Capítulo 8 #2
Bailaron. O, mejor dicho, Gideon se movió con una rigidez de autómata mientras ella lo guiaba en un vals de una solemne lentitud.
Le pisó los pies dos veces. Le pidió disculpas, balbuceando, y ella le dijo que no importaba, que le había pisado cosas peores.
Fueron recorriendo la biblioteca en círculos lentos, entre los sillones y las estanterías, con las sombras de ambos proyectadas en la pared a la luz de las velas, y poco a poco, compás tras compás, el cuerpo de él dejó de resistirse y empezó a seguir el de ella.
Los hombros se le relajaron. Los pasos se alargaron.
Su mano en la espalda de Imogen empezó a guiarla en lugar de seguirla, con una seguridad serena que la hizo callar y olvidar la melodía.
—Lo has hecho antes —acusó.
—Una vez. En Kingston.
—No es verdad. Esto no es un oso. Esto es...
—¿Qué?
Imogen se quedó callada. Gideon la acercó un poco más, hasta que sus cuerpos se rozaron desde el pecho hasta las rodillas, y siguieron girando despacio, sin música, solo el roce de los pies sobre la alfombra y el crepitar de las velas.
Ella apoyó la mejilla en su hombro. Él inclinó la cabeza y le rozó la sien con los labios.
—Esto es lo que me haces —murmuró—. Que aprenda a hacer cosas que no sé.
—¿Y qué más sabes hacer?
—¿Quieres que te lo enseñe?
Imogen alzó la cabeza.
Se besaron, sin dejar de moverse, con la mano de él subiendo por su espalda hasta enredarse en su nuca y la de ella clavándose en su camisa.
El vals se deshizo en pasos torpes, en una sola figura que giraba despacio, y terminó contra la mesa del fondo, donde ella se encontró sentada sobre el borde con las faldas arrugadas a la altura de las rodillas y las piernas abiertas alrededor de las caderas de él.
Gideon le recorrió el cuello con la boca, con una lentitud torturante, mordisqueándole el lóbulo, la clavícula, la curva del hombro donde el vestido empezaba a deslizarse.
—Aquí no —jadeó Imogen—. Podría entrar...
—Mrs. Pennywhistle ha echado el cerrojo de la puerta del pasillo —dijo él contra su piel—. Lo oí. Con intención.
—Dios la bendiga.
—Y a su sordera selectiva.
Le desabrochó el vestido con una rapidez impaciente, y Imogen le tiró de la camisa por encima de la cabeza, y entre risas y besos y botones que saltaban por la alfombra acabaron los dos de pie junto a la mesa a medio desvestir, jadeantes, con las bocas húmedas y los ojos brillantes.
Gideon la alzó en brazos. La tendió sobre la alfombra gruesa frente a la chimenea, entre los almohadones que el padre dejaba esparcidos para leer, y se arrodilló sobre ella sin dejar de mirarla.
Imogen estiró la mano, le recorrió el pecho, el vientre, bajó hasta el borde de los pantalones y lo atrajo hacia sí.
—Esta vez quiero mandar yo —dijo.
—¿Mandar?
—Quiero estar arriba.
Gideon parpadeó. Su sonrisa se extendió despacio, peligrosa, deliciosa.
—Sí, señora.
Se tumbó de espaldas sobre la alfombra, con los brazos tras la cabeza, y ella se sentó a horcajadas sobre él, desnuda a la luz de las velas, con el pelo suelto sobre los hombros.
Se movió con cautela al principio, tanteando, ajustando el ángulo, hasta que lo tuvo dentro de ella con un suspiro profundo y los dedos de él se cerraron sobre sus caderas.
Echó la cabeza hacia atrás. Se movió despacio, balanceándose, descubriendo el ritmo, sintiendo que el control que tenía sobre el placer de él, sobre su respiración, sobre el modo en que se le entrecerraban los ojos y se le tensaban los músculos del abdomen, la embriagaba tanto como el placer propio.
Le puso las manos en el pecho. Aceleró. Gideon gimió, le clavó los dedos en las caderas y alzó las suyas para encontrarla, y el sonido de sus cuerpos al unirse se mezcló con el crepitar del fuego recién encendido y con sus gemidos entrecortados, que Imogen se esforzaba por ahogar y no conseguía.
—Imogen —murmuró él, con los ojos entrecerrados—. Eres... eres lo más hermoso que he visto en mi vida.
—Cállate —jadeó ella, sonriendo, sin parar—. Estoy concentrada.
Gideon rió, y la risa se le quebró en un gemido cuando ella se inclinó hacia delante, cambió el ángulo y sintió el cuerpo de él tensarse debajo del suyo.
Le deslizó una mano entre los cuerpos, y la tocó con el pulgar, con precisión, con experiencia aprendida a fuerza de atención, y Imogen soltó un grito sordo y se estremeció, y él la sostuvo con la otra mano en la espalda mientras ella se deshacía sobre él en olas sucesivas, con la cabeza caída, los muslos temblando, el nombre de él en los labios.
Gideon la siguió casi de inmediato, con un jadeo ronco, hundiendo el rostro en su cuello, aferrándose a ella como si fuera lo único firme en un mundo que se movía bajo sus pies.
Se quedaron tendidos sobre la alfombra, ella encima de él, con las pieles pegadas de sudor y el fuego ardiendo en la chimenea. Imogen apoyó la mejilla en su pecho. Él le acarició la espalda, la curva de la cintura, la línea del hombro, con las yemas de los dedos.
—Creo —dijo ella, con la voz soñolienta— que estoy lista para el baile.
—Yo creo que no voy a poder mirarte en toda la noche sin acordarme de esto.
—Es una ventaja. Tendrás un motivo para sonreír debajo de la máscara.
—Y para perder el paso.
—Hay que sacrificarse por la causa.