El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

La viuda Maggs resultó ser una mujer redonda y pequeña, con las mejillas rojas como manzanas, un gorro de dormir de encaje y una expresión de profunda indiferencia ante cualquier acontecimiento que no implicara el precio de la brea.

Abrió la puerta de la tienda en camisón y con un candelero en la mano, miró a Quill, miró al hombre ensangrentado que se apoyaba en su hombro, miró a la muchacha de pantalones y pelo suelto que los seguía, y no dijo una sola palabra.

Se apartó para dejarlos pasar. Después cerró la puerta con tres cerrojos, subió delante de ellos por una escalera angosta y abrió una puerta baja en el último piso.

—Ahí —dijo, con voz de gaviota—. Agua en la jarra. Vendas en el cajón. Brandy en la botella. No hagan ruido con la cama, que tiene un muelle que canta.

Y se fue arrastrando las zapatillas, sin esperar respuesta.

Quill dejó a Gideon sentado en el borde del catre, le tocó el hombro sano con una torpeza afectuosa y murmuró que se llevaría los papeles a la Alondra para guardarlos en la caja fuerte del barco, que volvería antes del amanecer con un carro, que la señorita no debía preocuparse por nada.

Imogen, que ya se había arrodillado ante el cajón y buscaba las vendas, le dijo que no se preocuparía.

Quill vaciló en la puerta. Miró a su capitán.

Miró a la señorita. Se ajustó las gafas, que habían sobrevivido al río por puro milagro, y salió sin una palabra más, con una prudencia repentina.

Se quedaron solos.

El cuarto del desván era pequeño y estaba helado.

Tenía un techo inclinado tan bajo que Gideon tuvo que agachar la cabeza para no golpearse con una viga, una ventana diminuta que daba a los mástiles de la dársena, una mesa coja con una palangana y una jarra de loza, un catre de hierro cubierto con una colcha de retales y una vela sobre una caja de madera que hacía las veces de mesilla.

A Imogen le pareció la habitación más hermosa que había visto en su vida.

Se arrodilló junto a él con la palangana en las manos y un trapo limpio.

—Quítate la chaqueta.

—Puedo hacerlo solo.

—Con un brazo no puedes.

Él obedeció. Se deshizo de la chaqueta con una mueca, y luego de la camisa, que se le había pegado a la herida y que Imogen tuvo que despegar con paciencia, mojando la tela con agua tibia hasta que se soltó.

La sangre se había secado en una mancha oscura que le recorría el brazo desde el hombro hasta el codo.

Debajo, en la parte externa del bíceps, se abría un surco largo y poco profundo, una raya roja y fea donde la bala le había arrancado la piel sin entrar en el músculo.

—Es un rasguño —dijo Gideon.

—Es un surco.

—Un surco superficial.

—Ha estado a una pulgada de tu pecho —dijo ella, y notó que le temblaban las manos y que su voz salía más baja de lo que pretendía—. Una pulgada.

Gideon alzó el brazo bueno y le sostuvo la muñeca.

—Imogen.

—Cállate. Estoy limpiándote la herida.

Lo hizo en silencio. Limpió la sangre con el trapo, despacio, con la mayor suavidad de que fue capaz.

Echó brandy en el surco y él siseó entre los dientes y no se quejó.

Extendió un ungüento que Mrs. Maggs había dejado en un tarro, lo cubrió con una gasa, lo vendó con una venda de lino, dando vueltas alrededor de su brazo con las manos firmes y la mirada fija en lo que hacía.

Ató el nudo. Lo apretó. Y entonces, cuando ya no tuvo nada más que hacer con las manos, se quedó mirándolas, y descubrió que no podía levantar los ojos.

—Imogen —dijo él, con mucha suavidad—. Mírame.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque si te miro voy a llorar.

—Entonces llora.

—No quiero llorar. Quiero ser valiente. Quiero ser la mujer que se tira por los tejados y se ríe debajo de un barco.

—Se le quebró la voz—. Pero cuando he oído el disparo, Gideon, y te he visto caer, me he dado cuenta de que...

de que sería capaz de... de cualquier cosa para que no te pasara nada.

Y eso me asusta mucho más que Ravenscar.

Gideon le puso la mano sana debajo de la barbilla y le levantó la cara.

Tenía los ojos húmedos. La luz de la vela le dibujaba sombras en las mejillas y le brillaba en las pestañas, y a ella le dolió el pecho al comprobar lo hermoso que era, con aquel rostro desfigurado por una nariz torcida, una cicatriz en la ceja y una barba de dos días, y aquella mirada de plata líquida fija en ella como si fuera la única cosa del mundo que valía la pena mirar.

—A mí también me asusta —dijo—. Más de lo que me ha asustado nada en cinco años.

—¿El qué?

—Esto. Tú. —Le acarició la mejilla con el pulgar—.

Llevo tanto tiempo con la vida reducida a lo mínimo, Imogen.

Un barco, una tripulación, un propósito.

Y de pronto estás tú, con tu atizador y tu té y tus signaturas, y me das una razón para querer sobrevivir que no sea la venganza. No sé qué hacer con eso.

—Puedes besarme —susurró Imogen.

—Imogen...

—Puedes besarme, Gideon. Y puedes no parar.

Él cerró los ojos un instante, como si le doliera. Cuando los abrió, la duda había desaparecido de su cara, y quedaba algo más oscuro, más profundo, tan intenso que a ella se le cortó la respiración.

—Si te beso —dijo despacio—, no voy a poder parar. Y quiero que lo sepas antes. Quiero que lo pienses. Después de esta noche no habrá marcha atrás para ninguno de los dos.

—No quiero marcha atrás.

—Eres una dama de buena familia. Tienes una reputación...

—Mi reputación se fue por el tejado de Pryce y Ottley hace tres horas.

Gideon rió con un temblor, apoyó la frente contra la suya y respiró hondo. Imogen le puso las manos en las mejillas.

—Tengo veinticuatro años —dijo—. He leído tratados, he visto láminas, he hablado de todo esto con Honoria en voz baja detrás de una columna.

Pero no sé nada. Sé que quiero que seas tú.

Sé que quiero que sea esta noche. Y sé que si me dices que no, me iré a dormir al suelo con mucha dignidad y mañana te lo reprocharé durante todo el desayuno.

—Eso sería una tortura —admitió él.

—Soy implacable.

La besó.

Fue un beso lento, diferente de todos los anteriores.

No había urgencia en él, ni desesperación, ni prisa de manzano ni apuro de baúl.

Gideon le tomó la boca con una calma que parecía encerrar toda la paciencia de cinco años, recorriéndole el labio inferior con la lengua, probándola, aprendiéndola, mientras con la mano libre le deshacía el nudo del pelo y se lo extendía sobre los hombros.

Imogen dejó escapar un suspiro entrecortado.

Se agarró a sus hombros desnudos. Notó los músculos duros, calientes, la piel cubierta de cicatrices, el pulso desbocado que le latía bajo la clavícula.

—Dime si algo te incomoda —murmuró él contra su boca—. En cualquier momento. Si te asusta, si te duele, si no te gusta. Me lo dices y paro.

—Vale.

—Prométemelo.

—Prometo ser razonable.

—No he pedido razonable...

—Prometo ser sincera —dijo ella, sonriendo contra sus labios—. Es más fácil.

Se tendieron sobre el catre, que emitió un canto agudo y quejumbroso que los hizo reír a ambos, un gemido de muelle viejo, y Gideon dijo «Maldita sea la viuda Maggs y su sabiduría» y Imogen se echó a reír con tantas ganas que se le saltaron las lágrimas.

Después se quedaron callados. Gideon se apoyó sobre un codo, la miró desde arriba con el pelo negro cayéndole sobre la frente y le desabrochó el chaleco de paño marrón, botón a botón, con una lentitud deliberada.

Debajo, la camisa de lino se le pegaba al pecho con el sudor del miedo y de la carrera.

Él deslizó los dedos por el borde del cuello, la clavícula, la curva de los hombros, y empezó a abrirle la camisa.

—Eres preciosa —dijo.

—Tengo hollín en la cara.

—Eres preciosa con hollín en la cara.

Le sacó la camisa por la cabeza. Imogen sintió el aire frío del desván sobre la piel desnuda y un escalofrío le recorrió los brazos, y se cruzó las manos sobre el pecho por puro instinto, con las mejillas ardiendo. Gideon le tomó las muñecas con suavidad.

—Déjame mirarte.

—Me da vergüenza.

—Lo sé. Pero déjame.

Ella tragó saliva. Poco a poco, con un esfuerzo que le pareció titánico, bajó las manos.

Gideon la contempló en silencio. La luz de la vela le doraba la piel, le acentuaba las sombras entre los pechos, la curva de la cintura, la línea suave del vientre.

Ella vio cómo se le oscurecían los ojos.

Vio cómo le subía y le bajaba el pecho. Vio que le temblaba una mano al alzarla, y que la posaba, con extrema ligereza, sobre su costado, justo debajo del pecho izquierdo.

—Dios mío —murmuró—. No sé qué he hecho yo para merecer esto.

—Has aparecido en mi biblioteca a las dos de la madrugada —dijo Imogen, con la voz estrangulada—. Es un gran mérito.

Gideon sonrió. Inclinó la cabeza y le besó el hombro, la clavícula, el hueco de la garganta, y siguió bajando con la boca por el esternón hasta alcanzar el pecho izquierdo.

Cuando le rodeó el pezón con los labios, Imogen soltó un grito ahogado y arqueó la espalda sobre el colchón.

La sensación fue tan intensa, tan inesperada, tan distinta de lo que había leído en los tratados, que se le nubló la vista.

Gideon rodeó el pezón con la lengua, lo succionó con suavidad, lo mordisqueó apenas con los dientes, y ella enredó las manos en su pelo y gimió su nombre sin darse cuenta.

—¿Te gusta? —murmuró él, sin soltarla.

—Sí. Sí. Dios mío, sí.

—Dime qué sientes.

—Siento... —Imogen jadeó—. Siento que me estoy deshaciendo por dentro. Siento que me tiembla todo. Siento un calor aquí... —Se llevó la mano al vientre, más abajo—. Un calor que no sé... que me duele y me gusta a la vez.

—Eso es deseo —dijo él, con la voz ronca—. Es lo que tiene que ser.

Pasó al otro pecho. Le dedicó la misma atención lenta, minuciosa, hasta que Imogen se retorcía contra las sábanas y le clavaba las uñas en los hombros. Entonces la mano de Gideon bajó por su vientre, se detuvo en el botón de los pantalones de lana, y la miró.

—¿Sigo?

—Sí.

—¿Segura?