El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Gideon. —Lo agarró por la nuca y lo obligó a mirarla—. Si me preguntas otra vez, te tiro por la ventana.

Él rió y le desabrochó los pantalones.

Se los quitó despacio, junto con la ropa interior, y ella cerró los ojos con fuerza, con el rubor extendiéndosele por el cuello, el pecho, el estómago.

Sintió el aire frío en las piernas desnudas.

Sintió el peso del colchón hundirse cuando él se movió.

Sintió sus manos recorriéndole los muslos desde las rodillas hasta las caderas, con palmas anchas y callosas, deteniéndose, acariciando, explorando, y cuando por fin le separó las piernas con suavidad y se inclinó sobre ella, abrió los ojos, sobresaltada.

—Gideon, ¿qué...?

—Confía en mí.

Sus labios se posaron en la cara interna del muslo.

Después más arriba. Imogen contuvo la respiración.

Cuando la lengua de él la tocó, un golpe de placer tan violento le recorrió el cuerpo que gritó, y se tapó la boca con ambas manos para ahogar el sonido.

Gideon la sujetó por las caderas. La besó allí, con una lentitud que la volvía loca, recorriéndole los pliegues húmedos con la punta de la lengua, buscando el centro de su placer y rodeándolo, lamiéndolo, apretándolo con los labios, y Imogen se retorció, y gimió, y arqueó la espalda, y le enredó los dedos en el pelo sin saber si lo apartaba o lo atraía más hacia sí.

Una tensión nueva le crecía en el vientre, un nudo ardiente que se apretaba más a cada caricia.

Sintió que algo se acercaba, algo enorme, inabarcable, un oleaje que subía desde las profundidades de su cuerpo y que no sabía cómo detener.

—Gideon... Gideon, no sé... voy a...

—Déjate ir —murmuró él contra su piel.

Deslizó un dedo dentro de ella, con mucha cautela, y la tensión estalló.

Imogen gritó. Un espasmo violento, dulce, ardiente, le sacudió el cuerpo entero desde el vientre hasta los dedos de los pies, y durante varios segundos no vio nada, no oyó nada, no sintió más que una luz blanca y un latido profundo, rítmico, que le contraía las entrañas alrededor de los dedos de él.

Cuando por fin volvió en sí, estaba temblando de la cabeza a los pies, con las mejillas mojadas de lágrimas y el pecho agitado, y Gideon se había incorporado y la miraba con una expresión de ternura tan absoluta que le dolió.

—¿Estás bien? —susurró.

—No sé —dijo Imogen, y se echó a reír entre sollozos—. No sé si estoy viva. ¿Eso era lo que...? ¿Eso es lo que pasa?

—A veces —dijo él, sonriendo, y le apartó el pelo de la cara—. Con suerte.

—Los tratados no lo explican bien.

—Los tratados los escriben hombres que no lo han intentado.

Se rió otra vez, y lo besó, y notó en la boca de él su propio sabor, salado y desconocido, y se sintió más viva de lo que había estado nunca.

Le puso las manos en el pecho, lo empujó con suavidad para que se tumbara de espaldas sobre las sábanas, y se sentó a horcajadas sobre sus caderas, con las rodillas hundidas en el colchón, el pelo cayéndole como una cortina oscura a ambos lados de la cara.

—Ahora tú —dijo.

—Imogen, no hace falta...

—Quiero. —Le desabrochó los pantalones con dedos torpes y trémulos—. Quiero verte. Quiero tocarte. Quiero saber cómo eres.

Gideon cerró los ojos y soltó un suspiro ronco. Alzó las caderas para que ella pudiera quitárselos, y cuando quedó desnudo ante ella, Imogen se quedó mirándolo con tanta fijeza que él, avergonzado a su vez, murmuró algo sobre las cicatrices.

—No me importan las cicatrices —dijo ella—.

Me gustan. Cada una es un mapa. —Pasó las yemas de los dedos por una línea irregular que le cruzaba las costillas—.

Esta es una isla. Y esta es un arrecife.

Y esta... —Recorrió con la mano el abdomen duro, tensado, hasta el vello oscuro del bajo vientre—.

Esta es la parte del mapa que no estaba en los atlas.

—Imogen —gimió él, con la voz rota.

Ella lo rodeó con la mano. Era duro y caliente, aterciopelado, más grande de lo que le había parecido en las láminas, y se estremeció al notarlo palpitar en su palma.

Lo acarició despacio, con curiosidad, observando cómo se le tensaban los músculos del cuello a Gideon, cómo echaba la cabeza hacia atrás y cerraba los puños sobre las sábanas, cómo se le entrecortaba la respiración.

Lo exploró con las yemas de los dedos, con toda la meticulosidad con que habría estudiado un manuscrito nuevo, y descubrió que cuando pasaba el pulgar por la punta él soltaba un sonido grave y quebrado que le provocaba a ella un calor húmedo entre los muslos.

—Para —jadeó Gideon—. Para, o esto va a terminar antes de empezar.

—¿Eso se puede?

—Contigo, sí.

Ella sonrió con una satisfacción tan franca que él, a pesar de todo, se echó a reír, la agarró por la cintura y la hizo rodar bajo su cuerpo con un movimiento tan ágil que Imogen soltó un chillido.

Quedó tendida de espaldas, con él encima, apoyado sobre los antebrazos, los muslos entre los suyos, el pecho rozándole los pechos.

—Voy a hacerte daño —dijo él, serio otra vez—. Al principio. No puedo evitarlo. Pero seré lento.

—Lo sé.

—Si quieres que pare...

—Me lo prometiste. No volverás a preguntármelo.

—Te lo preguntaré mil veces —dijo Gideon, con una sonrisa temblorosa—. Es mi privilegio.

Se colocó entre sus piernas y empujó con lentitud.

Imogen sintió una presión extraña, una plenitud que se abría paso despacio, y contuvo la respiración.

Gideon se detuvo. La miraba con los ojos entrecerrados, con el sudor perlándole la frente, y ella notó los músculos de sus brazos temblando por el esfuerzo del control.

—¿Bien?

—Sí. Sigue.

Siguió. Un poco más. Una punzada breve, afilada, le arrancó un gemido, y se aferró a sus hombros, y él se quedó inmóvil, jadeando, sosteniéndola con los ojos.

—Respira —murmuró—. Respira, mi amor. Ya casi está.

Mi amor. La palabra le resonó en el pecho.

Imogen cerró los ojos, respiró hondo y se relajó, y entonces él se hundió del todo en ella, con un gemido ronco que le salió de lo más profundo del pecho.

Se quedaron inmóviles. Imogen sentía una plenitud extraña, caliente, dolor y asombro a un tiempo, el cuerpo de él dentro del suyo, los latidos de ambos sincronizándose poco a poco.

Abrió los ojos. Gideon tenía la frente apoyada contra la suya y las pestañas húmedas.

—Estás llorando —susurró.

—Un poco.

—¿Por qué?

—Porque nunca pensé que podría tener esto —dijo él, con la voz rota—. Nunca pensé que merecía tenerlo.

Imogen le tomó la cara entre las manos y lo besó con una ternura tan honda que él se estremeció.

—Te lo mereces —susurró—. Te lo mereces todo.

Se movió. Una vez, despacio, con un balanceo suave de caderas, y descubrió que el dolor había cedido y que debajo había algo distinto, un roce profundo y lento que le arrancó un suspiro.

Gideon la miró con los ojos muy abiertos y empezó a moverse con ella, con una cadencia pausada, atenta, observándole la cara, midiendo cada gesto.

El catre cantó a su ritmo, un quejido de muelle viejo, y esta vez ninguno de los dos se rió.

Imogen le rodeó la cintura con las piernas.

Lo atrajo hacia sí. Descubrió que si alzaba las caderas en cierto ángulo el roce se volvía más intenso, que si le clavaba las uñas en la espalda él gemía su nombre con una desesperación deliciosa, y que cada embestida lenta, profunda, reavivaba la tensión ardiente que se le había apagado hacía un momento y que ahora regresaba, más grande, más voraz.

—Gideon —jadeó—. Más. Por favor.

—Imogen... —Su voz sonó ronca, entrecortada—. Dios, no voy a poder...

—Yo tampoco. Ahora. Ahora.

Aceleró el ritmo. Ella lo siguió con las caderas, sintiendo cómo la tensión crecía y se apretaba, y de pronto se rompió, otra vez, un estallido de luz y calor que le arqueó la espalda y le arrancó un grito ahogado contra el hombro de él, con las contracciones sacudiéndola de dentro afuera.

Gideon gimió su nombre con una voz que ya no parecía suya.

Embistió una vez más, hondo, y se quedó rígido sobre ella, con todos los músculos tensos, estremecido por un temblor largo que le recorrió la espalda, y se derrumbó sobre su pecho con la respiración rota.

Pasó mucho rato antes de que ninguno de los dos pudiera hablar.