El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 3
11%

Capítulo 3

—Empiece por el principio —dijo Imogen.

Gideon cogió la taza que ella le tendía, la sostuvo un instante con las dos manos, como si calentárselas fuera lo único que importaba en ese momento, y bebió un sorbo largo antes de contestar.

—El principio es muy aburrido. Un chico de Portsmouth, hijo de un contramaestre, que entra en la Armada a los doce años porque no hay otro oficio.

Sube de grado a fuerza de sobrevivir. A los veintiocho tiene su propio barco, el Halcyon, una fragata de treinta y dos cañones, y una tripulación que le tiene más lealtad de la que merece.

—No creo que sea aburrido.

—Lo es hasta el momento en que Ravenscar aparece en la historia.

—¿Cómo lo conoció?

—Era mi superior. Almirante de la estación de las Indias Occidentales. Un hombre encantador, de verdad. De esos que recuerdan los nombres de tus hermanos y te preguntan por tu madre. —Hizo girar la taza entre las manos—. Durante tres años pensé que era el mejor oficial con quien había servido.

—Y luego descubrió que no.

—Y luego descubrí que utilizaba los barcos de la Armada para transportar esclavos hacia Jamaica y que se embolsaba la diferencia.

Cargamentos que figuraban en los registros oficiales como suministros, provisiones, pólvora.

—La voz de Gideon se había quedado muy plana, sin inflexiones, y Imogen comprendió que ese tono era el que usaba cuando algo le dolía demasiado para dejarlo salir—.

Me enteré porque abrí una caja que no debía abrir.

Tom estaba conmigo. Se lo conté a Ravenscar, ingenuo como era, pensando que no estaba al tanto, que alguien había falsificado sus firmas.

—Y él ya lo sabía.

—Él lo había organizado. —Bebió otro sorbo—.

Una semana después, el Halcyon zarpó hacia Kingston con órdenes selladas.

A medio camino, una fragata de la propia Armada nos abrió fuego sin previo aviso.

Nos hundieron. Los que sobrevivimos pasamos dos días en un bote, bajo un sol que ni siquiera le deseo a mi peor enemigo. Tom no llegó a la tercera mañana.

Imogen se había llevado la mano a la boca sin darse cuenta. Notó que tenía los ojos húmedos y los parpadeó con rabia.

—Lo siento —dijo.

—No es culpa suya.

—Lo siento igualmente.

Gideon la miró. Fue una mirada larga, que ella sostuvo con cierta dificultad, y que le provocó una sensación extraña en el pecho, como si algo se hubiera movido dentro de ella y buscara su sitio.

—Los supervivientes —continuó él— nos dimos cuenta de que no teníamos adónde volver.

Ravenscar había informado de que el Halcyon se había perdido en una tormenta.

Nos daban por muertos, y en ese caso convenía seguir estándolo.

Conseguimos otro barco. Algo menos legal, algo más rápido.

Y durante cinco años hemos vivido en el mar de lo que el mar ofrece.

—Pirata.

—Corsario sin patente. Los matices importan poco cuando te cuelgan igual.

—¿Y el libro?

—El libro era mi seguro. Mi prueba de lo que Ravenscar hizo.

El registro original, con sus firmas, con las rutas, con todos los números.

Lo escondí antes de que nos hundieran, en un compartimento secreto de mi camarote.

Cuando recuperamos el barco, ya no estaba allí.

—Hizo una pausa—. Alguien lo había encontrado y lo había sacado.

Seguí el rastro durante dos años. Acabó en manos de un capitán de la Armada que murió sin herederos, cuya colección entera se subastó en Wapping hace tres semanas.

—Y mi padre la compró.

—Con dinero ajeno, creo.

—Sir Hugo Fenwick.

La mirada de Gideon se aguzó.

—¿Fenwick?

—Mi padre le debe mil doscientas libras.

Es su acreedor, y desea casarse conmigo.

—Lo dijo todo de un tirón, con una franqueza que ni ella misma se esperaba—.

Lo digo porque creo que debería saber en qué casa se ha metido.

Vivimos en la cuerda floja, capitán. Si Ravenscar descubre que el libro está aquí, mi padre no tardaría en acabar... —No terminó la frase.

Gideon dejó la taza sobre la mesa. Se pasó la mano por la cara con un gesto de cansancio que lo hizo parecer, de pronto, mucho mayor.

—No debería haber venido —dijo—. Debí hacerlo a través de un intermediario. Pero llevo cinco años sin confiar en nadie, y la idea de que alguien más tocara ese libro...

—Pues ya lo ha tocado alguien más. Yo.

—Sí. —Casi sonrió—. Y todavía no sé si es mi mayor desgracia o mi mayor suerte.

Imogen se levantó del sillón y se acercó a la ventana. Fuera la noche se había aclarado un poco; el cielo tenía ese gris sucio que anuncia la madrugada. Se abrazó los codos con las manos.

—¿Qué piensa hacer con él?

—Llevarlo ante el Parlamento. Hay un diputado, un hombre honrado, cosa rara, que está dispuesto a abrir una investigación si le presento pruebas. Tengo que entregárselas en persona, dentro de diez días, en Londres.

—Diez días.

—Sí.

—¿Y hasta entonces?

—Hasta entonces, tengo que esconderme. —La miró—.

Y confieso que no he pensado en eso con el cuidado que merecía.

Mi barco está fondeado en un pequeño estuario del Támesis, a dos días de aquí, bajo bandera neutral.

Mis hombres creen que estoy en una taberna de Greenwich.

Pero Ravenscar tiene ojos en todas partes. Si descubre que estoy en Inglaterra...

—Estará usted muerto.

—Es una forma resumida de decirlo.

Imogen se volvió hacia él. La luz gris de la ventana le daba de lado, y notó con una claridad súbita lo cansado que estaba, las ojeras marcadas bajo los ojos, la tensión en la mandíbula, la forma en que mantenía los hombros erguidos por pura disciplina.

—Se quedará aquí —dijo.

Gideon se incorporó de golpe.

—No.

—Sí.

—Señorita Thistlewood, no ha entendido...

—Lo he entendido perfectamente. Es un fugitivo. Está en peligro. Tiene un libro que puede hundir a un vizconde. Y yo tengo una casa con tres habitaciones vacías en el piso de arriba y un padre que no se entera de nada que no esté escrito en latín.

—Sería una locura.

—Seguramente. —Se encogió de hombros—. Pero tengo mis razones.

—¿Cuáles?

—Si Ravenscar es lo que usted dice, si ha hecho lo que ha hecho, hay hombres inocentes muertos que merecen justicia.

Y yo llevo seis años en esta casa, capitán, sin hacer nada de mi vida más que catalogar tratados de ornitología.

—Se acercó a él, y notó que le temblaba la voz y que no le importaba—.

Quiero ayudar. Quiero hacer algo que importe. Y quiero... —Se detuvo.

—¿Qué quiere?

Imogen respiró hondo. Lo miró a los ojos, a esos ojos plateados que parecían ver demasiado.

—Quiero ver el mar —dijo—. Aunque sea una vez. Aunque sea desde la cubierta de un barco de piratas.

Gideon tardó un largo momento en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó muy baja:

—Es un trato peligroso.

—Es el único que tengo.

—Y si mis hombres descubren que...

—Entonces será usted quien tenga que explicarles por qué lleva una dama a bordo.

Él se rió. Fue una risa corta, grave, sorprendida, como si hubiera olvidado que sabía hacerlo. Y Imogen, que no se creía capaz de sorprenderse más aquella noche, comprobó que la risa de aquel hombre le producía un efecto físico muy inconveniente, algo cálido y desordenado en la boca del estómago.

—Muy bien —dijo Gideon—. Un trato. Usted me esconde, yo la llevo a ver el mar cuando todo esto haya terminado. Pero con una condición.

—Dígala.

—Que me haga caso. En todo lo referente a su seguridad. Si le digo que se agache, se agacha. Si le digo que corra, corre. Sin discutir.

Imogen alzó una ceja.

—Nunca discuto sin motivo.

—Esa es precisamente mi preocupación.

—Capitán Kestrel.

Él se quedó muy quieto.

—¿Cómo sabe mi apellido?

—Lo grabó en el libro. En la cubierta interior, con la punta de un cuchillo. «G. Kestrel.» Y el halcón de las cajas. —Sonrió con malicia—. Soy aficionada a la ornitología, ¿recuerda?

Gideon la miró durante tanto tiempo que ella empezó a sentirse incómoda. Luego sacudió la cabeza, despacio, con una sonrisa que se le formó en las comisuras de la boca sin que él pareciera darse cuenta.

—Va a ser un problema —murmuró.

—¿Perdón?

—Nada.

—Hay algo que debo contarle —dijo Imogen, y se dio cuenta de que había estado a punto de olvidarlo—. Anoche, en el baile, sir Hugo me dijo que un caballero del Almirantazgo se había interesado por el lote de mi padre. Le preguntó quién lo había comprado.

Gideon se puso rígido.

—¿Y Fenwick se lo dijo?

—Con mucho gusto.

Maldijo en voz baja, una sola palabra, corta y marinera, que Imogen no conocía pero que entendió perfectamente.

—Perdón —dijo él.

—No se disculpe. La he aprobado.

—Entonces Ravenscar sabe que la colección está en esta casa. —Se pasó la mano por el pelo—. Habrá un hombre vigilando. Mañana o pasado habrá un desconocido paseando por el camino de Richmond.

—Pues que pasee. Hace buen tiempo para eso.

—No es una broma, Imogen.

—Ya lo sé. Es que si no bromeo me echo a temblar, y no tengo tiempo para temblar. —Se sentó otra vez frente a él, con las manos apretadas entre las rodillas—. ¿Qué hacemos?

—Ahora, nada. Esta noche usted ha hecho lo único razonable, que es ocultarme. Mañana veremos cuánto sabe Ravenscar. —La miró—. Pero quiero que me prometa algo. Que si ve a alguien en el camino, alguien que no pertenezca, no salga sola.

—Prometo ser razonable.

—No he pedido razonable. He pedido obediente.

—Cuesta más.

Él se echó a reír otra vez, a su pesar, y apoyó la cabeza contra el respaldo del sillón.

Fue entonces, con el cuello expuesto a la luz de la vela, cuando Imogen advirtió una cicatriz larga que le bajaba por la garganta hasta perderse bajo el cuello de la camisa, y se sorprendió preguntándose hasta dónde llegaba.

Apartó la vista.

—¿Cómo es? —preguntó, para decir algo.

—¿El qué?

—El mar.

Gideon tardó en contestar. Cerró los ojos, y ella pensó que no iba a hacerlo, que la pregunta le había parecido infantil, hasta que lo oyó hablar con una voz distinta, más lenta y más grave, como si de verdad lo recordara.