El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Bajaron al interior por una escalera de mano.

El almacén era una catedral de oscuridad.

Imogen, con la linterna sorda de Gideon como único guía, vio pasar a derecha e izquierda pasillos interminables entre estantes que llegaban hasta el techo, cargados de cajas, fardos, barricas, baúles cerrados con candados, rollos de lona, cestas de mimbre, un universo entero de mercancías ordenadas con una precisión absoluta.

Sus pasos resonaban demasiado. Su propia respiración le parecía un estruendo.

—Bóveda nueve —susurró.

—Por aquí.

Siguieron los rótulos de números pintados con cal sobre las vigas.

El cuatro. El seis. El siete. Y por fin el nueve, una sala cerrada con una puerta de roble que Gideon abrió con dos ganzúas y cuatro segundos de trabajo concentrado.

Dentro había una pequeña habitación de paredes revestidas de estantes, y en cada estante, ordenados con la misma perfección obsesiva, legajos atados con cintas rojas.

—Ciento catorce, columna B —murmuró Imogen, con los dedos temblando mientras recorría las etiquetas—. Ciento dieciocho... Aquí. Aquí están.

Eran cuatro legajos gruesos. Los bajó del estante con cuidado, y al abrir el primero apareció un papel con el membrete del Almirantazgo, sellado con lacre rojo y firmado, en la esquina inferior, con una rúbrica larga y elegante: T.

Ravenscar. Manifiestos de carga del Halcyon.

Fechas, cifras, nombres de barcos, y junto a cada partida una anotación que no figuraba en ninguna copia oficial: cuarenta y dos, para Kingston, entregar a Brant.

—Cuarenta y dos personas —dijo Imogen, con la voz rota.

Gideon no contestó. Estaba muy quieto, con la linterna en la mano y los ojos fijos en el papel, y ella vio cómo se le tensaban los músculos del cuello, cómo se le endurecía la mandíbula, cómo cerraba los puños sobre el filo de la estantería hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Gideon —murmuró.

—Estoy bien.

—No lo estás.

—Estoy bien —repitió, y respiró hondo, y al soltar el aire se le notó el temblor—. Guárdalos. Rápido.

Imogen los metió en la bolsa de lona que Quill le había dado, junto con una carta suelta que había caído de entre las hojas del último legajo.

La leyó a la luz de la linterna antes de guardarla: Milord: Los manifiestos permanecen a salvo en la bóveda nueve.

La orden original, como usted dispuso, sigue en su poder. Ottley.

—La orden —susurró—. La tiene él.

—En su casa —dijo Gideon, con la voz plana—. En su despacho de Grosvenor Square. Lo sospechaba.

Un ruido seco, metálico, resonó en alguna parte del almacén. Pasos. Una voz que murmuraba un estribillo desafinado y una llave que tintineaba en una cadena.

Gideon apagó la linterna de un soplo. La oscuridad cayó sobre ellos como una manta.

—El de la ronda —susurró—. Aquí no. Aquí no podemos estar.

—¿Dónde?

—Ahí.

Imogen sintió que le agarraba la muñeca y tiraba de ella.

Tropezó con algo blando, voluminoso, y se dio cuenta de que Gideon había abierto la tapa de un baúl enorme, de los que se usan para guardar velas de repuesto, y que el interior estaba lleno de rollos de lona.

Entró detrás de él, a tientas. Él cerró la tapa sobre sus cabezas con tanto cuidado que apenas crujió.

La oscuridad era total. Estaban metidos en un hueco que apenas era mayor que una cama estrecha, con los rollos de lona apilados alrededor, y Imogen no tuvo más remedio que quedarse tendida de lado, de espaldas contra los fardos, con el cuerpo de Gideon pegado al suyo desde los hombros hasta los pies.

Sintió su respiración en la nuca. Sintió el brazo que le rodeaba la cintura para sujetarse.

Sintió un muslo duro, caliente, que se apretaba contra sus nalgas por falta de otro sitio donde ponerlo.

Cerró los ojos, aunque no servía de nada.

Los pasos se acercaron. La voz del guardián cantaba ahora una cancioncilla obscena sobre una viuda y un barbero. Se detuvieron. Un taburete crujió. Un cuchillo cortó algo, un trozo de queso quizá, y empezó un ruido regular de masticación.

Se había sentado justo al lado del baúl.

Imogen apretó los labios. No se atrevía a moverse.

No se atrevía a respirar. Gideon le había puesto una mano plana sobre el vientre, quizá para mantenerla quieta, quizá por otra razón, y bajo la tela basta del chaleco ella sintió el calor de sus dedos abiertos, el peso de su palma.

Notó que se le erizaba la piel de los brazos.

Notó que un hormigueo largo y lento le bajaba por el vientre hacia un punto que, hasta aquella semana, había considerado puramente anatómico.

—No te muevas —susurró él, sin voz, con los labios casi pegados a su oreja.

Imogen asintió. Gideon deslizó el pulgar un centímetro, apenas, sobre el chaleco, en un movimiento tan leve que habría podido ser accidental.

Ella contuvo un temblor. Sus labios le rozaron la oreja, el lóbulo, la curva del cuello, con tanta suavidad que podía haberlos imaginado, y Imogen tuvo que morderse la lengua para no soltar un sonido.

Fuera, el guardián soltó un eructo, se limpió las manos en los pantalones y empezó a silbar.

La lona le hacía cosquillas en la nariz.

Tenía polvo en la garganta. Una picazón insoportable, tenaz, le subía por el interior de las fosas nasales, y Imogen comprendió con un horror lento que iba a estornudar.

Intentó apretar la nariz con los dedos. Intentó pensar en otra cosa.

Intentó recordar la declinación de mensa.

La picazón crecía. Notó que le lloraban los ojos.

Le tiró de la manga a Gideon, desesperada, y él, que lo entendió todo a la primera, hizo lo único que se le ocurrió.