Capítulo 5
El primer problema de besar a un hombre contra un manzano, descubrió Imogen, es que a la mañana siguiente hay que volver a mirarlo a la cara en el desayuno.
Lo había planeado con mucho cuidado. Bajaría las escaleras con la barbilla alta, saludaría a su padre con una sonrisa serena, tomaría su té con el aire de una mujer que no ha pasado la noche entera mirando el techo, y trataría al señor Marsh con la cortesía fría y razonable que una dama dispensa al secretario de su padre.
Había ensayado la cortesía frente al espejo. Le había salido bastante bien.
Todo el plan se vino abajo en el instante en que cruzó la puerta del comedor y lo vio de pie junto al aparador, sirviendo café con una seriedad impecable, la camisa de lino abotonada hasta el cuello y una mancha de corteza de manzano que se le había quedado en el hombro izquierdo y que nadie más había advertido.
Gideon alzó la vista. Sus ojos plateados se encontraron con los de ella, y Imogen sintió que las rodillas decidían, por su cuenta y sin consultarla, que ya no querían sostenerla.
—Buenos días, señorita Thistlewood —dijo él.
—Buenos días, señor Marsh.
—¿Ha dormido bien?
—Perfectamente. ¿Y usted?
—Como un tronco —mintió Gideon, con tanto aplomo que ella estuvo a punto de creerle, hasta que le tendió la taza y sus dedos se rozaron. Fue un contacto mínimo, de un segundo. Le recorrió el brazo entero, hasta el codo, y vio que él también apretaba la mandíbula.
—¡Imogen! —exclamó lord Thistlewood desde la cabecera de la mesa, con un periódico desplegado delante y una tostada olvidada en la mano—.
¿Has visto esto? Dicen que en Kew han descubierto un liquen nuevo en la corteza de un roble.
Un Lecanora, creo. Fascinante. ¿Te acuerdas de que yo siempre dije que... ?
Imogen se sentó, extendió la servilleta sobre las rodillas y escuchó con la mayor atención una disertación de diez minutos sobre los líquenes de Kew, mientras por debajo de la mesa algo le rozaba el tobillo.
Algo que no era el gato, porque la casa no tenía gato.
Algo que tenía la longitud de una bota de hombre.
Dio un respingo. Tosió.
—¿Te pasa algo, querida? —preguntó su padre.
—Una miga. Me he atragantado con una miga.
—Le serviré agua, señorita —dijo Gideon, con la voz más inocente del mundo, y le llenó el vaso con tal solemnidad que Imogen tuvo que clavarse las uñas en el muslo para no reírse.
Mrs. Pennywhistle entró en ese momento con una bandeja de huevos, los dejó en el centro de la mesa, miró a Imogen, miró a Gideon, volvió a mirar a Imogen y se marchó murmurando algo sobre la primavera, que no estaba a tres meses de allí y que, por tanto, no tenía ninguna razón de ser mencionada.
—Qué mujer tan rara —comentó lord Thistlewood.
—Sí, padre.
—Pero buena cocinera.
—Sí, padre.
Lo peor era que a Imogen le resultaba imposible disimular, y lo mejor era que a Gideon le ocurría exactamente lo mismo.
Había en el comedor una tensión tan visible que a ratos le parecía que alguien tenía que haberla notado, que la cubertería tintineaba sola, que el aire se había vuelto más espeso.
Sin embargo lord Thistlewood seguía leyendo sobre líquenes, y el reloj de pared seguía marcando las horas, y fuera, en el camino, una figura con sombrero calado seguía apoyada contra un poste sin moverse.
Fue Gideon quien la vio primero. Imogen lo supo porque dejó la jarra de café sobre el aparador con demasiada suavidad, con un gesto suave para no llamar la atención.
—Con su permiso, milord. Voy a revisar la leñera.
—Claro, muchacho, claro.
Salió por la puerta trasera. Imogen, que había contado hasta treinta, se levantó a su vez con la excusa de ayudar a Mrs. Pennywhistle, y lo siguió.
Lo encontró en la cocina, de pie junto a la ventana, con la espalda pegada a la pared y los ojos fijos en la puerta del patio. Alguien llamaba a ella, con tres golpes secos seguidos de dos más lentos.
—¿Quién es? —susurró Imogen.
—Espere.
Gideon abrió. En el umbral había un hombre alto y flaco, de unos cuarenta años, con un sombrero de ala ancha, un delantal de cuero lleno de manchas y a la espalda una rueda de afilar.
Llevaba unas gafas redondas con montura de alambre que le daban un aire de párroco desorientado.
Cuando vio a Gideon se le iluminó la cara.
—¡Capitán! —exclamó con un fuerte acento de Cornualles—. Gracias a Dios. Creíamos que estaba muerto.
—Ambrose. Cállate y entra.
El hombre entró, dejó la rueda en el suelo y se quitó el sombrero, y Imogen contempló con asombro cómo aquel espantapájaros de gafas abrazaba a Gideon con tanta fuerza que le levantó los pies del suelo.
—Quince días sin noticias. Quince. Los muchachos han apostado cuánto tiempo tardaría usted en dejarse atrapar. Yo aposté que nunca, y casi pierdo. ¡Dos libras!
—Ambrose, suéltame.
—Y menos mal que no me ha oído el bosun, que había apostado por Newgate.
—Ambrose.
—Sí, capitán.
Lo soltó. Entonces reparó en Imogen, que seguía de pie junto a la mesa de la cocina con un trapo en la mano, y las gafas redondas se movieron hacia ella con una expresión de suspicacia que habría hecho enrojecer a un inquisidor.
—¿Y esta señorita?
—La señorita Thistlewood. Dueña de la casa. Y del libro.
—¿Del libro? —Ambrose abrió la boca—. Capitán, ¿le ha contado...?
—Me lo ha contado todo —dijo Imogen—. Y también me ha contado que usted aposta por el capitán en los peores momentos. Es un detalle encomiable.
Ambrose parpadeó detrás de los cristales. Luego, muy despacio, una sonrisa le arrugó la cara de párroco.
—Tiene lengua —dijo.
—Tiene un atizador —corrigió Gideon.
—Eso también —admitió Imogen.
Se sentaron los tres en torno a la mesa de la cocina, con Mrs. Pennywhistle haciendo de portera junto a la ventana con un cuchillo de pelar en la mano, y Ambrose Quill, primer oficial del Halcyon en otro tiempo y ahora contramaestre, segundo al mando y bibliotecario involuntario de la tripulación de la Alondra, desplegó las noticias con tanta minuciosidad que a Imogen empezó a gustarle, a su pesar.
La Alondra estaba fondeada en Gravesend con una patente neutral y un cargamento de vino portugués para disimular.
Los hombres estaban inquietos. Dos de ellos, el cocinero y un grumete llamado Pip, habían bajado a tierra en Greenwich en busca de noticias y habían vuelto con la nariz rota porque alguien los había seguido hasta una taberna.
Ravenscar había puesto hombres en todos los muelles.
Y el diputado Fairweather, el hombre honrado, el que debía recibir las pruebas, había mandado un recado por medio de un tabernero amigo:
—Dice que el libro solo no basta —dijo Ambrose, mirando a Gideon con una incomodidad evidente—.
Que un registro privado, aunque lleve las iniciales del vizconde, es la palabra de un pirata contra la de un par del reino.
Necesita dos cosas más. Los manifiestos oficiales de carga, los que se sellaron en el Almirantazgo, y la orden original que hundió al Halcyon.
—Esa orden no existe en ningún sitio al que yo pueda llegar —dijo Gideon con voz sombría—. Ravenscar es demasiado listo para dejar un papel así a la vista.
—Los manifiestos sí —dijo Ambrose—. Mi primo, el de la aduana, me ha dicho que se guardan copias selladas en un almacén de Limehouse. Pryce y Ottley, importadores. Una tapadera. Es de Ravenscar, aunque no figure su nombre.
—¿Y cómo lo sabe tu primo?
—Porque lleva tres años sobornado por Ottley para que no mire ciertas cajas.
—Qué consuelo —murmuró Imogen.
Quill se acercó el libro de contabilidad, que Gideon había sacado del escondite del desván y colocado sobre la mesa, y lo abrió por una página cualquiera, con mucho cuidado, como si manejara una reliquia.
—El problema es que no sabemos en qué parte del almacén.
Es enorme. Cuarenta bóvedas, dicen. Ravenscar tiene un sistema para guardar sus papeles, y las cifras de estos márgenes son parte de él, pero ninguno de nosotros ha conseguido descifrarlas.
Yo llevo dos semanas intentándolo con una vela y una lupa y casi me quedo ciego.
—Déjeme ver.
Imogen tomó el libro. Había visto las cifras la noche en que lo leyó, columnas de números pequeños, escritos a lápiz junto a cada partida, con una letra distinta de la del contable: 9-114-B, 4-62-C, 9-118-B, 7-30-A.
En aquel momento las había tomado por una clave, una secreta, de esas que se inventan los hombres cuando juegan a ser peligrosos.
Ahora, con el libro abierto bajo la luz de la ventana y las tres miradas clavadas en ella, cayó en la cuenta de algo que le produjo un cosquilleo en la nuca.
—No es una clave.
—¿Cómo?
—No es una clave. Es una signatura. —Giró el libro hacia ellos y señaló con el dedo—.
Mirad. La primera cifra siempre es del uno al nueve.
La segunda va aumentando de manera ordenada, ciento catorce, ciento dieciocho, sesenta y dos.
Y la letra del final sólo es A, B o C. Es el mismo sistema que usa la biblioteca del Museo Británico.
Estante, folio, columna. Yo he catalogado los libros de mi padre así durante seis años.
Quien escribió esto no estaba ocultando nada.
Estaba anotando dónde había guardado cada documento.
Hubo un silencio en la cocina, y Mrs. Pennywhistle dejó de pelar una patata.
—Entonces —dijo Ambrose, con las gafas resbalándole por la nariz— el nueve...
—Es un estante o una bóveda. El nueve aparece en todas las partidas del Halcyon. Ciento catorce a ciento dieciocho, columna B. Son los manifiestos de aquel viaje, no me cabe la menor duda. Si alguien nos lleva a la bóveda nueve, sabremos exactamente qué sacar.
Ambrose se quitó las gafas, las limpió con el borde del delantal, volvió a ponérselas y miró a Gideon.
—Capitán, esta señora vale más que toda la tripulación junta.
—Lo sé —dijo Gideon, muy despacio, y en su voz había una expresión que a Imogen le provocó un calor incómodo en las mejillas.
—¿Cuándo? —preguntó ella.
—¿Cuándo qué?
—Cuándo vamos.