Capítulo 2 #2
—Soy muchas cosas. Ladrón es una de las que menos me gustan. —Se dio la vuelta del todo, con las manos extendidas a los costados y una sonrisa tranquila—. Mi intención es recuperar algo que me pertenece. No he roto nada, no he tocado nada que no necesitara y estaba a punto de marcharme.
—Está en mi casa a las dos de la madrugada.
—Lo sé. Lamento el contratiempo.
—¿El contratiempo?
—Imagino que tenía otros planes para su noche.
Imogen sintió una risa histérica abriéndose paso por la garganta y la sofocó con un esfuerzo.
—Está usted loco —dijo.
—Con frecuencia me lo han dicho. —Dio un paso hacia ella, y Imogen blandió el atizador con más ímpetu del que sentía. Él se detuvo—. Señorita Thistlewood, ¿verdad? Hija de lord Edmund. Natural de Richmond. Aficionada a los mapas. Con una tendencia incómoda a hablar sola en las terrazas.
—Cómo sabe...
—Hice mis indagaciones antes de venir. Es lo que se hace.
—¿Qué busca?
—Un libro. Tapas negras, un cernícalo grabado en la primera página. Estaba en una de estas cajas, o eso me dijeron. —Ladeó la cabeza—. Pero algo me dice que usted ya lo ha encontrado.
Imogen no movió ni un músculo. Se dio cuenta, con un retraso mortificante, de que se había quedado mirando hacia el piso de arriba, hacia su habitación, durante una fracción de segundo demasiado larga. El hombre siguió la dirección de su mirada.
—Ah —dijo con suavidad.
—No sé de qué habla.
—Claro que no.
—Voy a gritar.
—Sí. Eso ha dicho antes, en la terraza. Pero no gritó entonces y no va a gritar ahora. —Dio otro paso. Ella retrocedió y su espalda chocó contra el borde de una estantería—. Porque lo ha leído. Y ahora no sabe qué hacer.
La luz de la vela le iluminaba la mitad de la cara.
Imogen, con el atizador temblándole entre las manos, tuvo que admitir que tenía razón.
No sabía qué hacer. Llevaba doce horas sin saber qué hacer, y el desconocido de los ojos plateados había aparecido en mitad de su indecisión para decírselo a la cara.
—Esa letra —dijo, y su voz salió más ronca de lo que pretendía—. La del plano de Jamaica. Es suya.
Él no contestó. Pero algo cambió en su rostro, una grieta mínima en la máscara de calma.
—Ese libro lo escribí yo —dijo al fin, muy despacio—. Casi todo. Menos la última página. La última la escribió un grumete de dieciséis años que murió en mis brazos, y que se llamaba Tom.
Imogen bajó el atizador un par de dedos. Sin darse cuenta.
—Ravenscar —murmuró.
—Ravenscar.
—Usted sirvió bajo su mando.
—Yo era el capitán del Halcyon. Capitán de la Armada Real, para ser exacto, hasta hace cinco años. —Una sonrisa amarga, apenas esbozada—. Ahora me llaman de otras formas. Con bastante menos cortesía.
—Pirata.
—Entre otras cosas.
Imogen tragó saliva. La palabra le sonó extraña en la boca, demasiado grande para la biblioteca de su padre, con sus alfombras gastadas y sus estantes llenos de tratados sobre la migración de las aves.
—Si es usted un pirata —dijo con mucha cautela—, ¿por qué no me ha amenazado todavía?
—Lo estoy considerando.
—Ah.
—Pero no tengo experiencia amenazando a mujeres que sostienen un atizador con tanta convicción. Es un terreno nuevo. —El brillo burlón regresó a sus ojos—. Además, me cae bien. No suele ocurrirme con las personas que me apuntan a la cabeza.
A pesar de todo, Imogen sintió que los labios se le curvaban. Lo reprimió de inmediato.
—No le caigo bien. Me ha conocido hace cuatro minutos.
—Cinco, si cuento la terraza.
—La terraza no cuenta.
—Opino lo contrario —dijo Gideon—. Creo que la terraza fue donde empezó todo.
Algo en la forma de decirlo, con una seriedad súbita, le provocó un cosquilleo incómodo en la nuca. Imogen bajó del todo el atizador y lo dejó apoyado contra la estantería. Se frotó las manos, que se le habían quedado entumecidas.
—Siéntese —dijo—. Voy a preparar té.
—¿Perdón?
—Si va a pasar la noche en mi biblioteca explicándome cómo un vizconde del Almirantazgo ha vendido a su tripulación, voy a necesitar té. Y usted parece necesitarlo también. Tiene los nudillos blancos.
Él bajó la vista a sus propias manos. Era verdad: había estado apretando los puños sin darse cuenta.
Lo vio parpadear. Lo vio relajar los dedos, uno a uno.
—Señorita Thistlewood —dijo.
—Imogen.
—Imogen. —Pronunció el nombre con un cuidado que le provocó un escalofrío—. No es usted lo que esperaba.
—Lo sé. Nunca lo soy.
Salió de la biblioteca con el camisón arrastrando y el corazón desbocado, y al llegar a la cocina se dio cuenta de que le temblaban las rodillas. Encendió el fuego. Puso el agua a hervir. Se apoyó contra la mesa de madera con los ojos cerrados.
Debería tener miedo, pensó. Cualquier mujer sensata lo tendría.
Un hombre al que cazaba un vizconde dormía a tres pisos de su padre, y ella acababa de ofrecerle una cama, una identidad falsa y la protección de un atizador.
Sin embargo, lo que le recorría el cuerpo, de la nuca a las rodillas, no era miedo.
Era algo más desordenado y mucho más vivo, una especie de vértigo alegre, el mismo que había sentido a los nueve años cuando se subió al tejado del invernadero para ver el río y la institutriz dio un grito que se oyó en Kew.
Seis años metida entre estanterías, catalogando tratados ajenos, esperando que la vida llamara a la puerta con educación.
Y la vida había entrado por la ventana de la biblioteca a las dos de la madrugada, con una cicatriz en la ceja y los ojos del color de un cuchillo.
Se llevó las manos a las mejillas. Estaban ardiendo.
—Compórtate, Imogen —se dijo en voz baja—. Es un fugitivo. Probablemente un criminal. Casi seguro que tiene una esposa en cada puerto.
Hizo una pausa. Reflexionó.
—Aunque sería una pena —añadió.
Estás sirviendo té a un pirata, se dijo. A las dos de la mañana. En camisón.
Se echó a reír en silencio, con los hombros sacudidos y la mano contra la boca, hasta que se le saltaron las lágrimas. Después se secó la cara con el delantal, cogió la bandeja y volvió a la biblioteca con la espalda muy recta.
Él seguía allí, sentado en el sillón de su padre, con los codos sobre las rodillas y la vela encendida a sus pies. Alzó la vista cuando ella entró, y Imogen tuvo la extraña certeza de que llevaba esperando algo mucho más largo que unos minutos.