Capítulo 6 #3
Le dio la vuelta con una mano, la atrajo contra su boca y la besó.
Fue un beso mudo, ahogado, el más extraño de su vida.
Imogen sintió los labios de él sobre los suyos, la lengua que le recorría la boca con una calma deliberada, las manos que le sostenían la cara, y el estornudo que se le deshizo en la garganta convertido en un jadeo suave.
Él la besó hasta que la picazón desapareció, hasta que ella olvidó que existía, hasta que se encontró agarrada a su chaqueta con ambas manos, devolviéndole el beso con una avidez que le habría escandalizado una semana antes, con las piernas enredadas con las suyas en la oscuridad y el pulso desbocado.
Cuando se separaron para respirar, el guardián ya no estaba.
—Se ha ido —susurró Gideon, con la voz ronca.
—Ya lo noté.
—¿Estás bien?
—Creo que acabo de descubrir algo muy útil para los estornudos.
Él rió sin ruido, con la frente apoyada en su hombro, y a ella le dieron ganas de seguir en aquel baúl el resto de la noche.
Salieron arrastrándose, con las ropas llenas de pelusa de lona y los pelos revueltos, y cruzaron el almacén a oscuras, con la bolsa de manifiestos pegada al costado de Imogen. Subieron la escalera. Gideon abrió la trampilla y asomó la cabeza.
Se oyó un grito.
—¡Ahí! ¡En el tejado!
—¡Corre! —gritó Gideon, y la empujó fuera.
Lo que ocurrió después fue tan rápido que Imogen lo recordaría siempre como una sucesión de imágenes sueltas, sin orden.
El tejado inclinado, mojado de rocío, bajo sus pies.
Una pistola que disparaba en la calle y el silbido de una bala sobre su cabeza.
Gideon que la agarraba de la mano y tiraba de ella a lo largo del caballete.
Un salto, un grito, el vacío, y luego el golpe sordo de unas botas contra la cubierta de una gabarra cargada de heno, amarrada junto al muelle.
Los gritos que se acercaban. Ambrose Quill, con las gafas torcidas, apareciendo de la nada y empujando un bote hacia ellos con un remo.
Una segunda bala. Un gemido. Gideon cayó de rodillas en el fondo del bote y se agarró el brazo izquierdo.
—¡Gideon!
—No es nada. Rema, Ambrose. ¡Rema!
El bote se alejó de la orilla a golpe de remo.
Imogen, tendida sobre las tablas con la bolsa de lona apretada contra el pecho y el corazón estallándole, vio cómo la silueta del almacén se encogía a su espalda, cómo salían del muelle dos botes más con linternas, cómo las voces de los perseguidores se mezclaban con el chapoteo de los remos.
Quill remaba con fuerza de gigante, soltando una letanía de maldiciones cornuallesas con una voz que habría hecho persignarse a un obispo.
—¡Van a alcanzarnos!
—Hacia el Perseverance —jadeó Gideon, con una mancha oscura extendiéndose bajo la mano que le apretaba el brazo—. Ese carbonero de ahí. Pasa por debajo del bauprés.
—¡No cabemos!
—Cabemos.
Cupieron. A duras penas, con los remos recogidos y Quill maldiciendo en voz baja, deslizándose por debajo del bauprés de un carbonero enorme fondeado en medio del río, en un hueco oscuro y estrecho entre el casco y las amarras.
Se quedaron inmóviles. Los botes de los perseguidores pasaron a veinte metros, con sus linternas moviéndose de aquí para allá, sus voces gritando, y Imogen contuvo la respiración hasta que los vio alejarse, hasta que los reflejos de las linternas se apagaron, hasta que sólo quedó el chapaleo suave del agua contra el casco.
Entonces se echó a reír.
No pudo evitarlo. Fue una risa sacudida, histérica, que le salía sin permiso del pecho, y que tuvo que ahogar en el chaleco para no delatarlos.
Se le saltaron las lágrimas. Se dobló sobre las rodillas con el estómago convulso.
Quill, que seguía agarrado al casco del carbonero con los ojos clavados en la oscuridad, la miró con alarma.
—Capitán, creo que se ha vuelto loca.
—Está bien —dijo Gideon, que también sonreía, pálido y sudoroso, con un brazo ensangrentado—. Es el efecto de la primera vez.
—¿La primera vez de qué?
—De sobrevivir.
Imogen alzó la cabeza. Tenía las mejillas húmedas y la gorra de grumete perdida en algún lugar del río, y el pelo se le había soltado y le caía por los hombros en una maraña oscura.
Miró a Gideon, a Quill, al río plateado, a la ciudad que ardía de farolas en la distancia. Sintió que le hervía la sangre.
—Quiero volver a hacerlo —dijo.
—Dios nos libre —murmuró Quill.
Gideon, en cambio, la miró durante un largo momento con una expresión que ella no supo leer y que le hizo olvidar el frío, el miedo y la herida.
—No podemos volver a Richmond esta noche —dijo por fin—. Ravenscar tendrá hombres vigilando el camino. Y yo necesito que alguien me vende esto antes de que me desangre sobre el timón.
—Mi prima Maggs —dijo Quill—. La viuda Maggs, tiene una tienda de efectos navales en Wapping. Hay un cuarto en el desván. Es discreta. Es sorda. Es la mujer más discreta que conozco.
—¿Todas las mujeres de tu familia son sordas? —preguntó Imogen.
—Es una ventaja profesional —dijo Quill, y soltó el casco del carbonero, y empuñó otra vez los remos.