a Marsh, o como se llame, que si te hace daño me tendrá que ver con una lupa.

—Se lo diré, padre.

Lo vio subir al coche de Honoria con el frasco de especímenes golpeándole el pecho, con paso cojo, con la peluca de Linneo ladeada.

Honoria, desde la ventanilla, la miró con ojos húmedos y le dijo sin voz: Escríbeme.

Imogen asintió. Después el coche se alejó por el camino, hacia el sur, y se perdió en la oscuridad, y ella se quedó en el patio sintiéndose, de pronto, más sola y más ligera de lo que había estado en años.

Una mano le tomó la suya.

—¿Preparada? —preguntó Gideon.

—No.

—Mentirosa.

—Sí —dijo ella, y sonrió—. Preparadísima.

Viajaron el resto de la noche en un coche de alquiler que Quill había encontrado en la posada, un trasto desvencijado con un caballo viejo y un cochero que no hizo preguntas porque Quill le dio una guinea.

El camino hacia Gravesend se hizo interminable.

Imogen, hecha un ovillo en el asiento con la cabeza apoyada en el hombro de Gideon y la capa sobre las rodillas, intentaba mantenerse despierta y no lo conseguía.

Los párpados le pesaban. Sentía el movimiento del coche como un arrullo, el calor de su cuerpo como una manta.

Gideon, con el brazo bueno alrededor de ella, le acariciaba el pelo con una mano ausente, un gesto lento, regular, que parecía no darse cuenta de estar haciendo.

—Gideon.

—Dime.

—Si sale bien, si el diputado recibe las pruebas, si todo esto termina...

—¿Sí?

—¿Qué harás?

Tardó en responder. El coche dio un bandazo en un bache. Quill, en el pescante, cantaba por lo bajo una melodía desafinada.

—No lo sé —dijo al fin—. Llevo cinco años sin pensar más allá de esto. Es extraño. Siempre me dije que después no habría nada. Que terminaría mi venganza y me iría al fondo de algún mar con la tranquilidad de haber hecho lo que debía. —Hizo una pausa—. Ahora no me parece una idea tan atractiva.

—Me alegro.

—Quizá compre una casa pequeña. En la costa. Con una ventana que dé al mar.

—Con estantes para los mapas.

—Con muchos estantes para los mapas.

—Y una mujer con un atizador.

—Esa es indispensable —dijo Gideon, y ella notó que sonreía contra su pelo.

Se quedó dormida. Soñó con una concha de nácar que cantaba y con un hombre de ojos de plata que le enseñaba a hacer nudos sobre un puente de madera mojada.

Cuando despertó, el coche estaba parado, la puerta abierta, y por ella entraba una luz gris y fría, de un blanco sucio, que parecía venir de todas partes a la vez.

—Ya hemos llegado —dijo Gideon, que la miraba con una expresión que no supo descifrar.

Imogen se incorporó. Se frotó los ojos. Bajó del coche con las piernas entumecidas, agarrándose a su mano, y se quedó parada en el muelle de piedra, con la capa arrastrando por el suelo húmedo y el pelo revuelto sobre los hombros.

El río se había ensanchado hasta convertirse en algo que ya no parecía un río.

Se extendía ante ella como una llanura de agua gris y plana, inmensa, sin orillas visibles, con una niebla baja que borraba el horizonte y confundía el cielo con el agua.

Había barcos fondeados a lo lejos, siluetas oscuras de cascos y mástiles que flotaban en la bruma como si no pesaran nada.

Una gaviota gritó. Otra respondió. Del agua subía un frío húmedo que le entró hasta los huesos.

—¿Es el mar? —preguntó, con un hilo de voz.

—Todavía no —dijo Gideon, a su lado—. Es el estuario. El mar está allí, más allá de la niebla. A un día de navegación.

—Es muy grande.

—Esto no es nada.

Imogen se quedó mirando aquella extensión gris, callada, ligeramente temblorosa, y notó que se le llenaban los ojos de lágrimas. No era tristeza. Era el alivio de ver por fin algo que había esperado tanto tiempo que ya no creía que existiera. Sintió la mano de Gideon cerrarse sobre la suya.

—Mira —dijo él, señalando.

A unos cien metros del muelle, entre la bruma, una fragata pequeña y esbelta se balanceaba sobre sus anclas.

Tenía el casco pintado de negro con una franja azul, tres mástiles esbeltos con las velas recogidas, y en la proa, apenas visible, una figura tallada: un pájaro de alas extendidas, a punto de alzar el vuelo.

—La Alondra —dijo Gideon, con la voz ronca—. Mi casa.