El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Las cajas llegaron en un carro tirado por dos caballos descomunales y conducido por un hombre con un solo diente y ninguna intención de ayudar a descargar.

Imogen, con el pelo recogido a medias y un delantal de lino sobre el vestido de lana más viejo que tenía, dirigió la operación desde la puerta de la biblioteca con una autoridad que sorprendió a todos, incluida ella.

Las cajas eran de madera oscura, atadas con cuerdas gruesas y selladas con lacre rojo, y cada una llevaba grabado en la tapa un número y un símbolo: una pequeña ave de rapiña con las alas extendidas.

—Un halcón —dijo su padre, que había bajado apoyado en un bastón y se estaba comportando, a todos los efectos, como un niño la mañana de Navidad—. O un cernícalo. Curioso. ¿No crees que es un cernícalo, Imogen?

—Creo que es un pájaro, padre.

—Eres tan práctica, querida. Tu madre también lo era.

Pasaron el día entero abriendo cajas. Imogen se arrodilló sobre la alfombra, con los dedos manchados de polvo y la espalda dolorida, y fue desenrollando mapas con cuidado, uno tras otro, mientras su padre murmuraba exclamaciones de asombro a su alrededor y Mrs. Pennywhistle, la cocinera, aparecía de vez en cuando con una bandeja de té que nadie tocaba.

Había cartas del Caribe, cartas de la costa africana, derroteros de las Azores, un plano manuscrito de los fondeaderos de Jamaica con anotaciones en una caligrafía firme, inclinada, que Imogen no consiguió identificar.

—¿Sabes qué es lo más extraordinario de todo, Imogen? —dijo su padre, sin levantar la vista de una lámina de las Bermudas.

—Dime.

—Que hubiera otro interesado. El señor Pratt, el subastador, me contó que alguien más pujó por este lote.

Un caballero alto, de abrigo gris, que subió con tanta decisión que se me paró el corazón.

Llegó hasta las ciento ochenta libras y de pronto, sin decir palabra, retiró la mano.

Como si le hubieran dado una orden desde muy lejos.

Imogen alzó la cabeza.

—¿Un caballero?

—O su agente. Pratt no lo tenía claro. En Wapping nadie da su nombre hasta que paga.

—Padre. Sir Hugo me dijo anoche que un amigo suyo del Almirantazgo se interesó por este lote. Preguntó quién se lo había llevado.

—¿Del Almirantazgo? —Lord Thistlewood se quitó la lupa del ojo y la miró con una expresión radiante—. ¡Qué honor! ¡Los mapas de un capitán muerto interesando a la Marina! Imogen, esto podría significar que tengo algo de verdadero valor entre las manos. Quizá los propios lores quieran verlo.

—Quizá —dijo Imogen, con el estómago encogido—. Pero preferiría que no se enterara nadie por ahora.

—¿Por qué, querida?

Imogen abrió la boca. La cerró. Descubrió que no encontraba ningún motivo que su padre pudiera soportar escuchar.

—Porque quiero catalogarlo primero —dijo al fin—. Si lo anunciamos antes de saber qué tenemos, nos tratarán de aficionados.

—Siempre nos han tratado de aficionados.

—Razón de más para no seguir dándoles motivos.

Lord Thistlewood se quedó pensativo, frotándose la barbilla, y luego asintió con la gravedad de un jurado.

—Tienes razón. Como tu madre. Siempre tuvo mejor instinto para las cosas del mundo. —Suspiró—. La pobre se habría reído mucho de este lote.

—Se habría reído mucho —dijo Imogen, y por una vez no estuvo segura de si lo decía por cumplir.

Mrs. Pennywhistle apareció en la puerta con la bandeja del té y la plantó sobre la única mesa libre.

—El té, milord.

—Gracias, Pennywhistle.

—Digo que se enfría.

—Sí, gracias.

—Que se enfría, milord. Se lo digo por si se le olvida.

—¡Ya lo sé, mujer! Gracias.

—Faltaría más —dijo Mrs. Pennywhistle, con la satisfacción de haber cumplido una misión, y se marchó taconeando.

A media tarde abrió una caja que pesaba más que las demás y que tenía, además del halcón, una marca extra grabada a fuego en un costado: una pequeña cruz.

Dentro había rollos de pergamino, protegidos con paño aceitado, y bajo los rollos, en el fondo, envuelto en una piel de becerro, un libro de contabilidad con las tapas negras.

Imogen lo abrió, esperando encontrar cuentas aburridas.

En lugar de eso se encontró con columnas de nombres, fechas y cantidades escritas con la misma letra inclinada del plano de Jamaica.

La primera página decía, en tinta negra: Cargamento del Halcyon, registro privado.

Y debajo, más pequeño, con una firma que alguien había intentado borrar y que no había quedado del todo ilegible: T. Ravenscar.

Ravenscar. Imogen frunció el ceño. El nombre le resultaba familiar. Lord Ravenscar, vizconde, miembro del Consejo del Almirantazgo. Lo había visto en un par de bailes. Un hombre de sonrisa fácil y dientes muy blancos.

Siguió pasando páginas. Había listas de mercancías que no tenían nada de lícitas, con cifras junto a ellas que sumaban cantidades obscenas.

Y al final del libro, en la última hoja, una página que alguien había escrito deprisa, con una letra distinta, temblorosa: una lista de nombres de marineros con una cruz junto a cada uno y una nota breve en la parte inferior.

Ravenscar nos vendió. Si alguien encuentra esto, que sepa que el Halcyon no se perdió con la tormenta.

Cerró el libro de golpe.

El corazón le latía tan fuerte que sintió una punzada en las sienes.

Miró a su padre, que estaba al otro extremo de la habitación examinando una lámina con una lupa, y calculó en un segundo todas las razones por las que no debía decirle nada.

Era un hombre de buen corazón que no sabía mentir y que debía mil doscientas libras a un acreedor con influencias.

Si aquel libro era lo que parecía, no convenía que la gente supiera que estaba en su biblioteca.

Lo escondió bajo el delantal. Luego, con toda la calma de que fue capaz, se levantó, se sacudió las faldas y dijo en voz alta:

—Padre, creo que me voy a retirar a descansar. Me duele la cabeza.

—Claro, querida, claro. Cenaremos tarde.

Subió a su cuarto con el libro apretado contra el costado. Lo guardó bajo el colchón, se sentó en el borde de la cama y se quedó mirando la pared.

Pasó la tarde así. Pasó la cena así, comiendo sopa sin sentir el sabor, mientras su padre hablaba sin parar del plano de Jamaica.

Después subió a su cuarto con el pretexto de la jaqueca, echó el cerrojo y sacó el libro de debajo del colchón. Lo abrió sobre la colcha, a la luz de una sola vela, y empezó por el principio.

No era un registro limpio. Imogen, que había pasado media vida entre manuscritos, reconoció enseguida que había dos manos distintas: una caligrafía de contable, redonda y pulcra, que llenaba las columnas de cifras, y otra más inclinada y nerviosa que había escrito en los márgenes.

La segunda era la del plano de Jamaica. Y en la cubierta interior, grabado con la punta de un cuchillo, había un nombre: G. Kestrel.

No firmaré esto, decía una nota junto a una partida de seiscientas libras. Se lo he dicho. Dice que lo olvide.

Más abajo, otra: Treinta y dos en la bodega. No figuran en el manifiesto. Hablar con T.

Y otra, escrita con tanta fuerza que la pluma había rasgado el papel: Esto no es lo que juré.

Imogen recorrió las páginas con el dedo, una a una, y sintió que le subía un frío desde el estómago.

Había nombres de barcos que reconocía de las gacetas, fechas que coincidían con la llegada de cargamentos a Kingston, y junto a cada fecha, en la letra pulcra, una suma enorme con las iniciales T.

R. Tres mil libras. Cuatro mil. Una vez, siete mil.

Su padre habría tenido que vender la casa diez veces para reunir aquello.

Pero lo que más la detuvo fueron las anotaciones de la otra mano.

No eran las de un hombre que escribe para defenderse.

Eran las de un hombre que discute consigo mismo en voz baja, que duda, que se enfada, que corrige y vuelve a escribir.

Tom dice que debemos callar hasta tener pruebas.

Tiene razón. Detesto que tenga razón. Imogen se tapó la boca con la mano.

Tom. El de la última página. El que había muerto.

Cerró el libro con cuidado y lo abrazó contra el pecho, sentada en el borde de la cama, mientras la vela chisporroteaba. Se preguntó quién sería G. Kestrel. Se preguntó si seguiría vivo. Y se preguntó, con una punzada de rabia, por qué la historia de un desconocido le dolía tanto.

Volvió a esconderlo bajo el colchón. La casa se apagó poco a poco, con los crujidos habituales de la madera y el viento golpeando los cristales. A las dos de la madrugada seguía despierta, con los ojos abiertos en la oscuridad.

Por eso oyó el ruido.

Era un sonido muy leve, casi inaudible: el roce de una suela de bota sobre el suelo de piedra de la planta baja, cuidadosamente amortiguado. Luego, nada. Luego otro, más cerca de la escalera.

Imogen se levantó de la cama sin hacer ruido. Buscó a tientas el atizador de la chimenea, que guardaba junto a la cómoda desde que su padre le contó la historia de un ladrón en la casa de los vecinos, y salió al pasillo descalza, con el camisón arrastrándole por los tobillos.

Bajó los escalones de uno en uno, pegada a la pared, conteniendo la respiración.

La biblioteca tenía la puerta entreabierta. Una luz diminuta, apenas el resplandor de una vela tapada con la mano, se movía entre las estanterías. Imogen empujó la puerta con el pie y entró alzando el atizador con ambas manos.

—Ni un paso —dijo—. O le abro la cabeza.

El hombre se quedó inmóvil, de espaldas a ella, con una de las cajas abiertas ante él y un rollo de pergamino entre los dedos. Muy despacio, dejó el rollo sobre la alfombra, giró la cabeza y la miró por encima del hombro.

Imogen sintió que el suelo se le movía bajo los pies.

—Usted —dijo.

—Yo —admitió Gideon.

—Me dijo que se llamaba Gideon.

—Y se lo dije con total sinceridad.

—Es un ladrón.