El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Gideon se retiró con cuidado, se tendió de costado y la atrajo contra su cuerpo, con el brazo sano alrededor de su cintura y la barbilla apoyada en su pelo.

Imogen se acurrucó contra su pecho. Podía oír su corazón, todavía rápido, bajo la oreja.

Fuera, en el puerto, sonó una campana de barco, y luego otra, y el rumor lejano de los mástiles meciéndose bajo el viento llegó hasta la ventana como un susurro.

—Gideon.

—Dime.

—Creo que ya sé por qué los tratados no lo explican.

—¿Por qué?

—Porque no hay palabras para esto.

Él rió bajito, y le besó el pelo, y se quedaron así, enlazados bajo la colcha de retales, mientras la vela se consumía en la caja de madera.

Hablaron en susurros. Él le contó cómo era la casa de su madre en Portsmouth, con una ventana desde la que se veían los mástiles de la flota, y cómo de niño se quedaba despierto contando faroles.

Ella le habló de su madre, de la concha, del invernadero.

Él le dijo que jamás había querido a nadie, que en los puertos hay mujeres amables que no piden nada, y que nunca había sentido nada parecido a aquello.

Ella le dijo que le importaba muy poco el pasado.

Se besaron otra vez, con calma, y la calma duró tanto como un suspiro, porque a Imogen le había vuelto el hambre y a Gideon, con un gruñido de sorpresa, también.

Hicieron el amor de nuevo, ahora con más lentitud, con menos temor y más descaro, él detrás de ella, abrazándola con una mano sobre el pecho y otra entre las piernas, ella arqueándose contra su cuerpo y mordiendo la almohada para no despertar a la viuda Maggs ni al vecindario entero.

El muelle del catre cantó de principio a fin.

Se durmieron por fin, ya sin fuerzas, con las piernas entrelazadas, a la hora gris en que el cielo empieza a clarear detrás de los mástiles.

Los despertó el propio Quill, que golpeó la puerta con los nudillos tres veces, esperó un tiempo discreto y declaró desde el otro lado, con una voz neutra, que el carro estaba abajo y que traía un abrigo de repuesto para la señorita.

Imogen se incorporó de un salto con la colcha apretada contra el pecho y el pelo hecho un nido.

Gideon, medio dormido, murmuró algo sobre mujeres que jamás permiten dormir a un hombre herido.

Se vistieron con una prisa llena de risas ahogadas, tropezando el uno con el otro, y Gideon le abrochó los botones del chaleco con una sonrisa tonta, y le besó la punta de la nariz, y Imogen, que se había creído inmune a las sonrisas tontas, descubrió que también ella tenía una.

Volvieron a Richmond en un carro de panadero, entre sacos de harina y barriles de levadura, con Quill sentado en el pescante junto al conductor y la mano de Gideon bajo la colcha de Imogen, apretando la suya durante todo el camino.

El sol salió sobre los campos cubiertos de escarcha.

Imogen, apoyada en el hombro de él, con los párpados pesados y el cuerpo dolorido de maneras nuevas y deliciosas, pensó que no recordaba haber sido nunca tan feliz y que debería sentirse más culpable.

Mrs. Pennywhistle los esperaba en la puerta de la cocina, con los brazos cruzados y una expresión indescifrable. Miró a Imogen de arriba abajo. Miró a Gideon, que bajaba del carro con un vendaje bajo la camisa. Alzó una ceja.

—El señor está desayunando —dijo—. Cree que usted ha pasado la noche en casa de la señorita Blythe, que se le declaró una jaqueca. Y que el señor Marsh ha ido a por cuerdas.

—¿Cuerdas?

—Yo lo he inventado. Soy sorda de un oído, no tonta.

—Mrs. Pennywhistle —dijo Imogen, emocionada—. Es usted un tesoro.

—Soy una mujer que ha visto cosas —dijo la cocinera, con un gesto de fatiga—. Pase a lavarse. Tiene hollín hasta en las orejas. Y señor Marsh, usted en el cuarto del desván. Ahí encontrará una camisa limpia. Y una venda nueva, que esa tiene un aspecto vergonzoso.

Subieron cada uno por su escalera, con el corazón saltándoles de alegría, y apenas había terminado Imogen de lavarse la cara y ponerse un vestido limpio cuando oyó un coche en el camino.

Se asomó a la ventana. En la verja, apeándose de un cabriolé con un sombrero florido y una expresión de entusiasmo desbordado, estaba Honoria Blythe, que saludaba con la mano y llevaba bajo el brazo un sobre de papel grueso, con un sello rojo.

Imogen bajó las escaleras corriendo.

—¡Honoria!

—¡Imogen! ¡Imogen, querida! ¡No te vas a creer lo que ha pasado! —Honoria irrumpió en el vestíbulo, la agarró de las manos y le plantó el sobre delante de la cara—. Mi madre ha conseguido invitaciones. Para ti, para tu padre y para mí, y para todo Richmond. Es el baile del año.

—¿Qué baile?

—¡El de lord Ravenscar! —chilló Honoria, con ojos desorbitados—. Un baile de máscaras. En su casa de Grosvenor Square. El sábado. Dicen que habrá doscientos invitados, y que ha traído seis violinistas de Viena, y que...

Imogen no oyó el resto. Sintió que se le helaba la sangre, y luego que se le encendía.

Alzó la vista hacia lo alto de la escalera, donde Gideon se había detenido con una camisa limpia en la mano, el cabello húmedo y los ojos fijos en el sobre.

Le devolvió una mirada larga, intensa, en la que ella leyó lo mismo que sentía.

Una puerta se había abierto sola.