Capítulo 5 #2
—Nosotros no vamos a ninguna parte. —Gideon se puso en pie de golpe, y la silla chirrió contra las baldosas—. Ambrose y yo iremos mañana por la noche. Usted se queda aquí.
—Sois dos hombres y ninguno sabe leer la signatura sin que le explique cómo.
—Ya nos lo ha explicado.
—Un sistema de archivo no se lee como un cartel. Hay excepciones, abreviaturas, volúmenes mal colocados. Yo me dedico a esto, señor Marsh. Si se equivocan de estante tardarán media hora en descubrirlo, y media hora en un almacén de Ravenscar es suficiente para que los cuelguen.
—Imogen.
—Dijo que me haría obedecerle en todo lo referente a mi seguridad. No dijo en todo lo referente a mi vida.
—Es lo mismo.
—No lo es. —Se plantó delante de él, con las manos cerradas a los costados—.
Si no voy, lo haréis mal. Si no voy, el libro no llegará a ninguna parte.
Si no voy, mi padre perderá la casa y vosotros acabaréis en Newgate, y yo me quedaré aquí catalogando líquenes con un pretendiente de chaleco amarillo. Prefiero arriesgarme.
—Capitán —dijo Ambrose con prudencia—. La señora tiene razón.
—Tú no te metas.
—Pero la tiene.
Gideon cerró los ojos. Respiró hondo. Fuera, en el patio, una gallina cacareó con indignación, y Mrs. Pennywhistle, con una entereza forjada en años de servir a gente que no escucha, dejó de pelar la patata, se secó las manos en el delantal y dijo en voz alta, sin dirigirse a nadie:
—Yo prepararé ropa de mozo. La del hijo de mi hermana. Le quedará grande, pero para eso están las cuerdas.
Gideon abrió los ojos, la miró y luego miró a Imogen.
—Esto es una conspiración.
—Sí —dijeron las dos.
Después de comer, cuando Ambrose se hubo marchado por el camino de atrás con su rueda de afilar y una cesta de pan que Mrs. Pennywhistle le había plantado en las manos, y lord Thistlewood se hubo retirado a su siesta con un tratado de musgos sobre las rodillas, Imogen encontró a Gideon en la biblioteca.
Estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, con los brazos cruzados.
Había cerrado las cortinas a medias. El sol de la tarde se colaba por la rendija y dibujaba una línea dorada sobre la alfombra.
—Estás enfadado conmigo —dijo ella.
—No.
—Tienes los hombros así.
—Tengo los hombros así porque quiero atarte a una silla y no puedo. —Se volvió. Tenía los ojos oscuros, tormentosos—. Tú no has visto lo que son esos hombres, Imogen. No has visto lo que hicieron con Tom. No quiero que te toquen. No quiero que te miren. No quiero que te conozcan.
Ella cerró la puerta tras de sí y echó el pestillo. No supo por qué lo hizo. Lo hizo con la mano, con el cuerpo, sin pensarlo, y cuando oyó el clic del cerrojo notó que él la miraba, y que ambos habían entendido lo mismo.
—Me importa muy poco que me miren —dijo, avanzando despacio—. Me importa que me mires tú.
—Imogen.
—Lo sé. Es una locura. Lo sé. Pero esta mañana en el desayuno me has rozado el tobillo bajo la mesa, y he estado a punto de ahogarme con una miga, y mi padre me ha preguntado si me pasaba algo y no he podido decirle que me pasa que me muero de ganas de que me beses otra vez.
Gideon cruzó la distancia que los separaba en dos pasos.
La levantó casi del suelo. La besó con una urgencia que le arrancó el aire de los pulmones, y Imogen se agarró a sus hombros mientras la espalda le chocaba contra las estanterías, y un tomo pesado de Linneo cayó al suelo con un estruendo que ninguno de los dos oyó.
Él tenía una mano en su nuca, otra en su cintura, y la boca recorriéndole la mandíbula, el cuello, el hueco sobre la clavícula, con una lentitud hambrienta que la hizo gemir.
Imogen le tiró de la camisa y le sacó los faldones de la cintura.
Encontró la piel caliente de su espalda, los músculos que se tensaban bajo sus palmas, las cicatrices que trazaban mapas irregulares en su costado. Gideon jadeó contra su garganta.
—Dime que pare —murmuró otra vez.
—Eso ya lo hiciste anoche. No funcionó.
Él rió, a su pesar, una risa quebrada, y apoyó la frente contra la de ella.
—Eres imposible.
—Soy una mujer con un atizador.
—Eres una mujer con un atizador que me va a matar.
La besó otra vez, y esta vez la subió contra los libros, y ella le rodeó la cintura con las piernas, con las faldas arremolinadas entre los dos, y sintió contra el muslo la dureza inconfundible de su cuerpo, y lo que le recorrió el vientre no fue vergüenza.
Fue un tirón profundo, líquido, que le hizo arquear la espalda y buscar con la cadera algo que no sabía nombrar.
Gideon dejó escapar un sonido ronco, casi doloroso.
—Imogen, si seguimos...
—¡Imogen! —tronó una voz al otro lado de la puerta—. ¡Imogen, querida! ¿Has visto mis lupas? ¡Las de aumento fuerte! ¡Estoy seguro de que las dejé en la biblioteca!
Se quedaron inmóviles. Tan inmóviles que Imogen oyó el latido de él contra su propio pecho, y los pasos de su padre arrastrándose por el pasillo, y el picaporte que giraba, giraba y se atascaba contra el pestillo.
—¿Imogen? ¿Está cerrada? ¡Qué extraño! ¿Imogen?
Gideon la depositó en el suelo con una delicadeza desesperada.
Ella se alisó las faldas con las manos temblorosas, se atusó el pelo, se frotó las mejillas ardientes.
Él se remetió la camisa y se pasó los dedos por el cabello, con una expresión de pánico tan franco que a ella le dieron ganas de reír y de llorar a partes iguales.
—Un momento, padre —gritó, con una voz que le salió muy aguda—. Es que... estoy ordenando... los atlas.
—¿A oscuras?
—Con las cortinas medio cerradas. Para proteger el pergamino de la luz.
—¡Qué mujer más cuidadosa! —exclamó lord Thistlewood, con auténtico orgullo—. Como tu madre.
Imogen descorrió el pestillo con dedos temblorosos y abrió la puerta.
Su padre estaba allí, con la bata abierta y el pelo revuelto de la siesta, y a su espalda un rayo de luz iluminaba la pelusa de las zapatillas.
Miró a su hija. Miró al señor Marsh, que se había situado junto a la mesa con un tomo de Linneo en las manos y una expresión de absoluta inocencia. Frunció el ceño.
—Estás muy colorada, querida.
—Hace calor.
—Es diciembre... ¿noviembre? Es noviembre.
—La chimenea, padre.
—Pero si no hay fuego.
—Es que se me ha olvidado encenderlo.
—Hum. —Lord Thistlewood se rascó la barbilla. Entró en la biblioteca arrastrando las zapatillas y miró a su alrededor con aire inquisitivo—. Marsh, muchacho, ¿ha visto mis lupas?
Gideon parpadeó. Bajó la vista, y el Linneo que sostenía en las manos reveló que, debajo de él, sobre el lomo del tomo, descansaban dos grandes lupas de latón.
—Aquí están, milord.
—¡Magnífico! ¡Sabía que usted las encontraría! —Lord Thistlewood las tomó con alegría infantil y se dirigió hacia la puerta. Al llegar al umbral se volvió—. Por cierto, Imogen. Lo he estado pensando. Marsh es un joven excelente, pero está tan pálido. Habría que darle más carne.
—Se lo diré a Mrs. Pennywhistle.
—Y más aire fresco. Paseos por el jardín. Sobre todo a la hora del crepúsculo.
Y salió, murmurando algo sobre los beneficios del aire de Richmond para la circulación, y cerró la puerta tras de sí.
Imogen y Gideon se quedaron mirando la madera cerrada. Después se miraron entre sí.
—Sabe algo —susurró él.
—Mi padre no sabe nada. Mi padre cree que las lupas se pierden por sí solas.
—Ha dicho «a la hora del crepúsculo».
—Es un hombre de costumbres.
Gideon dejó el tomo sobre la mesa y se tapó la cara con las manos. Los hombros le temblaban. Imogen, alarmada, dio un paso hacia él, y entonces comprendió que se estaba riendo, con una risa muda, sacudida, que le doblaba la espalda.
—Esto —dijo él, cuando consiguió hablar— es la peor operación militar que he dirigido en mi vida.
—Es la única que ha salido adelante sin disparos.
—Aún no ha terminado.
—No —admitió Imogen, y se puso de puntillas y le dio un beso breve, rápido, en la comisura de la boca—. Mañana por la noche, Limehouse. Y esta noche, pórtate bien en la cena.
—Prometo ser razonable.
—No he pedido razonable —dijo ella, devolviéndole su frase de la noche en que se conocieron, con una sonrisa que le hizo cosquillas a él en el estómago—. He pedido obediente.