El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

Imogen había llegado a la conclusión de que Gideon Kestrel era el hombre más exasperante que había conocido en su vida, y de que prefería con mucho su compañía a la de cualquier otra persona.

Se había adaptado a su nuevo papel de secretario con una facilidad desconcertante.

Se levantaba temprano, ayudaba a lord Thistlewood a bajar las escaleras, organizaba las cajas por regiones y fechas con una eficiencia que el viejo naturalista celebraba a cada rato.

«Un muchacho excelente», decía. «Qué bien lo ha hecho, Imogen, qué ojo tienes para estas cosas.

» Y Gideon agachaba la cabeza con modestia, y por debajo de las pestañas le lanzaba a ella una mirada de pura diversión que le daba ganas de pegarle un pisotón.

Pasaban las tardes juntos en la biblioteca. Él desplegaba mapas sobre la mesa grande y le señalaba corrientes, arrecifes, fondeaderos, y ella escuchaba con los codos apoyados en el tablero y la barbilla entre las manos, y de vez en cuando le corregía una latitud con un lápiz.

—Está mal —decía.

—Ese mapa es de 1768.

—Ese mapa es de 1768 y está mal. La isla de la derecha está desplazada medio grado hacia el sur. Mire. —Le cogía el compás y trazaba el arco—. Un capitán que se fiara de esto encallaría en el arrecife.

—Un capitán que se fiara de esto —decía Gideon con una sonrisa— sería un idiota.

—Es lo que digo.

—Es usted insoportable.

—Y usted es un secretario pésimo. Ha puesto los atlas africanos en la estantería de zoología.

—Me distraigo.

—¿Con qué?

Él no contestaba. Se limitaba a mirarla, y Imogen sentía aquella calidez incómoda subiéndole por el cuello, y bajaba la vista al mapa con una concentración absurda.

Una tarde de lluvia, cuando lord Thistlewood se había retirado a dormir la siesta con un tratado de líquenes abierto sobre el pecho, Gideon sacó de un bolsillo un trozo de cuerda de cáñamo que había rescatado de la cocina.

—Ha dicho que quiere ver el mar —dijo—. Entonces tendrá que aprender a no caerse.

—¿Con una cuerda?

—Con muchas cuerdas. —Se la tendió—. Esto es un cabo, no una cuerda. Y esto, la punta, es el chicote. Si va a pisar un barco, empiece por llamar a las cosas por su nombre.

Imogen tomó el cabo con aire de alumna aplicada.

Él se puso detrás de ella para guiarle las manos, y ella advirtió demasiado tarde que la lección iba a exigir una cercanía que no había previsto.

El pecho de Gideon rozaba su espalda. Su aliento le movía los rizos sueltos de la nuca.

Las manos de él, grandes, morenas, con callosidades en la base de los dedos, se cerraron sobre las suyas.

—Haga un lazo. Así. Ahora el chicote pasa por aquí, rodea el firme, vuelve por el agujero. Es el as de guía. Un nudo que no se corre aunque cuelgue de él un hombre entero.

—¿Y por qué se llama así?

—Porque guía. Es el que usan para sacar a alguien del agua.

Imogen apretó. El nudo se deshizo.

—Otra vez —dijo él, y en la voz le había aparecido una aspereza distinta, más baja.

—Me ha salido mal.

—Le ha salido muy bien. Lo único que ha fallado es que me estoy distrayendo.

Ella giró la cabeza. Quedó tan cerca de su cara que vio las motas más claras en el gris de sus ojos, y vio también cómo le bajaba la mirada hasta la boca y cómo la subía otra vez, con un esfuerzo visible.

—Otra vez —repitió Gideon, y se apartó medio paso.

Lo hizo cinco veces más. Al sexto intento el nudo aguantó. Imogen alzó el cabo como una bandera.

—Ya sé ahorcar a un hombre.

—Ya sabe salvarlo —corrigió él—. La diferencia es de punto de vista.

Honoria llegó el martes, sin avisar, en el coche de sus padres, con un sombrero nuevo y una cesta de bizcochos que sirvió de excusa para la visita. Imogen la recibió en el vestíbulo con una sonrisa demasiado amplia.

—Qué sorpresa.

—He pasado por Richmond. Casualmente. Quería saber cómo estabas después del baile. Te marchaste tan de repente. —Honoria se quitó los guantes con dedos lentos y miró por encima de su hombro hacia la biblioteca—. Tu padre me ha dicho que tienes un secretario.

—Se lo habrá dicho en el pasillo.

—Se lo ha dicho en la puerta, a gritos, nada más verme. Estaba tan contento que me ha dado una palmada en la espalda. —Dio un paso hacia la biblioteca—. Quiero conocerlo.

—No hay nada que conocer.

—Imogen Thistlewood, nunca has contratado a nadie. Ni siquiera una doncella. Ahora aparece un secretario y tu padre le canta alabanzas. —Entornó los ojos—. Algo ocurre.

No hubo manera de impedirlo. Honoria entró en la biblioteca a paso de general, y al fondo de la sala, subido a una escalera de tijera, con un atlas en cada brazo y la camisa remangada hasta los codos, encontró a Gideon. Se detuvo en seco.

—Santo cielo —susurró.

—Honoria.

—Tiene los brazos de un estibador.

—Honoria, por favor.

—Y la mandíbula. Mira la mandíbula. Ese hombre no ha nacido para ordenar libros. —Se volvió hacia ella con los ojos como platos—. ¿Dónde lo encontraste?

—Me lo recomendó una amiga.

—¿Qué amiga? Soy tu única amiga.

Gideon bajó de la escalera con toda la dignidad que permitía un atlas en cada brazo y se inclinó ante Honoria en una reverencia correcta.

—Señorita Blythe. Marsh, a sus órdenes.

—Marsh —repitió Honoria con voz débil—. Qué nombre tan... pantanoso.

Imogen cerró los ojos. Cuando los abrió, Gideon había desaparecido hacia el pasillo y su amiga la sujetaba por los antebrazos.

—Dime que no.

—No hay nada que decir.

—Imogen, estás roja hasta las orejas.

—Hace calor en la biblioteca.

—Es noviembre.

—¡Es la chimenea!

Honoria la soltó. Suspiró con tanta teatralidad que casi se le cae el sombrero.

—Te lo pregunto sólo una vez, querida, y luego guardaré silencio hasta la muerte. ¿Es peligroso?

Imogen pensó en el atizador, en la cicatriz, en el libro bajo el colchón y en un par de ojos grises que se le habían instalado en la cabeza sin pedir permiso.

—Un poco —dijo.

—¿Vale la pena?

—Todavía no lo sé.

Honoria se alisó los guantes con una sonrisa de gato satisfecho.

—Entonces ven a verme el sábado. Y trae detalles.

Esa noche Imogen bajó a la cocina en busca de un vaso de leche, porque el sueño llevaba tres noches negándose a visitarla y había decidido tratarlo con la firmeza que merecía.

Pasó descalza por el rellano del segundo piso y se encontró con una figura de pie junto a la ventana, en camisa, con un candelabro apagado en la mano.

—¿Quién va? —susurró.

—Soy yo.

Gideon no se volvió. Miraba el camino que bajaba hacia la verja, plateado por la luna.

—Hay un hombre —dijo—. Junto al seto de los vecinos. Lleva una hora sin moverse.

Imogen se asomó. Al principio sólo vio sombras. Luego distinguió una silueta apoyada contra un poste, tan quieta que parecía parte del paisaje, con un sombrero calado y las manos metidas en los bolsillos de un abrigo.

—Lo he visto antes —murmuró él—. Ayer por la tarde, en la taberna de la esquina. Y anteayer, en el camino de la iglesia.

—Es de Ravenscar.

—Sí.

—¿Sabe que está usted aquí?

—Sabe que alguien se interesa por esta casa. Es distinto. —La miró por fin, y en la penumbra los ojos le brillaron como el filo de un cuchillo—. Pero tarde o temprano atará cabos. Debería marcharme esta misma noche.

—No.

—Imogen.

—Si se marcha, el libro no llega al Parlamento. Y si se marcha, ese hombre se queda aquí vigilando a mi padre, que no sabe defenderse ni de un ratón. —Le agarró la manga de la camisa sin darse cuenta—. Se queda. Hemos acordado diez días.

—Quedan tres.

—Pues se queda tres más.

Él bajó la vista hacia los dedos que le sujetaban la manga. No los apartó. Tampoco habló, y Imogen notó que el pulso le golpeaba en los oídos con una fuerza ridícula.

—Va a conseguir que me maten —dijo Gideon, al fin, con una voz tan baja que apenas se oyó.

—No lo permitiré.

—Lo dice como si pudiera.

—Tengo un atizador.

Gideon sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi triste, y alzó una mano y le apartó un mechón de la cara con un dedo, apenas un roce, apenas un segundo. Imogen no se movió. Luego él retiró la mano, como si el contacto lo hubiera quemado, y murmuró:

—Vaya a dormir, Imogen.

—No tengo sueño.

—Yo tampoco. Pero uno de los dos tiene que fingir.

Subió a su cuarto sin la leche. Se echó sobre la cama con los ojos abiertos, mirando el techo, y durante un buen rato conservó en la sien la huella de aquel roce, como una mancha de tinta que no se borra.

La visita de sir Hugo Fenwick llegó el jueves, tal como estaba prevista.

Imogen bajó al salón con un vestido de paseo azul oscuro, el pelo recogido en un moño severo y el estómago hecho un nudo.

Su padre ya estaba allí, sentado muy tieso en su sillón favorito, con las manos sobre las rodillas, y sir Hugo, de pie ante la chimenea, con el chaleco color mostaza más ofensivo que le había visto nunca.

—Señorita Thistlewood —dijo, con una reverencia pomposa—. Un placer verla tan radiante.

—Sir Hugo.

—Su padre y yo hemos mantenido una conversación muy agradable. Me ha hablado de su afición a la cartografía. Fascinante. Mi difunta esposa también tenía aficiones. Bordaba.

Imogen le dirigió una sonrisa tan rígida que le dolieron las mejillas.

—Qué delicadeza.

—Pero no vengo a hablar de bordados, mi querida señorita. Vengo a hablar de su futuro.

Imogen sintió, más que oyó, que alguien se movía en la puerta del salón. Giró la cabeza una fracción de segundo. Gideon estaba allí, con una bandeja de té en las manos y una expresión de absoluta inocencia, y sus ojos plateados fijos en sir Hugo con una frialdad que le heló la sangre.

—El té, milord —dijo en voz baja, con acento inglés más cerrado de lo normal, el de un joven humilde que sabe cuál es su sitio.

—Déjalo en la mesa, muchacho.

Gideon dejó la bandeja. Sirvió tres tazas con una lentitud deliberada, y al tender la de sir Hugo, su mano se movió de una forma muy leve, muy medida, y la taza se inclinó un poco más de lo debido. El té caliente se derramó sobre el chaleco mostaza.

—¡Ay! ¡Torpe! ¡Idiota!

—Mil perdones, milord. Qué desastre. Qué desgracia. Permítame...

—¡Aparta! ¡Está ardiendo!