El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Imogen se llevó la mano a la boca para ocultar la risa que le estaba subiendo por la garganta.

Su padre, con la cara desencajada, empezó a murmurar disculpas.

Sir Hugo se sacudía la tela con un pañuelo, rojo hasta las orejas, y Gideon, con las manos juntas ante el pecho y la cabeza gacha, parecía la imagen de la contrición.

Sólo Imogen, desde su ángulo, pudo ver la comisura de su boca.

La visita terminó antes de lo previsto. Sir Hugo se despidió con una rigidez que no ocultaba su humillación, prometiendo regresar «en un momento más propicio». Cuando la puerta se cerró, Imogen se dejó caer en el sofá y se tapó la cara con las manos, con los hombros sacudiéndose.

—Imogen —dijo su padre, desconcertado—. ¿Estás bien?

—Perfectamente, padre —consiguió decir entre carcajadas—. Perfectamente.

Lord Thistlewood se frotó la barbilla. Había un temblor en sus manos que ella no le conocía, y Imogen dejó de reír.

—Querida, antes de que bajaras, sir Hugo y yo estuvimos hablando. Me ha pedido permiso para cortejarte. Formalmente. —Carraspeó—. Dijo que, si yo no tenía inconveniente, haría su proposición antes de Navidad.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Que lo consultaría contigo. Naturalmente. Ni se me ocurriría...

—Padre.

—Es un hombre de posición, Imogen. Buena casa.

Y las deudas, bueno, las deudas desaparecerían.

Y tú estarías cuidada. —Alzó los ojos, y eran tan tristes que a ella se le encogió el corazón—.

No te lo pediría si no creyera que es lo mejor para ti.

Pero tampoco te lo impondré. Tu madre no me lo perdonaría jamás.

Imogen se arrodilló junto a su sillón y le tomó las manos entre las suyas. Eran manos de erudito, finas y manchadas de tinta, y le pareció que pesaban menos que cuando era niña.

—No voy a casarme con él.

—¿Estás segura?

—Más que de cualquier otra cosa que haya dicho en mi vida.

Lord Thistlewood respiró hondo, como si le hubieran quitado de encima una piedra que llevaba semanas cargando.

—Entonces ya veremos cómo pagamos mil doscientas libras.

—Ya veremos.

—Se me ocurrirá algo. Venderé mi colección de líquenes.

—No vas a vender los líquenes.

—Tienes razón. Ni una libra sacaría por ellos. —Sonrió, y esta vez la sonrisa le llegó a los ojos—. Eres igual que ella, ¿sabes? Igual de terca.

Imogen le besó las manos y se puso en pie, porque estaba a punto de echarse a llorar y no quería que él lo viera.

—Si me disculpa, padre, voy a tomar el aire.

El jardín trasero de la casa no era gran cosa.

Tenía una hilera de rosales que su madre había plantado y que nadie podaba bien desde entonces, un banco de piedra cubierto de musgo y un manzano viejo, torcido por los vendavales, que daba cada otoño unas manzanas diminutas y ácidas que sólo comían los pájaros.

A Imogen le había gustado siempre a la hora del crepúsculo, cuando la luz se volvía de color miel y las sombras se estiraban sobre la hierba, y en aquellos días se había acostumbrado a pasear por allí cuando necesitaba pensar.

Esa tarde, sin embargo, no esperaba pensar.

Esperaba, quizá, que el aire frío le enfriara también las mejillas.

Lo encontró junto al viejo manzano, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en el cielo que se apagaba. Se había quitado la chaqueta de lacayo, y la camisa blanca se le pegaba a los hombros con la brisa fría. Imogen se detuvo a unos pasos de él, con el pecho todavía agitado por la risa.

—No debió hacerlo —dijo.

—Lo sé.

—Ahora sir Hugo sospechará.

—Sir Hugo sospechará que su secretario es un torpe. —Se volvió hacia ella—. No pude evitarlo. Estaba mirándola con tanta... —Se interrumpió, apretó la mandíbula—. No me gustó cómo la miraba.

—¿Y a usted qué le importa cómo me mira?

La pregunta salió más cortante de lo que ella pretendía. Gideon la sostuvo con la mirada y no contestó.

El viento movió las ramas del manzano. En algún lugar, lejos, un perro empezó a ladrar. Imogen notó que el corazón le latía a una velocidad desproporcionada y que tenía las manos heladas. Dio un paso hacia él sin decidirlo, y otro, hasta que sólo los separó un palmo.

—Gideon —dijo.

—Imogen.

—Me dijo que no le gustaba que le apuntaran a la cabeza.

—Dije que me caía bien alguien que me apuntaba a la cabeza. Es distinto.

—Y yo no le apunto ahora.

—No.

—¿Entonces por qué tiene esa cara?

Gideon respiró hondo. Muy despacio, alzó una mano. Dudó un instante antes de rozarle con los dedos el borde de la mejilla, y Imogen cerró los ojos al sentir la aspereza de su piel, la callosidad de la palma, el temblor casi imperceptible de sus dedos.

—Porque llevo ocho días —dijo él, con la voz ronca— intentando no hacer esto.

—¿Esto?

—Esto.

La besó.

No fue un beso tímido. Imogen había imaginado, en algún momento de aquellas noches de insomnio que se había negado a analizar, cómo sería: algo cuidadoso, ceremonioso, un beso de caballero.

Lo que recibió fue una boca cálida y hambrienta sobre la suya, una mano que se deslizó hasta su nuca y la sostuvo con una firmeza que no admitía dudas, otra que se cerró alrededor de su cintura y la atrajo contra un pecho duro, caliente, que subía y bajaba con la respiración de un hombre que ha estado conteniendo algo durante demasiado tiempo.

Imogen se agarró a su camisa con ambos puños.

No supo cuánto duró. Supo que se le doblaron las rodillas y que él la sostuvo, que su espalda terminó contra el tronco rugoso del manzano, que la corteza se le clavaba en los omóplatos a través de la tela del vestido y que no le importaba, porque Gideon le había deslizado los labios por la mandíbula, por el cuello, por el hueco sensible bajo la oreja, y le estaba susurrando su nombre contra la piel como si fuera una plegaria.

—Imogen —murmuró—. Dime que pare.

—No.

—Imogen...

—No pares.

Él gimió, un sonido grave que le recorrió la columna entera, y la besó otra vez, más hondo, con las manos subiendo por sus costados hasta rozar el borde de sus pechos y retroceder, volver a subir, con una lentitud que la hizo arquearse contra él con un jadeo.

Ella le deslizó las manos por debajo de la camisa.

Descubrió la piel caliente de su abdomen, las cicatrices que la cruzaban en líneas irregulares, y los músculos que se contrajeron bajo sus dedos cuando los recorrió.

Sintió el temblor que lo sacudió entero.

—Dios mío —susurró Gideon contra su boca—. Llevo cinco años sin... Imogen, si no paramos ahora...

—No quiero que paremos.

—No sabes lo que dices.

—Sé exactamente lo que digo. —Le sostuvo la cara entre las manos y lo obligó a mirarla—. Soy una mujer de veinticuatro años, Gideon Kestrel. He leído más tratados sobre el mundo de los que tú has navegado. Y llevo toda la vida esperando que algo me ocurra.

Él la miró durante un largo instante, con los ojos plateados oscurecidos, la respiración entrecortada, la boca húmeda y enrojecida por sus besos. Luego apoyó la frente contra la suya con un suspiro que parecía arrancado de muy dentro.

—Esto no es lo que te prometí —dijo.

—Prometiste llevarme a ver el mar.

—Sí.

—Creo que acabas de enseñarme que hay otras cosas que ver.

Gideon rió, bajito, una risa temblorosa que le agitó el aliento contra los labios.

La besó de nuevo, esta vez con una ternura que le encogió el corazón.

Y cuando por fin se separó, la rodeó con los brazos y la apretó contra su pecho, con la barbilla apoyada en su pelo, y ninguno de los dos habló durante un largo rato.

Pasado un rato, cuando por fin soltó el aire y se apartó lo suficiente para mirarlo, Gideon tenía el pelo revuelto y la camisa fuera del pantalón por el lado izquierdo, e Imogen se descubrió riéndose de él.

—¿Qué? —preguntó él.

—Tiene hojas del manzano en el pelo.

—Y usted tiene corteza en la espalda del vestido. —Le pasó los dedos por el cabello para quitárselas, una a una—. Nos pareceremos a dos gatos de tejado.

—Tendré que explicarle a mi padre que me caí.

—Su padre cree que Marsh sabe latín. Se lo creería todo.

Ella se rió, y él, con las manos todavía en su cintura, la miró con una seriedad que le fue apagando la risa.

—Imogen, esto no puede ser una cosa pasajera. No para mí. Quiero que lo sepas antes de que sigamos.

—¿Sigamos?

—No esta noche. —Una sonrisa breve, y luego la voz otra vez grave—.

Pero quiero que sepas que esto no ha sido un descuido.

Llevo cinco años viviendo sin pedirle nada a nadie.

Y de pronto llego a una casa donde una mujer me apunta con un atizador y me trae té, y no sé qué hacer con tanto bien. Tengo miedo.

—¿De mí?

—De hacerte daño. De que pierdas todo lo que tienes por mi culpa. De lo que Ravenscar podría...

Imogen le puso un dedo en los labios.

—Tengo una casa llena de deudas, un padre convencido de que Marsh sabe latín y un pretendiente con un chaleco color mostaza. No tengo mucho que perder. Pero tengo muchas ganas de saber qué hay al otro lado de las líneas del mapa.

—Imogen...

—Y creo que eres el único hombre que he conocido que sabe dibujarlas.

Gideon cerró los ojos. Le besó la yema del dedo, un beso breve, casi solemne, que la recorrió entera. Después le tomó la mano, la llevó hasta su pecho y la mantuvo allí. Imogen sintió bajo la palma el golpe sordo y rápido de su corazón.

—¿Lo notas? —murmuró él—. Así lleva desde que bajaste con el atizador.

Desde la ventana del primer piso, oculta tras la cortina, Mrs. Pennywhistle, la cocinera sorda de un oído, contempló la escena con las manos en las caderas y una sonrisa de satisfacción. Luego bajó la cortina, murmuró algo sobre lo bien que se estaba haciendo la cena, y se fue a vigilar el asado.