El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

El despacho del vizconde de Ravenscar estaba en el segundo piso, en el extremo oeste de una galería larga alfombrada de rojo, y la puerta, que una hora antes estaba cerrada con dos vueltas de llave, se abrió en silencio al cabo de cuatro minutos de trabajo concentrado con dos ganzúas.

Gideon entró y la cerró tras de sí. Se quedó inmóvil, escuchando.

Desde el piso de abajo llegaba, amortiguada por los suelos gruesos, la música de los violines, como un recuerdo de otro mundo.

No había más ruido en la casa. Quill, en el rellano de la escalera de servicio, vigilaba con una bandeja de copas en la mano y su peluca empolvada ligeramente torcida, listo para dar tres golpes con la bota si aparecía alguien.

El despacho era una habitación grande y severa, revestida de caoba oscura.

Una chimenea de mármol con un fuego ya bajo.

Un escritorio ancho con un tintero de plata y ni un solo papel fuera de su lugar.

Estantes con volúmenes encuadernados en piel, uniformes, sin una huella de uso.

Sobre la chimenea, un óleo enorme de una fragata en plena tempestad, con las velas desgarradas y la proa alzándose entre olas negras y espumosas.

Gideon se quedó mirándolo.

Era el Halcyon. Lo reconoció por el mascarón de proa, una figura de mujer con un pájaro posado en la mano, y por la cinta de color rojo oscuro que recorría el casco de popa a proa.

Alguien lo había pintado como aparecería en una gloriosa tormenta, valiente y condenada, con una belleza trágica que a él le revolvió las entrañas.

Ravenscar había colgado el retrato del barco que había hundido sobre su chimenea, para mirarlo mientras bebía.

Notó un temblor en las manos. Cerró los puños. Respiró una vez, muy hondo, y cruzó la habitación.

Descolgó el cuadro con cuidado y lo apoyó contra la pared.

Detrás, empotrada en el muro, había una caja fuerte de hierro negro con una cerradura de combinación y otra de llave.

Se arrodilló delante, sacó las ganzúas y una pequeña llave de tensión de su bolsillo y empezó a trabajar, con los ojos cerrados para concentrar los dedos en el tacto del mecanismo.

Los tambores se movían con una resistencia dulce, casi viva.

Uno. Dos. Tres. El cuarto se atascó. Sintió que el sudor le resbalaba por la nuca bajo el antifaz de cuervo.

Retrocedió medio giro, volvió a empujar, y oyó el clic.

La puerta de hierro se abrió.

Dentro había poco. Una bolsa de monedas, un par de pistolas de duelo en un estuche de terciopelo, un rollo de pergaminos atados con una cinta y una carpeta de cuero negro con el sello del Almirantazgo. Gideon la abrió con las manos temblorosas.

La primera página estaba encabezada con una frase que le hizo cerrar los ojos un instante:

Orden reservada n.º 31. Al capitán Josiah Brant, comandante de la fragata de Su Majestad Triton: Con la mayor urgencia y sin dar aviso, interceptará y hundirá la fragata Halcyon en su derrota a Kingston, evitando supervivientes en la medida de lo posible...

Debajo, con una caligrafía larga y elegante que ya conocía bien, una firma: Ravenscar. Y junto a ella, en tinta más pálida, otra rúbrica menos fluida, de trazo más apretado y pomposo, bajo la leyenda testigo: Hugo Fenwick.

Gideon se quedó sin aliento.

Fenwick.

El hombre del chaleco de mostaza. El acreedor generoso.

El pretendiente de cuarenta y ocho años con una casa llena de retratos suyos.

Había prestado mil doscientas libras a lord Thistlewood sin pedir un recibo, había esperado pacientemente un año, había sondeado a la hija con aquella mirada húmeda y paciente, y todo aquello no había sido codicia ni vejez ni vanidad.

Había sido una trampa. Había querido casarse con Imogen para poder entrar en la casa y recuperar la colección sin que nadie hiciera preguntas.

Sintió una rabia tan fría y tan larga que el pulso se le aquietó.

Metió la orden en el interior de la camisa, junto al pecho.

Revisó el resto de la caja con la mirada.

Había más papeles bajo el rollo de pergaminos, una lista de nombres con cifras al margen, y en lo más hondo, apartado de todo lo demás, un pequeño estuche de cuero rojo que contenía un retrato en miniatura.

Una mujer joven, de ojos grandes y pelo castaño, vestida a la moda de hacía veinte años.

Gideon lo miró un segundo. Algo le tironeó en la memoria.

Luego lo dejó donde estaba, cerró la caja y devolvió el cuadro a su sitio con la mano un poco menos firme que antes.

Se oyeron tres golpes de bota en el rellano.

Gideon se quedó rígido. Los tres golpes se repitieron, más urgentes. Luego, en el pasillo, el sonido de pasos varios, una voz que decía con perfecta calma «Por aquí, milord», y el chirrido de una llave en la cerradura de la puerta del despacho.

No había tiempo de salir. No había tiempo de nada. Gideon cruzó la habitación de dos zancadas y se pegó a la cortina del ventanal, tras el pesado terciopelo granate, justo cuando la puerta se abría.

Entraron tres hombres. Reconoció a uno por la voz antes de verlo, un sonido bajo y untuoso que había oído cinco años atrás en una cubierta embarrada, dando órdenes de fuego.

Brant. El capitán Josiah Brant, mucho más ancho y mucho más gris, con una casaca de paño oscuro y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda.

Detrás de él, un hombre calvo y gordo con las manos pequeñas, Ottley, el de las cartas.

Y cerrando la marcha, con el dominó rojo oscuro suelto sobre los hombros y la máscara dorada colgándole de un cordón, Ravenscar.

—No me gustan los imprevistos, caballeros —dijo el vizconde, con una calma gélida—. Especialmente los que bailan con mi anfitriona.

—Milord, no se me había informado de que la señorita Thistlewood...

—No hablo de la señorita Thistlewood, Ottley. Hablo del hombre que ha venido con la señorita Blythe. Un primo de Portsmouth. —Ravenscar fue hasta la chimenea y se detuvo ante el óleo de la fragata. Gideon, detrás de la cortina, contuvo la respiración—. Marsh. Gideon Marsh. ¿Les dice algo?

—Nada, milord.

—¿Y a usted, Brant?

Hubo un silencio corto.

—No, milord. Pero hay un hombre que se hacía llamar así, hace tiempo, en Gibraltar. Un grumete desertor. Muerto, creo.

—Es lo que se cree de muchos hombres. —Ravenscar se volvió.

Se quedó mirando, con una sonrisa muy leve, la caja fuerte invisible detrás del cuadro—.

Estoy rodeado de coincidencias. Un lote de papeles que aparece en una casa de Richmond.

Un secretario que nadie conoce. Un hombre armado que merodea cerca de un almacén de Limehouse la misma noche en que se fuerza una puerta.

—¿Una puerta, milord?

—La bóveda nueve, Ottley. Mi guardián me lo ha dicho esta tarde. No falta nada, pero se ha movido un legajo. Alguien sabe leer mis signaturas.

La sonrisa de Ravenscar se ensanchó. Dio un paso hacia el cuadro.

—Una mujer lo hizo —murmuró—. Una mujer con un ojo muy fino para el orden. Qué inteligente. Qué lástima.

Detrás de la cortina, Gideon notó que el sudor le helaba la columna.

Con la mano derecha buscó a tientas bajo el dominó la culata de la pistola que había escondido en el cinturón.

Contó los pasos. Ravenscar, a seis. Brant, a ocho, con la mano también bajo la casaca. Ottley retrocedía hacia la puerta.

El vizconde alargó la mano hacia el marco del cuadro.