Capítulo 3 #2
—Cambia —dijo—. Eso es lo primero que debería saber.
Todo el mundo cree que el mar es azul, y es lo menos azul que existe.
Por la mañana temprano es gris, un gris tan claro que no se distingue dónde acaba el agua y dónde empieza el cielo, y el barco parece suspendido en una taza de leche.
Después sale el sol y se vuelve verde, un verde profundo, casi negro en los bordes.
A mediodía, en el trópico, sí es azul, pero de un azul que duele mirarlo. Y de noche...
—¿De noche?
—De noche, cuando no hay luna, el agua se enciende.
Cada vez que el casco rompe una ola, queda detrás una estela de luz verde, como si el barco arrastrara un trozo de cielo.
La primera vez que lo vi tenía doce años y estaba tan asustado que me agarré a un cabo y me eché a llorar.
El contramaestre me dijo que dejara de lloriquear, que aquello era sólo plancton.
Y luego se quedó mirándolo conmigo hasta que me tranquilicé.
Imogen había dejado de respirar sin advertirlo.
—Y el ruido —continuó él—. En el mar hay un ruido que nunca se acaba, el del agua contra la madera, el del viento en la jarcia, pero acabas dejando de oírlo, y cuando lo dejas de oír te queda dentro una quietud que no he encontrado en ningún otro sitio.
—Abrió los ojos y la miró—. Es lo único que echo de menos cuando piso tierra. Eso, y el amanecer.
—Mi madre me dio una concha —dijo Imogen. No sabía por qué lo decía—. Cuando yo era niña. Me dijo que dentro estaba el mar. Murió antes de llevarme a verlo.
Gideon no dijo que lo sentía. La miró con una atención serena que le resultó más consoladora que cualquier frase hecha. Luego dijo:
—Entonces es una promesa que alguien tiene que cumplir.
—Me parece que acabo de pedirle ese favor a un pirata.
—Es el único oficio que conozco que cumple promesas con barcos.
Imogen se rió. Se pasó el dorso de la mano por los ojos y notó, con desconcierto, que se sentía más ligera de lo que se había sentido en años.
A las cinco de la mañana, Imogen lo condujo por la escalera trasera hasta una habitación pequeña en el desván, la antigua habitación de la doncella, con una cama estrecha, una ventana diminuta, una colcha de retales y una vela sobre la mesilla.
Le dio mantas, una jarra de agua y un trozo de pan con queso que había rescatado de la despensa.
—Mañana por la mañana le diré a mi padre que he contratado a un secretario para catalogar la colección —dijo—. Un joven huérfano, recomendado por una amiga. No hará preguntas. Nunca las hace.
—¿Y los sirvientes?
—La cocinera es sorda de un oído y ciega para los asuntos ajenos. La doncella viene dos días por semana. El mozo de cuadra sólo habla con los caballos.
—Parece que ha pensado en todo.
—Llevo seis años pensando en cómo escapar de esta casa. Es mi única especialidad.
Gideon se sentó en el borde de la cama y se frotó los ojos con las palmas.
—Imogen.
Ella estaba ya en la puerta. Se detuvo con la mano en el picaporte.
—¿Sí?
—Gracias.
La voz le salió ronca, sin adornos, y a ella se le cerró la garganta de forma repentina e incomprensible.
—No me lo agradezca todavía —dijo, y su propia voz le sonó extraña—. Aún no sabe lo mal que cocino.
Salió y cerró la puerta. Bajó las escaleras a oscuras, con la mano apoyada en la pared. En su habitación se echó sobre la cama sin quitarse el camisón y se quedó mirando el techo. Tardó un buen rato en notar que sonreía.
Lord Thistlewood recibió la noticia del nuevo secretario como si le hubieran regalado un cachorro.
—¿Un huérfano? ¡Pobre muchacho! ¿Y sabe latín?
—Sabe leer un portulano, padre. Me parece que eso es más útil.
—Pero ¿latín, querida? ¿Sabe latín?
Gideon se había presentado en la biblioteca a las ocho, con la camisa de lino prestada del mozo de cuadra, la chaqueta del difunto cochero y una expresión de modestia tan convincente que Imogen tuvo que mirar hacia la ventana para no reírse. Inclinó la cabeza.
—Un poco, milord. Lo que se aprende en los barcos. Mare nostrum, ad astra, caveat emptor.
—¡Caveat emptor! —Lord Thistlewood batió palmas—. Hijo de comerciante, entonces.
—Hijo de contramaestre, milord, pero de los que leían.
—Magnífico. ¿Y cómo se llama, joven?
Hubo una pausa mínima, un parpadeo, durante el cual Imogen vio con claridad que Gideon no había pensado en ese detalle.
—Marsh —dijo al fin—. Gideon Marsh.
—Un buen nombre inglés. Imogen, ¿has oído? Marsh. Como las marismas. Un naturalista siempre se alegra de tener un Marsh cerca. —Se acercó con paso cojo y le dio una palmada en el brazo que habría derribado a un hombre menos firme—. ¿Sabe usted algo de cernícalos, señor Marsh?
—Sé que cazan solos, milord. Que se quedan quietos en el aire, sostenidos por el viento, antes de caer sobre la presa.
—¡Exacto! Exacto. —Lord Thistlewood se volvió hacia su hija con los ojos brillantes—. ¿Lo oyes, Imogen? Es un observador nato.
—Lo he notado, padre.
Se atragantó con una tos fingida. Gideon evitó mirarla con una disciplina tan evidente que le dieron ganas de pellizcarlo.
Cuando su padre se alejó hacia la mesa de los mapas, murmurando que Marsh necesitaba un buen té y una chaqueta mejor, Gideon se inclinó hacia ella y habló muy bajo.
—Me ha llamado observador nato.
—Le ha dado una palmada que habría matado a un caballo. No se queje.
—No me quejo. —Sus labios se curvaron—. Marsh. Habría podido elegir algo menos pantanoso.
—Debería haberlo pensado antes de aparecer en una casa ajena a las dos de la madrugada sin una identidad de repuesto.
—Tengo siete.
—¿Siete?
—Ninguna aquí. —Se enderezó, con el aire más inocente del mundo—. Con su permiso, señorita Thistlewood. Voy a ordenar los atlas.
—Empiece por los africanos, y no los mezcle con los pájaros.
—Haré lo posible. Donde hay un libro, tiendo a guardarlo mal.
Se alejó con humildad de secretario, y Imogen se quedó mirándolo con una sonrisa que no consiguió disimular. Mrs. Pennywhistle, que había entrado con la bandeja del desayuno sin que nadie la oyera, alzó una ceja, dejó las tazas sobre la mesa y murmuró, para nadie en particular:
—Marsh. Qué nombre más raro para un secretario.
—Mrs. Pennywhistle...
—No he oído nada, señorita. De un oído, nada. Y del otro, menos.