El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 8 #3
41%

Capítulo 8 #3

Gideon rió, y la apretó contra sí con un brazo, y le besó el pelo, y por un rato muy largo no dijeron nada más.

Fue la carroza de lord Blythe la que los llevó a Londres el sábado, un coche enorme y azul con las ventanillas empañadas y los cojines desgastados.

Lady Blythe, rolliza y vestida de reina Isabel con una gola de encaje que le impedía girar la cabeza, ocupó dos tercios del asiento y se dedicó a señalar con el abanico, por las ventanillas, las casas de la gente que no le caía bien.

Honoria, enfrente, con su arco dorado y su media luna, se esforzaba por no mirar a Imogen.

Lord Thistlewood, de peluca blanca y frasco de especímenes al cuello, hablaba solo sobre la sistemática de Linneo.

Gideon, sentado junto a Imogen, con un dominó negro y un antifaz de cuervo que le cubría medio rostro, mantenía la vista fija en la ventanilla y la mano derecha sobre el asiento, tan cerca de la de ella que los meñiques se tocaban.

Grosvenor Square apareció entre la niebla a las ocho de la noche con todas las ventanas encendidas.

La casa de lord Ravenscar era un palacio de piedra clara, con una escalinata de mármol flanqueada por antorchas, un portón de hierro forjado y una hilera de carruajes que se extendía por la plaza entera.

Desde las ventanas del piso principal se derramaba una música de cuerda, y en las escaleras, bajo la luz de las antorchas, un hormiguero de figuras enmascaradas subía despacio hacia el vestíbulo: pastoras y arlequines, reyes y bufones, turcos con turbante, monjas con los labios pintados, una mujer vestida de reloj de pared y un caballero cubierto de hojas de parra que se tropezó con la entrada y estuvo a punto de perder la corona.

Imogen subió los escalones del brazo de su padre, con la máscara de plumas apretándole los pómulos y el corazón retumbándole en los oídos.

Gideon iba detrás, con Honoria colgada del brazo, siguiendo el papel de primo discreto.

Le oyó murmurar una frase al oído de su amiga que hizo reír a Honoria.

Detrás de ellos, entre los lacayos que abrían las puertas, vio de pronto, con un sobresalto de alivio, a un hombre alto y flaco con librea azul y unas gafas redondas de alambre que nadie había advertido bajo la peluca empolvada.

Quill le guiñó un ojo y desapareció con una bandeja de copas.

El vestíbulo era una catedral de mármol y espejos.

Al fondo, al pie de la gran escalera, de pie bajo una araña de cristal que derramaba mil luces, recibía a los invitados un hombre alto, de cabello plateado, con un dominó rojo oscuro y una máscara de media cara dorada.

Saludaba con una mano enguantada, sonreía con una dentadura de blancura insultante, y cada invitado que se inclinaba ante él parecía sentirse honrado por la brevedad de su atención.

Imogen lo reconoció al instante. Era el hombre que había visto en un par de bailes, el de la sonrisa fácil y los dientes blancos. Ahora conocía su rúbrica. Había leído su nombre al pie de cuarenta y dos vidas.

Sintió que Gideon, a su espalda, se había quedado inmóvil. No se volvió. Sabía que si lo miraba delataría algo. Apretó el brazo de su padre. Siguió avanzando.

—Lord Thistlewood —dijo la voz de Ravenscar, cálida y suave, cuando llegaron ante él—. Qué honor. El célebre naturalista de Richmond. Y con la peluca de Linneo, nada menos. Magnífica elección.

—Milord —dijo su padre, halagado hasta las orejas—. Es usted muy amable.

—Y su encantadora hija, imagino. —Ravenscar se volvió hacia ella.

Los ojos, claros y vivos, que asomaban tras la máscara dorada, la recorrieron de pies a cabeza con una atención amable y cuidadosa.

Imogen sintió un escalofrío bajo la gasa plateada—.

Señorita Thistlewood. Hace tiempo que deseaba conocerla. He oído hablar mucho de usted.

—¿De veras, milord?

—Sir Hugo Fenwick es un gran admirador suyo. Y yo siento una enorme curiosidad por su padre. —Sonrió—. Me han dicho que adquirió hace poco una colección extraordinaria. De un viejo conocido mío. El capitán Dunmore.

El suelo pareció moverse bajo los pies de Imogen. Mantuvo la sonrisa en la cara con un esfuerzo sobrehumano.

—Mi padre compra muchos libros, milord.

—Es lo que se dice de los hombres sabios.

—Los ojos de Ravenscar se demoraron en ella un instante más del necesario.

Luego se inclinaron, con un gesto de infinita cortesía, hacia el tendido de la sala—.

¿Me concedería el honor de este baile, señorita Thistlewood?

Estoy seguro de que tenemos mucho de que hablar.

A su espalda, apenas audible, Imogen oyó que alguien respiraba con fuerza entre los dientes.

Sintió que todo el vestíbulo se quedaba esperando. Su padre sonreía con ingenuidad. Honoria se había quedado muda. Y en algún lugar, detrás de ella, un hombre con una máscara de cuervo contenía la furia de cinco años bajo la mano apretada en el costado.

Imogen alzó la barbilla. Extendió la mano enguantada.

—Será un placer, milord.

Ravenscar sonrió con todos sus dientes blancos y le ofreció el brazo.