Capítulo 10
El fuego fue idea de Honoria.
Imogen lo reconstruiría más tarde con la misma incredulidad con que se evoca un naufragio: la figura de Diana cazadora abriéndose paso entre las parejas con el arco de cartón en alto y la media luna torcida sobre la frente, la mano apretándole el brazo con una fuerza que le dejó cuatro moratones, la voz baja y vibrante junto al oído.
—Se ha ido al piso de arriba. Con dos hombres.
—Lo sé.
—¿Y ahora qué?
—No lo sé. Hace falta algo que lo obligue a bajar. Algo que no pueda ignorar.
—¿Algo como qué?
Imogen miró alrededor con desesperación, como si en las paredes forradas de seda pudiera encontrarse una solución.
Vio a los violinistas de Viena, que seguían tocando con una devoción de monjes.
Vio a lord Fotheringay, que se había disfrazado de abeja gigante sin renunciar a su chaleco amarillo, y que giraba con una condesa de peluca verde.
Vio a su padre, de peluca blanca y frasco colgado, explicándole a un pobre caballero vestido de Arlequín la clasificación de los líquenes con tal entusiasmo que el hombre había dejado de intentar escapar.
Vio las mesas del fondo, donde una larga fila de lacayos aguardaba junto a las bandejas de postres, y entre ellas, en un lugar de honor, sobre un trípode de plata, el plato estrella de la velada: un pudín monumental, rociado de brandy, que el mayordomo se disponía a prender ante los invitados con una gran ceremonia.
—Honoria —dijo despacio.
—¿Sí?
—¿Cómo de bien sabes tropezar?
—Con maestría —dijo Honoria, que había entendido a la primera.
Se separaron. Imogen se abrió camino hasta una columna cercana, desde donde dominaba la mesa de los postres, y observó con el corazón en la garganta cómo el mayordomo, un hombre solemne con guantes blancos y una antorcha en miniatura, alzaba los brazos para atraer la atención de los invitados.
Se hizo un silencio expectante. El hombre acercó la llama al pudín.
Una lengua azulada recorrió la superficie, y el brandy prendió con un suspiro, y un coro de «ooooh» recorrió la sala.
En ese momento, entre las miradas fijas en el espectáculo, una figura vestida de Diana cazadora tropezó con su propio arco de cartón, soltó un chillido digno de una ópera italiana y se precipitó hacia delante con los brazos extendidos.
Cayó sobre la mesa de los postres con un estruendo de bandejas.
El trípode de plata volcó. El pudín, envuelto en llamas azules, rodó por el mantel con majestuosa lentitud y fue a estrellarse contra la pila de farolillos de papel que decoraban la base de la escalera.
Los farolillos prendieron como yesca.
—¡FUEGO! —gritó alguien, con una voz tan aguda y tan convincente que Imogen tardó un segundo en reconocer que había sido la suya.
Lo que siguió fue una de las experiencias más extraordinarias de su vida.
En menos de diez segundos el elegante baile de lord Ravenscar se transformó en una estampida.
Doscientas personas enmascaradas se lanzaron hacia las puertas a un tiempo, en un torbellino de sedas, plumas, coronas, turbantes y gritos.
Una monja chocó con un turco. Un pastor perdió la peluca.
La mujer vestida de reloj de pared quedó atascada en el marco de la puerta, con el péndulo de cartón atravesado, y detrás de ella se formó un tapón que los lacayos intentaban deshacer a empujones.
Lady Blythe, con su gola isabelina, se desmayó majestuosamente sobre un diván con un gemido de «¡Mi corazón!
». Lord Fotheringay, abeja tembloroso, corrió en círculos agitando las alas y gritando que se le quemaba el chaleco, aunque era falso y a nadie le interesaba la verdad en aquel momento.
Los mayordomos acudieron con cubos. Los lacayos arrancaron cortinas.
En menos de tres minutos el fuego estaba reducido a un montón de papel chamuscado y a un pudín desbaratado sobre el suelo de mármol, y Honoria, que se había incorporado de la mesa de los postres con la media luna colgando sobre una oreja y una mancha de crema en el escote, saludaba con una reverencia a los invitados que la miraban con asombro.
—Lamento muchísimo la torpeza —dijo, jadeante, con una sonrisa radiante—. Es mi primer baile de máscaras.
Imogen, apoyada en la columna, con la mano sobre el pecho, soltó una risa convulsa.
No había tenido tiempo de mirar la escalera.
Cuando por fin alzó los ojos, vio al vizconde de Ravenscar de pie en el rellano del primer piso, con el dominó rojo desabrochado y el rostro desencajado, mirando hacia el desastre de la planta baja con una expresión que, por primera vez desde que lo conocía, había perdido toda su cortesía.
Detrás de él se apretaban Ottley y un hombre ancho y gris que ella no conocía.
Ravenscar dio una orden seca. Ottley asintió y se perdió por el pasillo, y el hombre gris se quedó al pie de la escalera, con los brazos cruzados, vigilando la sala.
Imogen retrocedió un paso tras la columna.
Han bajado, pensó. Ya no están en el despacho. Y entonces, con un vuelco: ¿Y Gideon?
La puerta del despacho se había cerrado con llave, y quien la cerró, Ottley, se llevó la llave.
Gideon esperó contando hasta ciento veinte, con la espalda pegada a la pared y la cortina de terciopelo apretada contra la nariz, hasta que los pasos se perdieron escaleras abajo y el grito de «¡Fuego!
» dejó de oírse. Después salió de su escondite con las piernas flojas, cruzó la habitación hasta el ventanal, abrió el cierre con dedos torpes y asomó la cabeza.
El jardín de Ravenscar se extendía abajo, tres pisos más allá, oscuro y silencioso, con un seto de boj recortado, un sendero de grava y una fuente de piedra en el centro, con un Neptuno decrépito que escupía un hilo de agua.
Había una enredadera espesa trepando por el muro, con un enrejado de madera que Gideon, tras valorarlo con cinco segundos de experiencia profesional, juzgó apto para soportar el peso de un hombre.
Se quitó el dominó negro, lo hizo un lío y lo tiró al jardín. Se pasó una pierna por el alféizar.
Bajó con más rapidez que gracia. Dos tablas se partieron bajo sus botas.
Una rama se le enredó en la manga y le desgarró la camisa hasta el codo.
Cuando por fin pisó la grava, jadeante, con la orden reservada pegada a las costillas y los dedos arañados, una mano le agarró el hombro y le dio la vuelta.
—Quill —dijo, y se le escapó un suspiro de alivio.
—Capitán. —El primer oficial, con la peluca ladeada y las gafas empañadas, sostenía todavía una bandeja con tres copas de champán—. He estado a punto de entrar. Los he visto bajar. ¿Lo tiene?
—Lo tengo.
—Dios bendiga a la señorita Blythe y a su arco de cartón. Tenemos que irnos. Hay un coche esperando en la calle de atrás.
—Todavía no. Imogen.
—La señorita está en el salón. No hay peligro inmediato. Los criados se la están llevando con su padre a...
—No.
La voz no era de Quill. Venía del seto, de su derecha, una voz melosa y temblorosa de indignación, y en la penumbra del jardín una figura baja y gruesa, con un chaleco que hasta en la oscuridad tenía un tono de remolacha, se separó de las sombras con un cigarro en la mano.
—Sabía que lo conocía —dijo sir Hugo Fenwick.
Gideon se quedó inmóvil. Quill, a su lado, soltó la bandeja con las tres copas, que cayeron sobre la grava con un estruendo cristalino.
—El secretario torpe —dijo sir Hugo, y un brillo triunfal le iluminó los ojos pequeños—.
Marsh. El que me tiró el té. Ya me parecía raro.
Ya me parecía muy raro que un lacayo derramara té hirviendo sobre el chaleco de un caballero con tan buen pulso.
Y ahora lo encuentro en el jardín de lord Ravenscar, sin antifaz, saliendo por una enredadera.
—Sir Hugo —dijo Gideon con suavidad—. Qué placer.
—Será un placer cuando los alguaciles le pongan las esposas. —Hugo se llevó dos dedos a la boca para silbar—. ¡Eh! ¡Aquí! ¡Ladrones en el jardín...!
No llegó a terminar la frase.
Algo pasó por encima del hombro de Gideon, un destello de plumas verdes y gasa plateada, y la figura de Imogen Thistlewood se estrelló contra sir Hugo a una velocidad que ninguno de los tres habría creído posible en una dama con zapatos de seda.
Le dio un abanicazo en la cara, con todo el peso del armazón de marfil, que sonó como un cachete de lavandera.
Después, con la mano libre, le plantó un empujón en el pecho.
Sir Hugo retrocedió dos pasos con los brazos en aspa, perdió el equilibrio, tropezó con el borde de la fuente y cayó de espaldas en el estanque de Neptuno con un chapoteo tan sonoro que algunas aves salieron volando de los árboles vecinos.
El silencio que siguió duró unos tres segundos.
—Mi chaleco —gimió sir Hugo, emergiendo del agua con las patillas chorreando y un nenúfar sobre el hombro—. ¡Mi chaleco!
—Eso por el té —dijo Imogen, con la respiración agitada y la máscara de plumas torcida—. Y esto por los doce meses de mirarme con ojos de carnicero.
—¡Usted...!
—Y esto —le dio un segundo golpe de abanico— por mi padre.
—Imogen —dijo Gideon, con voz ahogada.
—¿Sí?
—Tenemos que irnos.
—Sí. Sí, claro. —Se atusó el pelo, devolvió la máscara a su sitio, miró a un sir Hugo gimiente que intentaba trepar por la pared resbaladiza del estanque y añadió con toda la dignidad de la que fue capaz—: Que pase una buena noche, sir Hugo.
Corrieron.
El coche de lord Blythe los esperaba en la calle de atrás, con las lámparas apagadas y un cochero soñoliento en el pescante que murmuró algo sobre el trabajo que daba la nobleza.
Dentro, apretujados en los asientos de terciopelo gastado, aguardaban lord Thistlewood, todavía con la peluca de Linneo, y una Honoria despeinada y jubilosa con la media luna colgando de un lado, que al verlos soltó un chillido de victoria y lanzó el arco de cartón por la ventanilla.
—¡Lo conseguimos! ¡Ha sido magnífico! ¿Habéis visto la cara del mayordomo? Pensaba que se le caía el alma al suelo.