El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Honoria tomó las medidas de Imogen con una cinta de modista y una seriedad de asedio.

—Levanta los brazos. No, más. Así. Ahora respira hondo y aguanta. Tienes la cintura más fina de lo que creía, qué suerte, y el pecho... —Se detuvo con la cinta tensa entre los dedos y arqueó una ceja—. Imogen Thistlewood, tienes el pecho más lleno que hace una semana.

—Eso es imposible.

—Y las mejillas coloradas. Y una expresión de gato que se ha comido el canario.

—Honoria bajó la cinta, cruzó los brazos y se plantó delante de ella—.

Escúchame bien. Hace una semana me juraste que no había nada que contar.

Hace cuatro días me dijiste «un poco». Y esta mañana, cuando he llegado, tu secretario estaba en lo alto de la escalera con el pelo mojado mirando mi invitación como si fuera una sentencia de muerte, y tú tenías hollín en el cuello. Hollín, Imogen. En el cuello.

Imogen se llevó la mano al cuello, alarmada.

—Era un truco —dijo Honoria—. No tienes nada. Pero me lo acabas de confirmar.

—Honoria...

—Quiero la verdad. Toda. Y quiero que me la cuentes ahora, porque si no, cuando mañana mi madre me pregunte con quién voy a bailar en el baile de Ravenscar, voy a decir una tontería delante de todo Richmond.

Imogen miró la puerta cerrada del cuarto de costura, que daba al pasillo del primer piso, y a través de la ventana el jardín desnudo donde Mrs. Pennywhistle tendía unas sábanas con una dedicación sospechosa.

Después miró a su amiga, a aquellos ojos azules y redondos, a aquel rostro de muñeca que ocultaba la lealtad más obstinada que había conocido.

Pensó en lo mucho que le había mentido en las últimas semanas.

Pensó que se le acababan las razones para seguir haciéndolo.

Se lo contó todo.

Tardó casi una hora. Honoria la escuchó en un silencio absoluto, sentada en el borde del sofá del cuarto de costura con las manos apretadas sobre las rodillas, sin interrumpir, sin pestañear, y cuando Imogen llegó a la parte del almacén de Limehouse se le saltaron las lágrimas y se tapó la boca con la mano.

Cuando llegó a la parte del tejado se puso en pie de un salto.

Cuando llegó a la parte del baúl soltó un chillido de tal calibre que Mrs. Pennywhistle, desde el jardín, levantó la cabeza.

Imogen se detuvo, enrojecida, y omitió con mucho tacto lo que había sucedido después en el desván de la viuda Maggs.

Honoria se dejó caer otra vez en el sofá y se abanicó con la cinta de medir.

—Un pirata —susurró—. Un pirata de verdad. En tu biblioteca. Con un atizador.

—Con mi atizador.

—Y un vizconde del Almirantazgo. Y manifiestos con lacre. Y una persecución en el Támesis. —Honoria se puso las manos en las mejillas—. Yo me paso la vida en bailes aburridos y tú tienes una novela de Radcliffe en tu casa de Richmond.

—Me gustaría que fuera menos arriesgada.

—Mentirosa. Te brillan los ojos como farolas. —Honoria se inclinó hacia ella con el rostro iluminado—. Y lo otro. Lo que no me has contado. Lo del desván.

—No hay nada que...

—Imogen.

—Honoria, hay cosas que una dama...

—Imogen Thistlewood, hace ocho años que nos conocemos. Hace seis que me debes una historia que valga la pena. Ahora la tienes. Y no pienso soltarte hasta que me lo digas.

Imogen suspiró. Se miró las manos. Una sonrisa le asomó a la boca contra su voluntad.

—Los tratados no lo explican bien —dijo.

Honoria dejó escapar un chillido tan agudo que la modista, que esperaba en el vestíbulo con la tela, abrió la puerta con alarma, y hubo que inventarse a toda prisa que Honoria había visto una araña.

El vestido que le diseñaron entre las dos fue de seda verde esmeralda, de escote generoso y cintura alta, con una sobrefalda de gasa plateada que cambiaba de color con la luz y una máscara a juego, cubierta de plumas de pavo real, sujeta con cintas de terciopelo.

Honoria se disfrazaría de Diana cazadora, con un arco de cartón dorado y una media luna sobre la frente.

Lord Thistlewood, con gran entusiasmo, había decidido ir de Linneo, con peluca empolvada, levita de terciopelo y un frasco de especímenes que llevaría colgado al cuello, y había declarado que pensaba pasarse toda la velada explicando la clasificación de los líquenes a quien quisiera escucharlo.

Mrs. Pennywhistle, convocada a consejo, había aportado el dato de que el chaleco de sir Hugo, según la cocinera de su cocinera, tenía un hermano gemelo en color remolacha que se reservaba para las grandes ocasiones.

—Y el señor Marsh —dijo Honoria, sin la menor transición, mientras le abrochaba el último corchete—, vendrá como mi primo segundo, el señor Marsh de Portsmouth. Mi madre no hace preguntas sobre los parientes lejanos. Los desprecia a todos por igual.

—Tú lo has pensado todo.

—Llevo una semana sin otra cosa que hacer —dijo Honoria con una sonrisa radiante—. Es lo más divertido que me ha pasado en mi vida. Prométeme que cuando todo esto termine me llevarás a ver un barco.

—Te lo prometo.

—Y que me presentarás a ese señor Quill de las gafas. Tengo la impresión de que lee poesía.

Imogen soltó una carcajada. Era la primera vez en días que no sentía el nudo de la preocupación bajo las costillas.

Esa noche, tras la cena, cuando lord Thistlewood se hubo retirado con una infusión de valeriana y Mrs. Pennywhistle hubo anunciado con voz alta que se iba a dormir y que no pensaba bajar por nada del mundo, Gideon y Quill se reunieron con ella en la biblioteca para repasar el plan.

Habían extendido sobre la mesa grande un plano que Quill había dibujado de memoria, a partir de las declaraciones de un criado de Grosvenor Square que cobraba medio chelín por cada chismorreo: la casa de lord Ravenscar, tres plantas, vestíbulo, salón de baile en el piso principal, comedor a la derecha, el despacho del vizconde en el segundo piso, esquina oeste, con una caja fuerte detrás de un óleo de una fragata en plena tormenta.

—La orden está ahí —dijo Quill, golpeando el plano con un dedo largo—. Lo han visto guardar papeles. Un criado dice que la abre cada primer sábado de mes. Y esta vez cae justo el día del baile.

—No sé si es suerte o trampa —murmuró Gideon.

—Una puerta se abre sola —dijo Imogen—. Se comprueba si hay alguien detrás, y se cruza igualmente.

—Es una frase tuya.

—Es una frase muy buena.

Gideon la miró. En su rostro se leían a la vez el orgullo y la preocupación, y eso la conmovió.

Se puso en pie, apoyó las manos en la mesa y repasó el plan en voz baja: él entraría como el primo de Honoria, enmascarado, y esperaría hasta que Ravenscar estuviera ocupado en el salón de baile.

Quill estaría de lacayo, con una librea prestada y una bandeja de champán, y le abriría la puerta de servicio de la escalera trasera.

Ravenscar no conocía a Quill ni lo había visto jamás.

Con la gente del servicio, Ravenscar no se fijaba.

—Imogen —dijo, volviéndose hacia ella, con la voz repentinamente dura—. Tú no subirás al despacho.

—Ya lo sé.

—No te acercarás a la escalera. No te apartarás de lord Thistlewood. Y si algo sale mal, si oyes una alarma, si ves a un hombre moverse hacia ti...

—Me agacharé —dijo ella con paciencia—. Y correré. Y no discutiré.

—Eso.

—Lo he memorizado.

—Entonces, buenas noches —dijo Gideon, ablandándose a pesar de sí mismo—. Quill, gracias por el plano.

—Los criados dicen que baila usted como un oso, capitán —dijo Quill, enrollando el papel con deliberada lentitud.

—¿Cómo dices?

—Que los criados de Ravenscar comentan que el primo de la señorita Blythe tendrá que bailar, para no llamar la atención. Y el capitán nunca ha bailado un vals en su vida.

—He bailado.

—Una vez, en Kingston, con la mujer de un gobernador. Se rompió el pie.

—Fue un accidente.

—Con un pisotón. —Quill se encogió de hombros con una expresión de santidad—. Digo yo que alguien debería enseñarle antes del sábado. Si me disculpan, voy a ver si la señora Pennywhistle tiene algo de cena para un hombre trabajador.

Salió con aire satisfecho, y cerró la puerta tras de sí.

Se hizo un silencio breve. Imogen miró a Gideon. Gideon miró el plano.

—Yo puedo enseñarte —dijo ella.

—Imogen, no hay música.

—Yo sé tararear.

—Tu padre...

—Duerme con valeriana. No se despertaría ni con un cañonazo.

Gideon alzó los ojos, y en ellos había una chispa de diversión y de algo más oscuro, más cálido.

—Es una mala idea.

—Es una idea espléndida.

—Es una idea que acabará mal.

—Eso espero —dijo ella, con un candor tan feroz que él se echó a reír.

Apartaron la mesa contra la pared. Imogen encendió dos velas, las puso sobre la chimenea, y se plantó en el centro de la alfombra con las manos extendidas. Gideon se acercó con una cautela exagerada, pisando la alfombra como si estuviera minada.

—La mano derecha aquí —dijo ella, y le colocó la palma abierta en su espalda, justo debajo del omóplato—. La izquierda, con la mía. Más arriba. No tan rígido. No estás en posición de firmes.

—Lo estoy.

—Estás en posición de fusilamiento. Relaja los hombros.

—Eso es imposible con una dama tan cerca.

Imogen alzó la vista. Estaban a un palmo de distancia. Con la mano de él en la espalda, ella sentía el calor de la palma a través del vestido, y la forma en que los dedos, grandes y callosos, se curvaban sobre su columna con una delicadeza deliberada.

—Uno, dos, tres —dijo, y empezó a tararear.