El pirata que robó su corazón (serie piratas nº 2)
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Capítulo 1
EL PIRATA QUE ROBÓ SU CORAZÓN
Rose Louise Werd
Imogen Thistlewood había llegado a la conclusión, a los veinticuatro años y tras seis temporadas londinenses, de que existen dos clases de mujeres en un salón de baile: las que son miradas y las que miran.
Ella pertenecía con orgullo a la segunda categoría, que tiene la ventaja de proporcionar mucho mejor entretenimiento.
Desde su rincón favorito, junto a una columna de mármol fingido y a tres pasos de la mesa de los refrescos, tenía una vista inmejorable del baile de lady Pembry.
Distinguía a la señorita Dalrymple, que llevaba una hora entera riéndose de las ocurrencias de un joven que no había dicho ninguna.
Distinguía a lord Fotheringay, cuyo chaleco, de un amarillo que podía considerarse ofensivo para la vista, ya había provocado dos desmayos y un comentario muy poco caritativo de la duquesa viuda.
Y distinguía, en el otro extremo de la sala, a sir Hugo Fenwick, que la miraba a ella.
Esa era la parte desagradable de su plan de observadora. De vez en cuando alguien le devolvía la mirada.
La duquesa viuda de Aldersgate, instalada en su trono de terciopelo junto a la chimenea, había llegado a la misma conclusión, y por eso pasaba las veladas enteras con los impertinentes de oro apuntados hacia el chaleco de lord Fotheringay como un cañón a punto de disparar.
Imogen la admiraba profundamente. La duquesa no fingía interés por nadie.
Había alcanzado esa etapa de la vida en que una mujer puede decir en voz alta lo que piensa, y lo decía.
—Ese chaleco —había proclamado a las nueve y diez, a un volumen que cubrió media sala— no es un chaleco, es una declaración de guerra.
Lord Fotheringay, que no la había oído, había sonreído con satisfacción y había girado sobre sí mismo para que todos pudieran admirar el bordado.
Eso era lo más fascinante de los salones, pensaba Imogen.
Cada cual interpretaba el papel que había elegido sin sospechar que el público seguía otra obra.
La señorita Dalrymple se reía del joven de las patillas porque creía que era rico.
El joven de las patillas se pavoneaba porque creía que ella lo admiraba.
Los dos se equivocaban, ninguno lo sabía, y por eso eran perfectamente felices.
A veces Imogen sentía por ellos una envidia tan honda que le daban ganas de salir corriendo.
—No lo mires —murmuró Honoria Blythe, que había aparecido a su lado con dos copas de limonada y una expresión de conspiradora—. Si lo miras, entenderá que lo animas.
—Llevo veinte minutos sin mirarlo.
—Pues él lleva veinte minutos mirándote a ti, así que algo estás haciendo mal.
Imogen aceptó la copa y bebió un sorbo largo. La limonada de lady Pembry era célebre por su escasez de azúcar, y Imogen sospechaba que aquello obedecía a una política de la casa: si los invitados tenían la boca fruncida, hablarían menos mal de la anfitriona.
—Mi padre me ha dicho esta mañana que sir Hugo vendrá a visitarnos el jueves —dijo por fin—. Que desea hablar con él «de un asunto de importancia».
Honoria dejó de sonreír de golpe.
—Imogen.
—Lo sé.
—Imogen, no puede ser lo que estoy pensando.
—Tiene cuarenta y ocho años, Honoria. Tiene dos hijos mayores que se avergüenzan de él, una casa en Mayfair con demasiados retratos suyos y la costumbre de hablar de sí mismo en tercera persona cuando cree que nadie lo escucha. Y mi padre le debe mil doscientas libras.
—¿Mil doscientas?
—Mil doscientas libras que no tiene, y que sir Hugo no le ha reclamado nunca, lo cual debería haberme avisado hace un año de lo que se estaba cociendo. Nadie es tan generoso con un deudor sin esperar algo a cambio.
Honoria se llevó una mano al pecho con auténtica indignación, y Imogen se sintió, por un momento, extrañamente consolada. Era agradable que alguien se enfadara por ella cuando ella misma llevaba semanas demasiado ocupada en tragarse la rabia para poder permitirse enfadarse.
—Tu padre no te obligaría —dijo Honoria.
—Mi padre no me obligaría. Mi padre me miraría con esos ojos tristes que tiene, se frotaría la barbilla, murmuraría algo sobre los gastos de la finca y sobre lo mucho que le gustaría verme «asentada», y yo acabaría diciendo que sí por pura lástima.
Lo conozco. Es un hombre incapaz de gritar.
Resulta imposible resistirse a alguien que no grita.
La música cambió. Un vals, y la sala se reorganizó con el aire ceremonioso de un ejército antes de la batalla.
Imogen vio cómo sir Hugo daba un paso al frente, cómo se ajustaba el chaleco con las dos manos, y notó que se le encogía el estómago.
Honoria, que tenía más reflejos de los que su aire de muñeca de porcelana sugería, la agarró del brazo.
—Al jardín —dijo—. Ahora. Dile a todos que necesitas aire.
—Es noviembre, Honoria.
—Mejor aún. Nadie te seguirá.
Imogen no discutió. Cruzó la sala con la cabeza alta, esquivó a un lacayo con una bandeja de copas y salió por la puerta vidriera que daba a la terraza.
El aire frío le golpeó la cara como una bofetada bienvenida.
Se agarró a la balaustrada de piedra, cerró los ojos y respiró hondo, con una desesperación que habría resultado cómica de no haber sido tan real.
Lo que Imogen quería de la vida, y esto lo había descubierto a los diecisiete años y no había cambiado nunca de idea, era muy simple.
Quería ver el mar. No el mar de las láminas ni el de las novelas, ni siquiera el de la costa de Brighton, donde su tía Winifred la había llevado una vez a mojarse los tobillos con un abrigo hasta las rodillas.
Quería el mar de verdad, el que no se acaba, el que había visto dibujado en los mapas de su padre durante toda la infancia, con sus corrientes marcadas en tinta azul y sus monstruos en los márgenes.
Quería saber qué había al otro lado de las líneas.
Porque Imogen había crecido entre mapas.
Su padre, lord Edmund Thistlewood, era un naturalista aficionado de reputación modesta y bondad inmensa, que había dilapidado la mitad de su patrimonio en cartas náuticas, atlas antiguos y derroteros de capitanes muertos, y la otra mitad en dos o tres inversiones desafortunadas sobre las que ambos habían acordado, sin decirlo, no hablar nunca.
Ella había aprendido a leer latitudes antes que a bordar.
Sabía trazar una ruta de Londres a Calcuta con los ojos cerrados.
Y no había puesto un pie en un barco en su vida.
—Es una ironía que merece un poema —se dijo en voz baja—. Pésimo, pero poema.
—Yo lo escucharía.
Imogen dio un respingo tan violento que casi se le cae la copa.
El hombre estaba apoyado contra la pared del fondo de la terraza, en la zona donde la luz de la sala no llegaba, y por un momento Imogen sólo distinguió una silueta alta, una línea de hombros anchos y el brillo de un par de ojos que parecían haber estado mirándola desde mucho antes de que ella saliera.
—Disculpe —dijo, con la voz más firme de la que fue capaz—. No sabía que había alguien.
—Lo sé. Lleva dos minutos creyéndose sola y hablando en voz alta. Es una costumbre peligrosa. Podría haberla escuchado cualquiera.
—Y usted, ¿es cualquiera?
El hombre se separó de la pared y avanzó un paso. La luz de una de las lámparas de la terraza le cayó entonces sobre la cara, y Imogen, que se tenía por una mujer sensata y poco impresionable, tuvo que hacer un esfuerzo considerable por mantener la expresión neutra.
No era guapo. Imogen habría podido enumerar con calma sus defectos: la nariz con un ligero desvío a la izquierda, como si se la hubieran roto alguna vez y no se la hubieran puesto del todo bien, una cicatriz delgada que le cruzaba la ceja derecha, el pelo oscuro demasiado largo para la moda y recogido con una cinta en la nuca.
La piel curtida, de un color que no se adquiere en los salones de Londres.
Y aquellos ojos, de un gris tan claro que parecían casi de plata, fijos en ella con una atención que le resultó insólitamente incómoda.
La atención no era descortés. Era absoluta.
Llevaba un frac prestado, o robado, que le quedaba estrecho en los hombros. Imogen lo notó y decidió no preguntar.
—Soy un invitado —dijo él.
—Lady Pembry no invita a hombres con cicatrices.
—Lady Pembry invita a todos los que llevan una tarjeta con el nombre correcto. —Sonrió apenas, y la sonrisa no le llegó a los ojos—. La mía tiene un nombre excelente. Es una pena que no sea el mío.
Imogen retrocedió un paso. Muy despacio, hacia la puerta vidriera.
—Si grito —dijo, con una calma que la sorprendió a ella misma— tardarán unos diez segundos en llegar cuatro lacayos y el mayordomo.
—Doce, según mis cálculos, porque están pendientes de la cena.
—El desconocido alzó las manos, con las palmas hacia ella, en un gesto de rendición—.
Pero no creo que vaya a gritar. Ha salido a la terraza para huir de un hombre mayor con un chaleco color mostaza que la miraba con intenciones evidentes.
Alguien con tantas ganas de escapar no suele pedir que la rescaten.
—¿Me ha estado espiando?
—Estaba aquí antes que usted. Fue usted quien interrumpió mi trabajo.
—¿Su trabajo?
Él miró hacia el interior de la sala, y por primera vez algo en su rostro se endureció, una sombra pasó por sus facciones con tanta rapidez que Imogen dudó de haberla visto.
—Esperar —dijo—. Se me da bien.
Hubo una pausa. Dentro, el vals alcanzó su punto más alto, y las notas llegaron amortiguadas hasta la terraza como el recuerdo de otra vida.
—Debería entrar —dijo Imogen.
—Sí. Debería.
No se movió ninguno de los dos.
—Si me dice su nombre —dijo ella, y no entendió por qué lo dijo—, le prometo no repetirlo.
—Es una promesa curiosa, viniendo de alguien que acaba de conocerme.
—Es una promesa barata. No pierdo nada con hacerla.
La sonrisa se le ensanchó un poco. Esta vez sí le llegó a los ojos, y Imogen sintió que algo se le aflojaba detrás de las costillas, una cuerda que llevaba semanas tensa.