CAPÍTULO 23
El viernes a las nueve y media de la mañana, la plaza de la Imperial Tàrraco presentaba un tránsito pausado bajo una fina lluvia que caía sin descanso sobre las palmeras y las fachadas de los edificios oficiales.
Frente al edificio de los Juzgados, un grupo de fotógrafos de la prensa local y dos redactores del diario El Punt aguardaban al pie de la escalinata principal.
La noticia de la apertura de diligencias por la muerte de Marc Ferrer se había filtrado la tarde anterior, rompiendo seis años de silencio institucional y convirtiendo el asunto en la conversación obligada del pueblo y de los círculos notariales de la comarca.
Ricard Ferrer llegó caminando desde la Rambla Nova, acompañado por su letrado Ferran Boix.
Vestía una gabardina oscura y sostenía en la mano derecha el maletín de piel negra donde custodiaba las copias de las actuaciones: el informe del catedrático Miralpeix, la compulsa del conmutador de la Compañía Telefónica y las dos actas notariales otorgadas en Reus y Barcelona.
Al aproximarse a la escalinata, los fotógrafos comenzaron a accionar los disparadores de sus cámaras, provocando un destello metálico y continuo de flases sobre la piedra mojada.
—Don Ricard, ¿es cierto que ha presentado una denuncia contra su esposa? —interpeló un periodista, extendiendo un micrófono sobre la balaustrada—. ¿Existen nuevas pruebas sobre la tarde del accidente?
Ricard no se detuvo ni inclinó la cabeza. Mantuvo la mirada fija en las puertas de bronce de la entrada principal, avanzando con paso firme a través del cordón de la prensa.
—Mi representado prestará todas las aclaraciones que le sean requeridas ante la autoridad judicial —respondió Ferran Boix con voz neutra, apartando con la mano derecha los micrófonos antes de cruzar el control de la Policía Armada.
En el vestíbulo interior, iluminado por tubos fluorescentes que proyectaban un brillo frío sobre el suelo de granito, esperaban ya el procurador de la causa y el oficial del Juzgado de Instrucción número 2.
—La señora Vidal se encuentra en el despacho de testigos desde las nueve y cuarto —informó el oficial en voz baja, dirigiéndose a Boix—.
Ha entrado por la puerta trasera del edificio acompañada por el letrado señor Traserra.
El señor juez ha ordenado que la comparecencia se celebre a puerta cerrada.
• • •
La sala de declaraciones del Juzgado de Instrucción era un espacio estrecho de techos altos, dominado por una gran mesa de madera donde reposaba la máquina de escribir del secretario judicial y el expediente enencuadernado de las Diligencias Previas número 412/1989.
El juez de instrucción, don Mateo Valdés, un magistrado de unos cincuenta años con gafas de montura negra y expresión severa, permanecía sentado presidiendo la mesa.
A su izquierda se hallaba el representante del Ministerio Fiscal, y en el lado opuesto, la silla de madera destinada a la persona investigada.
Elena Vidal estaba ya sentada en la sala cuando Ricard y Ferran Boix ocuparon las sillas reservadas a la acusación particular.
Vestía un abrigo de lana gris sobrio, sin adorno alguno, y llevaba el cabello recogido en un moño tirante que acentuaba la palidez extrema de sus pómulos y la rigidez de su mandíbula.
Junto a ella, el letrado Gonçal Traserra mantenía el borrador de su estrategia sobre la mesa.
Elena no levantó la cabeza cuando su marido cruzó el umbral. Mantenía las manos entrelazadas sobre el regazo, apretando con los dedos un pañuelo de hilo que mostraba leves manchas de sangre seca, procedentes de la herida mal curada del día anterior.
—Damos comienzo a la diligencia de declaración de la investigada doña Elena Vidal —declaró el juez Valdés, haciendo una señal al secretario para que introdujera la hoja de papel oficial en el rodillo de la máquina de escribir—.
Se le hace saber que comparece en calidad de imputada por presuntos delitos de omisión del deber de socorro y homicidio por imprudencia grave.
Tiene derecho a no declarar contra sí misma, a no confesarse culpable y a consultar con su letrado.
¿Entiende los derechos que le han sido leídos?
—Sí, señoría —respondió Elena. Su voz sonó pequeña, cavernosa, desprovista de la entonación serena con la que durante seis años había sostenido su versión en la casa de la calle del Carme.
—Tiene la palabra el representante del Ministerio Fiscal —ordenó el magistrado.
El fiscal, un hombre joven de mirada penetrante, ajustó los folios del escrito de la acusación particular sobre su carpeta y se giró levemente hacia la investigada.
—Señora Vidal —comenzó el fiscal con voz clara y pausada—, declare si el 26 de agosto de 1983, entre las cuatro de la tarde y las cinco y media, se encontraba usted a solas con su hijo menor, Marc Ferrer, en la finca de su propiedad.
—Sí —musitó Elena.
—Declare si a las 16:10 horas de esa tarde realizó usted una llamada telefónica desde el aparato de su domicilio a la línea directa del despacho del arquitecto don Martí Aldabó en la ciudad de Barcelona.
Elena vaciló durante tres segundos. Miró de reojo a su abogado, el letrado Traserra, quien le hizo un imperceptible gesto de asentimiento con la cabeza.
—Sí. Realicé esa llamada.
—Declare el motivo y la duración de dicha conversación telefónica —continuó el fiscal.
—Era... era una llamada personal. Una discusión. Le dije que no podíamos seguir viéndonos, que teníamos que terminar esa relación. La llamada duró unos doce o quince minutos.
—A las 16:22 horas, según la declaración jurada del señor Aldabó prestada ante notario y que consta al folio 45 de la causa —intervino el fiscal elevando levemente el tono—, la voz de usted se cortó de forma repentina, sucediéndose un silencio de noventa segundos durante el cual el señor Aldabó la llamó repetidamente antes de que la línea fuera colgada desde su domicilio.
¿Reconoce haber interrumpido usted esa llamada a las 16:22 horas?
Elena apretó las manos sobre el regazo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Oí un ruido... un chapoteo en la piscina —dijo Elena, siguiendo la nueva versión acordada con su defensor—. Solté el auricular y salí corriendo al porche. Cuando llegué al borde del agua, vi a Marc en el fondo... en la parte profunda.
—¿Y qué hizo usted a partir de ese instante exacto, las 16:22 horas? —inquirió el fiscal.
—Me tiré al agua —mintió Elena, con una precipitación que hizo sonar el rodillo de la máquina de escribir al registrar la frase—. Lo saqué del agua. Lo coloqué sobre el suelo de piedra. Intenté que respirara... le hablé, le sacudí los hombros... pero el niño no respondía.
—Señora Vidal —la interrumpió el juez Valdés, inclinándose sobre la mesa y mirando a la investigada por encima de sus gafas—, según el dictamen forense suscrito por el catedrático Miralpeix que consta en las actuaciones, el cuerpo de su hijo permaneció fuera del agua en posición supina un mínimo de cuarenta y cinco minutos antes de la llegada de los servicios médicos.
Si usted sacó al niño inmediatamente a las 16:22 horas y comprobó que no respiraba, ¿por qué no llamó de inmediato a una ambulancia o al médico de la localidad?
Elena tragó saliva con dificultad. Se pasó el pañuelo por los labios secos.
—Estaba aterrorizada, señoría... Sentí un peso enorme en el pecho... no podía pensar con claridad. Me quedé a su lado, hablándole, esperando que volviera en sí... Perdí la noción del tiempo.
—¿Perdió la noción del tiempo? —retomó el fiscal con severidad—.
Consta al folio 12 de las actuaciones la compulsa de la Compañía Telefónica Nacional de España de la que resulta que a las 17:18 horas —exactamente cincuenta y seis minutos después de cortar la comunicación con su amante— se realizó desde el teléfono de su domicilio una llamada de tres minutos y doce segundos a la línea número 2 de la notaría de su esposo.
¿Recuerda haber realizado esa llamada a las 17:18 horas?
Elena cerró los ojos un instante. El silencio en la sala se volvió tan denso que solo se oía el zumbido del flexo sobre la mesa del juez.
—Sí... —susurró.
—¿Y es cierto que en esa llamada de tres minutos y doce segundos —continuó el fiscal leyendo el Acta de Manifestaciones de la secretaria—, lejos de pedir auxilio médico o comunicar que su hijo estaba ahogado, habló usted con doña Purificación Soler con tono pausado, solicitando la cancelación de la cita del procurador Aldabó y deletreando el apellido del cliente letra por letra para evitar errores en la agenda?
Traserra se levantó levemente de su silla.
—Señoría, protesto por la formulación. Se está induciendo una valoración sobre el estado emocional de mi representada.
—Se deniega la protesta —resolvió el juez de inmediato—. La pregunta se refiere a un hecho objetivo documentado en un protocolo notarial. Responda la investigada.
Elena abrió los ojos y miró fijamente la madera de la mesa del juez.
—No me acordaba de esa llamada... —dijo en un hilo de voz—. Actué de forma automática... Estaba como loca, no sabía lo que hacía... Cogí el teléfono porque sabía que tenía que llamar a la notaría, pero la mente se me nubló...
—Señora Vidal —intervino por primera vez Ferran Boix, en representación de la acusación particular ejercida por Ricard—, una persona con la mente nublada por la muerte de su hijo no deletrea un apellido de siete letras ante una secretaria sin cometer un solo error.
¿Explicó usted a doña Purificación Soler en esa llamada que Marc yacía muerto junto a la piscina desde hacía cincuenta minutos?
—No... —admitió Elena con un hilo de voz.
—¿Pidió a la secretaria que avisara al doctor Roca o a la Casa de Socorro?
—No...
—¿Por qué no lo hizo? —presionó Boix elevando la voz—.
¿No será más bien que a las 17:18 horas usted ya había dedicado tres cuartos de hora a recoger el borde de la piscina, secar los flotadores y colocarlos simétricamente para que la muerte de su hijo pareciera un mero descuido de juego, y llamaba a la notaría para asegurarse de que el padre de su amante no se cruzara en el pueblo con la noticia?
—¡Protesto, señoría! —estalló Traserra dando un golpe en la mesa—. ¡Eso es una acusación injuriosa sin base fáctica!
—¡No es injuriosa, consta en la pericial forense del folio 80! —replicó Boix encarando al abogado defensor—. El doctor Miralpeix determina que los juguetes fueron secados y apilados antes de que llegara la primera persona ajena a la casa.
—¡Basta de interrupciones! —ordenó el juez Valdés, dando un golpe de nudillos sobre el expediente—. La investigada responderá si alteró o no la posición de los flotadores y del cubo de plástico que figuraban en el borde de la piscina.
Elena rompió a llorar, llevándose las manos a la cara en un gesto deshecho. Las lágrimas le corrían por las mejillas, manchando la pechera de su abrigo gris.
—No lo sé... No me acuerdo de haber tocado los juguetes... A lo mejor los moví cuando saqué al niño... A lo mejor los recogí sin darme cuenta... ¡Yo amaba a mi hijo! ¡Le juro por Dios que yo amaba a mi hijo!
Ricard Ferrer permaneció inmóvil en su silla durante todo el interrogatorio.
No levantó la voz, ni hizo un solo gesto de ira cuando vio a su esposa deshacerse en lágrimas ante el juez.
Sus ojos, fríos y distantes, no se apartaron un solo segundo del rostro de la mujer que durante diecinueve años le había ocultado la verdad sobre la hora en que murió su hijo.
En la mirada de Ricard no quedaba ya rastro del dolor del marido traicionado; solo estaba la certeza implacable del notario que asiste a la ratificación de una sentencia inevitable.
El juez Valdés dictó las últimas instrucciones al secretario para que cerrara el acta del interrogatorio.
—Vistas las diligencias practicadas —declaró el magistrado con voz grave—, y resultando de las pruebas documentales y periciales aportadas indicios bastantes de criminalidad en la conducta de la investigada doña Elena Vidal, este Juzgado acuerda: la imputación formal de la compareciente por los delitos de omisión del deber de socorro y homicidio por imprudencia grave; la fijación de una fianza de responsabilidad civil de cinco millones de pesetas que deberá ser prestada en el plazo de veinticuatro horas; y el mantenimiento de las medidas cautelares de prohibición de salida del territorio nacional y retención del pasaporte.
El secretario hizo sonar el rodillo de la máquina de escribir una última vez y extrajo las tres copias del papel sellado para la firma de las partes.
• • •
A las doce y media de la mañana, Elena Vidal abandonaba el edificio de los Juzgados por la puerta lateral de la calle Sant Antoni Maria Claret, acompañada por su letrado Gonçal Traserra. La lluvia continuaba cayendo con intensidad sobre los adoquines de la calle.
Dos fotógrafos de la prensa local que aguardaban en la esquina captaron la imagen de Elena al salir: la cara desencajada, los ojos hinchados por el llanto, el abrigo gris empapado por el agua y el gesto derrotado de quien sabe que su nombre quedará impreso al día siguiente en las páginas de sucesos de toda la provincia.
Ricard y Ferran Boix salieron minutos después por la puerta principal de la plaza de la Imperial Tàrraco. El abogado guardó en su maletín la copia del auto de imputación recién firmado por el juez de instrucción.
—El auto de procesamiento quedará dictado antes de que termine el mes, Ricard —dijo Boix mientras bajaban la escalinata—. La fianza de cinco millones y el dictamen de Miralpeix la dejan sin margen de maniobra. Irá a juicio oral en la Audiencia Provincial por homicidio por imprudencia.
Ricard no respondió inmediatamente. Se detuvo en el último peldaño de la escalinata, abrió su paraguas negro y miró la plaza mojada, donde los vehículos circulaban despacio bajo la lluvia de la mañana.
—¿Y la demanda de divorcio? —preguntó Ricard.
—El Juzgado de Primera Instancia notificará esta misma tarde las medidas provisionales urgentes —respondió el letrado—.
Elena tiene un plazo de setenta y dos horas para abandonar el domicilio conyugal de la calle del Carme.
La guardia y custodia de Núria te ha sido concedida de forma exclusiva a ti.
Ricard asintió despacio. Cerró la gabardina hasta el cuello, apretó el asa de su maletín donde custodiaba las copias del auto judicial y echó a caminar a paso firme hacia el centro del pueblo, sabiendo que el largo camino de la verdad, iniciado meses atrás tras una carpeta azul en el archivo de la notaría, acababa de alcanzar su punto de no retorno definitivo.