El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Gideon —dijo—. Es todo lo que voy a darle.

—Gideon —repitió Imogen—. Qué nombre tan poco apropiado para un impostor.

—Era el único que tenía a mano.

La puerta vidriera se abrió de golpe y la voz de Honoria cortó la noche como un cuchillo de mantequilla:

—¡Imogen! ¡Imogen, tu padre te busca, dice que le duele otra vez la rodilla y que desea irse a casa!

Imogen se volvió. Cuando miró de nuevo hacia el rincón oscuro de la terraza, estaba vacío.

No había rastro del frac estrecho ni de los ojos plateados. Sólo una colilla de cigarro aplastada contra la piedra, y el aire frío, y su propio corazón latiendo con una fuerza muy poco razonable.

—¿Con quién hablabas? —preguntó Honoria.

—Con nadie —dijo Imogen—. Conmigo misma.

Fue la primera mentira que le dijo a su amiga en seis años. Descubrió, mientras seguía a Honoria al interior de la sala, que no le costaba nada.

Sir Hugo la esperaba junto al arco que separaba el salón de baile del comedor, con las manos enlazadas a la espalda y una sonrisa de propietario que a Imogen le provocó un escalofrío.

—Señorita Thistlewood. Me alegro de encontrarla. Su amiga me dijo que había salido a tomar el aire, y yo le respondí que en noviembre eso es una temeridad. Podría resfriarse.

—Soy una mujer robusta, sir Hugo.

—Delicada, querrá decir.

—Robusta —repitió Imogen, con toda la amabilidad de que era capaz—. He sobrevivido a dos inviernos en Richmond con la chimenea del salón averiada.

Sir Hugo soltó una carcajada, una de esas risas que se sueltan para que los demás sepan que uno se divierte, y le ofreció el brazo.

Imogen lo miró durante un instante con el mismo interés con que habría mirado una serpiente enrollada en el pasamanos.

Luego, porque la educación pesa más que el instinto, apoyó la punta de los dedos en su manga.

—Me haría usted un gran honor concediéndome el próximo baile.

—Mi padre desea retirarse. La rodilla...

—Una lástima. Una verdadera lástima. —Sir Hugo suspiró, y en ese suspiro Imogen detectó la satisfacción de un hombre que ya conocía la respuesta—. Entonces dejaremos el baile para otra ocasión. Tendré el placer de visitarlos el jueves. Su padre se lo habrá dicho.

—Me lo ha dicho.

—Un hombre admirable, lord Thistlewood. Un erudito. Y tan generoso con sus aficiones. —Bajó la voz hasta convertirla en algo confidencial y desagradable—. He oído que ha adquirido un lote interesante en Wapping.

Imogen sintió que se le cerraba el estómago. Mantuvo la sonrisa clavada en la cara, como un alfiler.

—Mi padre compra muchas cosas.

—Sin duda. Pero esta le ha interesado a más de un caballero. Cierto amigo mío, que presta servicio en el Almirantazgo, me preguntó anteayer quién se había llevado la colección del pobre capitán Dunmore. Parecía muy deseoso de saberlo.

—¿Y usted se lo dijo?

—Naturalmente. No tengo secretos con mis amigos.

Qué suerte, pensó Imogen. Qué suerte la de esos amigos.

—Es un lote de derroteros, sir Hugo. Papeles viejos. Dudo mucho que despierte el interés de nadie que no lleve gafas y sea mayor de sesenta años.

—Es lo que le dije a mi amigo. —Sir Hugo le dio unas palmaditas en la mano, una por cada dedo, con una lentitud que a Imogen le revolvió el estómago—. Pero ya sabe cómo son los hombres. Se empeñan en lo que no pueden tener.

Sus ojos, pequeños y húmedos, bajaron por ella con una calma que no le dejó dudas sobre a qué cosas se refería. Imogen retiró la mano.

—Si me disculpa, mi padre me espera.

—Por supuesto. Hasta el jueves, señorita Thistlewood. Y no pierda el sueño pensando en esas cajas. Estoy seguro de que no hay nada en ellas que pueda causarle ningún problema.

Imogen cruzó la sala con la espalda tan recta que le dolían los hombros. Sólo cuando llegó junto a Honoria y a su padre se dio cuenta de que tenía los puños cerrados dentro de los guantes, y de que dos de sus uñas habían dejado marcas en la palma.

El camino de vuelta a Richmond duró casi una hora, y lord Thistlewood lo pasó con el pie derecho sobre un cojín y la cara torcida por el dolor, quejándose de la rodilla con la resignación con que otros hombres se quejan del gobierno.

Imogen le sujetó la mano durante todo el trayecto.

Hablaron poco. Él le dijo que había visto a sir Hugo mirándola y que le había parecido un hombre agradable, y ella se mordió la lengua para no decirle lo que pensaba de la agradabilidad de los acreedores.

—Lo de mañana, querida —dijo él, cuando el carruaje se detuvo ante la verja—. Lo de las cajas.

—¿Qué cajas?

—Las del subastador, Imogen. Te lo dije, ¿no? El lote de cartas náuticas de la subasta de Wapping. Llegan mañana por la mañana. Cuarenta cajas, nada menos. Es posible que haya cosas muy valiosas.

—Padre, no podemos permitirnos...

—Ya lo pagué —dijo lord Thistlewood, con una sonrisa tímida de niño que sabe que ha hecho una travesura—. Ayer. Con lo que me prestó sir Hugo.

Imogen cerró los ojos.

—Padre.

—Era una oportunidad única, Imogen. Un capitán de la Armada que murió sin herederos, ¿sabes?

Toda su colección de derroteros. Hay mapas de las Indias Occidentales que nadie ha visto desde hace cuarenta años.

—Se frotó la barbilla con un gesto que ella conocía demasiado bien—.

Supongo que debería habértelo contado antes.

—Supones bien.

—No te enfades.

—No me enfado —dijo ella, y lo dijo con tanta dulzura que él se relajó visiblemente, y Imogen tuvo ganas de llorar.

Cuando llegaron a la casa, ayudó a su padre a subir las escaleras, le sirvió un vaso de leche caliente con una gota de coñac, le dejó la rodilla apoyada en un almohadón y esperó a que se durmiera.

Luego bajó a la biblioteca. Se sentó en el sillón de cuero junto a la chimenea apagada y se quedó mirando, sin verlas, las estanterías llenas de volúmenes que la habían criado.

Era curioso lo mucho que se parecía aquella biblioteca a su madre.

No en lo visible, porque lady Thistlewood había sido una mujer pequeña y de movimientos rápidos, y la biblioteca era grande y lenta, sino en lo que quedaba suspendido en ella: una luz amable, un desorden con sentido.

Su madre se había sentado en aquel mismo sillón, con Imogen de cinco años acurrucada en el regazo, y le había puesto en la mano una concha de nácar del tamaño de un huevo.

—Escucha —había dicho—. Ahí dentro está el mar.

Imogen se la había pegado a la oreja y había oído un rumor largo, hueco, un respirar enorme.

—¿Es de verdad?

—Es lo que queda del mar cuando uno se lo lleva a casa. Pero el mar verdadero es mucho más grande. Es tan grande que no se puede ver entero. Tu padre dice que lo exagero. —Su madre se había reído—. Pero yo lo vi una vez, de joven, desde un acantilado de Cornualles, y te aseguro que no lo exagero.

—¿Me llevarás?

—Te llevaré. Cuando seas mayor.

Su madre murió dos inviernos después, de unas fiebres que ningún médico supo nombrar, y la promesa se quedó donde se quedan las promesas que nadie puede cumplir.

La concha seguía en el estante de arriba, entre un tratado de moluscos y un tomo de Linneo.

Imogen alzó la vista hacia ella. Se levantó, la cogió y se la llevó a la oreja.

El rumor estaba allí, igual que siempre. Se le humedecieron los ojos, y se echó a reír bajito, porque hasta el consuelo le llegaba envasado en una concha, de madrugada, en una biblioteca.

Le habría gustado ser el tipo de mujer que se arroja a un río cuando la vida se complica. Pero era Imogen Thistlewood, y lo único que sabía hacer en las crisis era ordenar. Cogió un cuaderno y una pluma. Escribió en la cabecera de la página: Opciones.

Debajo no escribió nada durante mucho rato.

Luego añadió, con letra pequeña y apretada, una sola línea: El hombre de la terraza. ¿Por qué sentía que me conocía?

Tachó la pregunta, pero no antes de dejar que el corazón le diera un último latido idiota.