El peso del silencio CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

—Tenemos que admitir que moviste los objetos, pero transformando ese acto en un gesto irracional derivado de la culpa y la desesperación, no en un plan de ocultación.

Debes declarar que sacaste al niño del agua, que intentaste reanimarlo hasta comprender que era inútil, y que en un ataque de angustia y negación de la realidad recogiste sus juguetes para no verlos tirados, antes de llamar a la notaría en un estado de automatismo inconsciente.

Elena miró a su abogado con pánico.

—Pero si digo eso... estoy admitiendo que estuve allí con el niño muerto antes de llamar a la policía.

—Ya está demostrado que estuviste allí, Elena —sentenció Trasera con frialdad—.

La factura de la Telefónica y el informe del médico lo demuestran matemáticamente.

La única duda que va a resolver el juez el viernes es si eres una madre angustiada que actuó de forma torpe e irracional tras una imprudencia, o si eres una mujer calculadora que omitió el socorro de su hijo para limpiar la escena antes de avisar a nadie.

Y te aseguro que la diferencia entre una versión y otra son diez años de prisión.

Elena se quedó en silencio, sintiendo que el aire de la estancia se volvía cada vez más enrarecido.

La estrategia de su propio abogado no buscaba proclamar su inocencia, sino negociar el grado de su condena, reduciendo la historia de su vida a una simple elección entre la estupidez trágica o la maldad consciente.

• • •

Al caer la tarde, Elena regresar a la casa de la calle del Carme sabiendo que le quedaban apenas treinta y seis horas antes de tener que sentarse en la silla de los investigados en el Juzgado de Instrucción.

La conversación con el letrado Traserra la había dejado vacía, consciente de que incluso su propia defensa la consideraba responsable de la alteración de la escena.

Al cruzar el umbral del recibidor, notó que la mancha de yodo y los cristales rotos de la mañana habían sido limpiados metódicamente por la asistenta. Sin embargo, el olor penetrante al antiséptico continuaba flotando en el aire, denso e imborrable.

Subió al primer piso. La puerta del dormitorio de Núria estaba entreabierta y se oía el leve rumor de ropa al ser doblada dentro de una maleta.

Elena avanzó con el corazón en la garganta y empujó la puerta.

Núria estaba de pie junto al armario, introduciendo jerséis, uniformes escolares y libros de texto dentro de una maleta de lona azul abierta sobre la cama. A su lado, sobre la mesilla de noche, reposaba una nota escrita a mano con la caligrafía inequívoca de doña Pilar.

—¿Qué estás haciendo, Núria? —preguntó Elena, con una voz que le salió como un graznido.

La muchacha no se sobresaltó. Continuó doblando una falda con gestos precisos y lentos, sin volverse a mirar a su madre.

—Me voy con la abuela Pilar —respondió Núria sin alterarse—. Viene a buscarme a las siete.

—¡No! —estalló Elena, dando tres pasos hacia la cama y agarrando a su hija por los antebrazos—. ¡Tú no te vas a ninguna parte con esa mujer! ¡Esta es tu casa! ¡Yo soy tu madre!

Núria se quedó rígida. No forcejeó ni intentó soltarse; simplemente bajó la vista hacia las manos de su madre que la sujetaban con desesperación y luego levantó los ojos, clavando en Elena una mirada de una frialdad tan absoluta que a esta le heló la sangre.

—Suéltame, mamá —dijo la muchacha con voz baja y serena.

—Núria, por favor... tienes que escucharme —suplicó Elena, apretando el agarre mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas—.

Tu padre y tu abuela están manipulando todo.

Te están contando mentiras sobre lo que pasó con Marc.

Tu padre quiere destruirme porque descubrió que yo no lo quería a él, pero lo que pasó con tu hermano fue un accidente...

¡Un accidente horrible que me ha destrozado la vida!

Núria no pestañeó. La acusación de Elena contra Ricard no produjo el menor efecto en la joven.

—Papá no me ha contado nada, mamá —dijo Núria, marcando cada palabra con una precisión implacable—. No le ha hecho falta. Te he visto yo.

—¿Visto qué? ¿Qué dices?

—Te vi esta mañana subir al altillo a buscar ese frasco de 1981 para mentir otra vez. Te vi temblar y tirarlo al suelo porque sabías que te había pillado. Y llevo semanas viéndote mirar a papá como si tuvieras pánico de que abra la boca.

—¡Estaba asustada, Núria! ¡Asustada por la policía!

—No estabas asustada por la policía —la cortó la muchacha, zafándose del agarre de su madre con un movimiento firme y seco—.

Estabas asustada porque sabes que papá tiene razón.

Sabes que dejaste a Marc solo en la piscina mientras hablabas con ese hombre de Barcelona, y sabes que tardaste una hora en llamar a nadie porque tenías miedo de lo que dijera la gente.

Las palabras de su propia hija cayeron sobre Elena con el peso de una sentencia judicial definitiva. La arquitectura de excusas, el relato de la madre abnegada destruida por el duelo, la teoría del shock y las acusaciones de manipulación contra Ricard se disolvieron en el aire de la habitación.

—Núria... yo te he criado... te he cuidado cada día de tu vida... —alcanzó a musitar Elena, retrocediendo dos pasos hasta chocar contra el marco de la puerta.

—Me has criado en una casa llena de mentiras —respondió Núria, cerrando la cremallera de la maleta azul con un sonido rasgado y definitivo—.

Durante seis años nos has hecho creer a todos que vivías triste por la muerte de Marc, cuando en realidad vivías triste porque tenías miedo de que te descubrieran.

En ese momento, el timbre de la calle volvió a sonar. Dos golpes firmes de nudillos contra la madera de la entrada.

Núria cogió el asa de su maleta, se la colgó del hombro y caminó hacia la puerta del dormitorio. Al pasar junto a Elena, se detuvo un instante. No hubo abrazo, ni lágrimas, ni reproche pasional. Solo una mirada limpia y distante de despedida.

—La abuela está abajo —dijo Núria—. Me voy a su casa hasta que termine el juicio.

—Núria... si te vas con ella, si cruzas esa puerta... no me vas a volver a ver —amenazó Elena en un último y desesperado intento de manipulación emocional, buscando chantajear a su hija con su propio aislamiento.

Núria se giró ligeramente en el pasillo, miró a su madre por encima del hombro y respondió con una serenidad devastadora:

—Lo sé, mamá. Por eso me voy.

La muchacha descendió las escaleras de madera con paso firme. Abajo, doña Pilar la esperaba en el recibidor con la puerta abierta. Un taxi aguardaba en la calle bajo la lluvia fina.

Elena se quedó de pie en el pasillo del primer piso, escuchando el sonido de los pasos de su hija alejándose por la grava del jardín, seguido del golpe seco de la puerta del taxi al cerrarse y el ruido del motor alejándose hacia el centro del pueblo.

La vivienda de la calle del Carme quedó de pronto sumida en un silencio absoluto, vasto y aterrador.

Las habitaciones estaban vacías, los armarios abiertos, y el reloj del pasillo continuaba desgranando su tictac metódico sobre el suelo manchado de yodo.

Elena caminó despacio hacia el salón, se dejó caer en el sillón de orejas junto a la chimenea apagada y comprendió que la profecía de Martí Aldabó se había cumplido punto por punto: antes incluso de poner un pie en el juzgado, la verdad ya la había dejado completamente sola.