Capítulo 6
Los pantalones del sobrino de Mrs. Pennywhistle le quedaban grandes en todas partes, menos en el único sitio donde Imogen habría preferido que le quedaran holgados.
Se miró en el espejo del cuarto de la cocinera entre el horror y la fascinación, entre las dos velas que Mrs. Pennywhistle sostenía a ambos lados como una sacristana.
Los pantalones de lana basta se le ceñían a las caderas con una exactitud escandalosa.
La camisa, remangada hasta los codos, le colgaba por los hombros.
El chaleco de paño marrón, abrochado hasta arriba, le aplastaba el pecho sin conseguir disimular del todo la forma que había debajo, y la gorra de marinero le caía sobre las orejas, con el pelo recogido bajo ella en un nudo tan apretado que le dolían las sienes.
—Está usted muy bien, señorita —dijo Mrs. Pennywhistle, con mucha solemnidad—. Parece un grumete.
—Parezco un grumete con una anatomía discutible.
—Eso se arregla con un poco de hollín en la cara y caminando con las piernas abiertas.
—¿Abiertas?
—Como un marinero. No como una dama. Así. —Mrs. Pennywhistle hizo una demostración, balanceándose de lado a lado con una gracia sorprendente para una mujer de sesenta años—. Y escupa de vez en cuando.
—No pienso escupir.
—Entonces no hable con nadie.
Imogen suspiró, se frotó una mancha de hollín en la mejilla y se miró otra vez.
Lo cierto era que, con el rostro tiznado y la gorra calada, tenía un aire bastante convincente de muchacho flaco y sin gracia.
Se movió ante el espejo de lado a lado, con las piernas arqueadas, y sintió una oleada tan inesperada de libertad que se echó a reír.
—Qué agradable es esto —dijo.
—Es la ropa —dijo Mrs. Pennywhistle—. Cuando una mujer se la pone, ya nadie le exige nada. Yo tuve un día de esos en mil ochocientos dos, cuando fui a buscar a mi marido a una taberna. Fue el mejor día de mi vida.
Salieron de la casa por la cocina, con lord Thistlewood roncando en el primer piso gracias a una infusión de valeriana que Mrs. Pennywhistle le había servido junto con el cacao de la noche («una gota, señorita, apenas una gota»).
Gideon las esperaba en el patio, vestido también de marinero, con una chaqueta de lana oscura y un gorro calado hasta las cejas.
Alzó la vista cuando ella apareció, y Imogen, que había ensayado una frase sarcástica, la perdió por completo.
Él la miró de arriba abajo. Tardó mucho en hacerlo. La mirada se detuvo en las piernas, subió despacio hasta las caderas, hizo una parada deliberada y breve en el chaleco, y llegó al fin a su cara, donde se quedó.
—No —dijo, con una voz extraña.
—¿No qué?
—No vas a salir así. Cualquiera que tenga ojos sabrá que eres una mujer.
—Mrs. Pennywhistle dice que parezco un grumete.
—Mrs. Pennywhistle necesita gafas.
—Es sorda de un oído, no ciega.
—Pues es ciega de los dos para esto. —Gideon se pasó una mano por la cara y soltó un suspiro largo—. Dios me valga. Vamos. Y camina como si fueras a una pelea.
Fueron andando hasta el embarcadero de Richmond, a través de campos oscuros y senderos que Imogen conocía de memoria y que de noche le parecían de otro país.
La luna estaba casi llena. Su luz dibujaba las copas de los olmos con una nitidez de grabado, y el Támesis, a lo lejos, brillaba como una cinta de plata.
Ambrose Quill los esperaba en el pontón con un bote ancho de remos largos, cubierto con una lona, y una linterna sorda que sostenía con dos dedos.
—Capitán. Señorita. —Se quitó el sombrero—. Marea a favor. Si remamos bien estaremos en Wapping antes de medianoche.
—¿Remamos? —preguntó Imogen.
—Yo remo, capitán rema, usted lleva el timón. Es sencillo. Se empuja la caña hacia el lado contrario al que se quiere ir.
—Eso suena a una filosofía de vida.
—Es una norma náutica. —Quill sonrió—. Aunque sirve para ambas cosas.
El río de noche era algo que ninguna lámina de las que había estudiado le había prometido.
Imogen se sentó a popa con la mano aferrada a la caña y el viento fresco en la cara, y vio pasar a ambos lados las orillas oscuras, las casas dormidas con una ventana encendida aquí y allá, los sauces que inclinaban las ramas sobre el agua.
El bote se deslizaba sin ruido apenas, con el golpe rítmico y sordo de los remos, el chorreo del agua en las palas, la respiración regular de los dos hombres.
A medida que avanzaban, el río se ensanchaba.
Aparecieron los puentes, uno tras otro, grandes arcos de piedra que les pasaban por encima como bocas abiertas, y bajo cada uno el eco de los remos se multiplicaba y se perdía.
Y luego, cuando se acercaban a la ciudad, algo se levantó en la oscuridad que le cortó la respiración.
—Dios mío —susurró.
Eran mástiles. Cientos de mástiles, miles, una selva negra y delgada de palos y vergas y jarcias que se alzaba sobre el agua en todas direcciones hasta perderse en la niebla.
Entre ellos, los cascos de los barcos dormían amarrados unos junto a otros, con sus faroles encendidos balanceándose como luciérnagas gordas.
A lo lejos sonaban campanas de buque y voces.
Era el Pool de Londres, el corazón comercial del mundo, y ella, que había trazado rutas hacia Calcuta con los ojos cerrados, no había imaginado nunca que fuera tan inmenso, tan vivo, tan indiferente a su existencia.
—Es hermoso —dijo.
—Es una cloaca con velas —dijo Quill.
—Es las dos cosas —dijo Gideon.
Imogen volvió la cabeza. Él había dejado de remar.
Tenía los remos alzados sobre el agua, con las palas goteando, y la miraba a ella, no al río.
La luz de un farol pasó sobre su cara y se la iluminó un instante: los ojos fijos, la boca entreabierta, una expresión de tal asombro tranquilo que a Imogen se le formó un nudo en la garganta.
—¿Qué? —preguntó, en voz baja.
—Nada —dijo él—. Que estás viendo por primera vez lo que yo he visto cada día de mi vida. Y me parece que nunca lo había visto yo.
Quill carraspeó con mucha atención y se concentró en el remo.
Amarraron en las escaleras de Wapping, junto a un pontón podrido, y subieron por una escalera resbaladiza hasta un callejón sin farolas.
Allí empezaba otra ciudad, o la misma ciudad desnuda: calles estrechas, casas inclinadas unas hacia otras como borrachos, tabernas de las que salían ráfagas de música y gritos, mujeres con los hombros al aire y los ojos cansados apoyadas en los quicios, marineros dando tumbos.
Imogen caminaba entre Gideon y Quill, con las piernas abiertas, la gorra baja y el corazón martilleándole contra las costillas, intentando parecer una persona a quien nadie quisiera mirar.
Una mujer de pelo rojo y vestido desabrochado le guiñó un ojo al pasar y le dijo «Guapo» con voz ronca.
Imogen se puso del color de una remolacha.
—No la mires —susurró Gideon, con un temblor en la voz que no era de miedo.
—Me ha llamado guapo.
—Te ha llamado lo que le convenía.
—Es la primera vez que me llama guapo alguien.
—No es verdad —murmuró él, tan bajo que apenas se oyó—. Te lo digo yo cada vez que te miro. Solo que no en voz alta.
Imogen tropezó. Gideon la sujetó del brazo con una mano firme y no la soltó hasta que llegaron al final del callejón.
El almacén de Pryce y Ottley ocupaba media manzana junto a la dársena de Limehouse.
Era un edificio de ladrillo de cuatro plantas, sin ventanas en la fachada, con unos portones de hierro cerrados con cadenas gruesas y una pequeña puerta lateral custodiada por un farol y un guardián que dormitaba sentado en un taburete con la barbilla sobre el pecho.
Desde la esquina opuesta, agazapados tras una pila de barriles, los tres estudiaron el edificio durante veinte minutos.
—Dos guardias en la puerta —murmuró Quill, que se había quitado las gafas y las había sustituido por una expresión de depredador—. Uno que ronda por el interior. Tres en total, según Pip, que estuvo ayer fingiendo ser un borracho.
—¿Y la entrada?
—Hay una trampilla de carga en el tejado del patio trasero. Se abre con un gancho. Capitán, yo iré por delante y haré un número en la taberna de enfrente para distraerlos.
—¿Qué clase de número?
—Cantaré. —Quill se llevó una mano al pecho con orgullo—. Tengo una voz muy afinada. Vengo de una familia de coro de iglesia.
—Ambrose —dijo Gideon, con infinita paciencia—. Cuando cantas, los perros aúllan.
—Por eso es una buena distracción.
Fue una distracción excelente. Imogen, desde la esquina, oyó cómo Quill se lanzaba al centro de la calle con una versión devastadora de una balada marinera sobre la hija de un molinero, y vio salir de la taberna a un grupo de hombres que lo rodearon riéndose, y a los dos guardias de la puerta del almacén que se miraron, se encogieron de hombros y cruzaron la calle a ver el espectáculo. Gideon le agarró la mano.
—Ahora.
Corrieron. Imogen sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Pasaron junto al almacén, doblaron una esquina, atravesaron un callejón estrecho que terminaba en un patio sin salida, y allí, sobre un montón de cajas apiladas, vio la trampilla del tejado, una compuerta de madera oscura a tres metros del suelo.
—Yo te subo —dijo Gideon.
—¿Cómo...?
Él la agarró por la cintura y la levantó como si no pesara nada.
Imogen se agarró al borde de la trampilla con ambas manos, y los músculos de los brazos le ardieron, y por un momento pensó que no podría, que se caería.
Entonces sintió una presión firme y cálida debajo de las nalgas, una palma de hombre que la empujaba hacia arriba sin la menor vergüenza, y se aupó, se arrastró por el borde y cayó de bruces sobre un suelo de tablas polvorientas.
Gideon subió tras ella con agilidad felina y cerró la trampilla sin ruido.
—No vuelvas a decirme que no tengo reflejos —susurró.
—No he dicho nada.
—Estabas a punto.
—Estaba a punto de agradecerte la mano.
—La mano ha sido por motivos puramente prácticos.
—Claro —dijo ella, y se sorprendió de poder bromear con las piernas temblándole.