Capítulo 9
Ravenscar bailaba bien. Eso fue lo primero que Imogen pensó, y lo odió por ello.
Antes de eso, sin embargo, hubo un prólogo de veinte minutos que Imogen recordaría después con una nitidez casi cómica.
Había entrado en el salón del brazo de su padre, con la máscara de plumas apretándole las sienes, y se había encontrado ante un espectáculo que ni los cuentos de Honoria le habían preparado: un océano de seda, oro y terciopelo que giraba bajo las arañas de cristal, y en cada rincón una figura grotesca, hermosa o ridícula que la miraba a través de un antifaz.
Había una condesa vestida de cisne, con un cuello de gasa que le subía hasta la barbilla y un pico de cartón.
Había un obispo falso con una mitra de papel de plata.
Había tres Cleopatras, y las tres parecían desconfiar de las otras dos.
—Querida —había murmurado Honoria, apretándole el codo—. A las nueve en punto, junto a la ventana de la izquierda. Es lo que ha dicho el señor Quill.
—Lo sé.
—¿Has visto a sir Hugo?
—Todavía no.
—Allí. Junto a la ponchera. Se ha disfrazado de rey Enrique Octavo, con las mismas piernas que el original y un chaleco color remolacha por debajo de la casaca, porque el hombre es incapaz de renunciar a un chaleco.
Imogen miró. Sir Hugo, con una barba postiza y una corona de latón torcida, hablaba con un grupo de damas de aspecto resignado, sin dejar de lanzar miradas de reojo a la entrada. Cuando la vio, sonrió con todos sus dientes, alzó la copa y le hizo una reverencia ridícula.
—Qué espanto —susurró Imogen.
—Voy a distraerlo —dijo Honoria, con voz de mando—. Tengo un arco de cartón y no tengo nada que perder.
—Honoria, ni se te ocurra...
Pero su amiga ya se había alejado entre las parejas, con la media luna balanceándose sobre la frente.
Imogen la vio llegar hasta sir Hugo, hacerle una reverencia de una profundidad insolente, decirle algo que lo hizo reír, abanicarse con el arco, y arrastrarlo, sin que él se diera cuenta de cómo, hacia el extremo opuesto del salón, donde un grupo de matronas discutía sobre la dote de una sobrina.
Imogen sonrió. Después, al volverse, se encontró con la mirada de un hombre alto, de dominó rojo oscuro y máscara dorada, que la observaba desde el pie de la escalera con una atención serena.
Le había hecho un leve gesto con la cabeza. Ella, con las piernas convertidas en gelatina, había devuelto una reverencia.
Había esperado un torpe, un petimetre sudoroso, un hombre cuya maldad se le notara en los andares, como a los villanos de las novelas que Honoria le prestaba a escondidas.
En cambio el vizconde la tomó por la cintura con una mano firme y ligera, le sostuvo la mano enguantada a la altura exacta de los hombros y la hizo girar por el centro del salón con una soltura tan elegante que a los pocos compases Imogen se descubrió siguiéndolo sin esfuerzo, con la gasa plateada ondulándole alrededor de las piernas y las lámparas de cristal girando sobre su cabeza.
Los violinistas de Viena tocaban con una dulzura que le humedecía los ojos.
A su alrededor, doscientos invitados enmascarados bailaban, reían, se miraban tras los antifaces, y ella, en medio de todo aquello, tenía la mano apoyada en el hombro del hombre que había enviado a cuarenta y dos personas a una bodega de barco y había hundido una fragata con la misma tranquilidad con que otros firman una carta.
Era lo más aterrador que le había ocurrido en la vida. Más que el tejado. Más que el disparo.
—Baila usted admirablemente, señorita Thistlewood —dijo Ravenscar.
—Es usted muy amable, milord. Me guía con tanta seguridad que no necesito hacer nada.
—Eso es lo que se espera de un buen compañero de baile. —Sonrió, con aquellos dientes demasiado blancos—. Y de un buen compañero en general. Que guíe sin que se note.
—Qué habilidad.
—La más útil de todas.
Dieron una vuelta completa. Imogen buscó con la mirada, entre las máscaras que giraban, un dominó negro y un antifaz de cuervo, y no lo encontró.
Buscó una librea azul con unas gafas de alambre, y tampoco.
El corazón le dio un vuelco. Se obligó a mirar al frente, al broche de rubíes que sujetaba el pañuelo de cuello del vizconde, a un punto fijo donde poder anclar los ojos.
—Usted es hija de un hombre muy peculiar —dijo Ravenscar con suavidad—. Un erudito con mucho tiempo libre y poco dinero. Lo he averiguado hoy mismo. Le debe una suma considerable a un amigo mío.
—Sir Hugo es muy generoso.
—Sir Hugo es muchas cosas. —Los ojos claros brillaron tras la máscara dorada—. Pero sobre todo es práctico. Y yo, señorita Thistlewood, soy un hombre práctico también. Por eso le voy a hacer una proposición, sin rodeos, porque me parece que usted es una mujer a la que no le gustan.
—No me gustan, milord. Se lo agradezco.
—Su padre ha comprado un lote de papeles en Wapping.
Entre ellos, por un desafortunado error del subastador, hay unos documentos de carácter privado que pertenecían a un viejo amigo mío y que, por razones sentimentales, desearía recuperar.
No tienen valor para nadie más. Son cartas, cuentas antiguas, cosas así.
—Hizo girar a Imogen con una delicadeza que le erizó la piel—.
Estoy dispuesto a pagar tres mil libras por el lote entero.
Imogen estuvo a punto de tropezar.
—¿Tres mil?
—Es una cifra generosa, creo. Cubriría la deuda de su padre con sir Hugo con creces.
Le permitiría vivir con holgura el resto de su vida, y a usted elegir marido sin presiones.
—Inclinó la cabeza—. Por supuesto, sería una transacción discreta.
Me bastaría con que me hiciera llegar las cajas esta semana, sin abrir.
—Sin abrir —repitió Imogen, con una voz que le sonó extraña—. Es una cláusula curiosa.
—Los papeles privados deben respetarse.
—Mi padre ha abierto todas las cajas, milord. Es un naturalista. Siente por los documentos ajenos la misma curiosidad que por los líquenes.
Un destello pasó por la mirada del vizconde, tan breve que Imogen dudó de haberlo visto.
—Entonces es una pena —dijo, sin que la sonrisa se alterase—. Pero tal vez haya papeles que pasaron inadvertidos. Su padre es un hombre distraído, según me cuentan. Un hombre que podría haber puesto algo en la estantería de zoología sin darse cuenta.
Estantería de zoología. Imogen sintió que se le helaba la sangre. No había manera de que Ravenscar supiera lo de los atlas mal colocados. No había manera de que un hombre que acababa de conocerla hablara de la estantería de zoología a menos que...
A menos que alguien lo hubiera estado vigilando todo. A menos que el hombre del sombrero calado hubiera visto algo por las ventanas.
—Le diré a mi padre su oferta, milord —dijo, con toda la calma que pudo reunir—. Estará encantado. Siempre ha deseado que un par del reino se interesase por su colección.
—¿Y usted?
—Yo, milord, soy práctica. Como usted.
Ravenscar rió. Fue una risa agradable, cálida, de las que se contagian, y Imogen sintió una repugnancia tan violenta que tuvo que apretar los dientes.
—Hay algo más —dijo él, bajando la voz—. Me han dicho que lord Thistlewood tiene un secretario nuevo. Un joven huérfano de Portsmouth. Muy hábil con los mapas.
—Torpe, más bien. Derramó té hirviendo sobre el chaleco de sir Hugo.
—Eso me han contado. Una desgracia. —Ladeó la cabeza—. ¿Cómo se llama el muchacho?
—Marsh.
—Marsh —repitió el vizconde, como si probara el nombre—. No conozco a ningún Marsh en Portsmouth. Y yo serví allí muchos años.
—Seguramente era un niño cuando usted estaba en el puerto, milord.
—Seguramente.
La música alcanzó su cima. Los violines dejaron paso a un solo de chelo, grave y melancólico, y las parejas se estrecharon unas contra otras.
Ravenscar la atrajo hacia sí con una presión de mano levísima, apenas más de lo que prescribía el decoro, y a Imogen se le subió el estómago a la garganta.
Notó el aliento del vizconde en la sien.
Notó la mano que le sujetaba la cintura, ancha, caliente, con la presión justa para que ella supiera que no podía soltarse.
—Señorita Thistlewood —murmuró—. Tengo muchos amigos en esta ciudad.
Hombres atentos, que se fijan en los detalles.
Ven a un secretario en una casa donde nunca lo hubo.
Ven un coche que sale de noche con las cortinas echadas.
Ven un bote en el río. —Una pausa deliberada—.
Es sorprendente lo que se acaba sabiendo de una persona cuando se la observa con paciencia.
Imogen no se movió. Sabía que él esperaba una reacción. Un temblor, un parpadeo, un jadeo. Con un esfuerzo que le pareció sobrehumano, alzó la mirada hasta encontrarse con la suya y le sonrió.
—Debe de ser muy aburrido, milord, vigilar a una mujer que cataloga líquenes.
La mano en su cintura se cerró un instante. Luego se aflojó.
—Mi querida —dijo Ravenscar, con una sonrisa que no le llegó a los ojos—, creo que usted y yo vamos a entendernos muy bien.
Un lacayo se acercó a ellos entre las parejas, con una reverencia discreta, y le murmuró algo al oído al vizconde. Imogen no oyó las palabras. Vio cómo la expresión del hombre cambiaba, cómo los ojos tras la máscara se estrechaban, cómo la mano le soltaba la cintura con una lentitud calculada.
—Les ruego que me disculpe —dijo él—. Un asunto menor que requiere mi atención. Señorita Thistlewood, ha sido un honor. Confío en que volvamos a vernos pronto.
Le besó la mano enguantada. Sus labios apenas rozaron la tela.
Después, con una inclinación elegante, se alejó entre las parejas hacia las puertas del fondo del salón, con el dominó rojo ondeando tras él, y Imogen se quedó plantada en medio de la pista con las rodillas flojas y las manos heladas, mientras a su alrededor los bailarines seguían girando, ajenos a todo.
Asunto menor, pensó. Gideon.