El peso del silencio CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El miércoles a primera hora de la mañana, mientras la llovizna persistente continuaba empañando las cristaleras de la notaría, Ricard Ferrer recibió en su despacho privado al doctor Fernando Miralpeix, catedrático de Medicina Legal y Forense de la Universidad de Barcelona y perito judicial de reconocido prestigio en la Audiencia Provincial.

El doctor Miralpeix, un hombre de unos sesenta años, enjuto, de mirada penetrante tras sus gafas de montura de carey y movimientos pausados, abrió un portafolios de cuero gastado y extrajo un fajo de folios impresos en papel de gramaje grueso, acompañados de minuciosas gráficas de intervalos temporales y diagramas anatómicos.

Ricard, sentado tras su escritorio de caoba con las manos entrelazadas sobre el cuero verde, asintió en silencio.

—¿Cuál es su conclusión técnica, doctor? —preguntó con la voz desprovista de cualquier matiz emocional.

El doctor Miralpeix se ajustó las gafas y desplegó el primer esquema sobre la mesa.

—Mi conclusión, desde el punto de vista de la patología forense y la psiquiatría legal, es categórica e incontrovertible —declaró el catedrático, señalando con la punta de una pluma estilográfica la gráfica temporal—.

Existen tres elementos físicos e intangibles que desmienten de manera absoluta la hipótesis de un cuadro de shock disociativo inhabilitante o amnesia lacunar sobrevenida en el momento del ahogamiento.

El médico hizo una breve pausa para asegurarse la plena atención de Ricard, aunque el notario no había apartado la vista del documento ni un solo segundo.

—En primer lugar —prosiguió Miralpeix—, los livor mortis o livideces cadavéricas descritas por el doctor Roca en su primera inspección ocular indican que el cuerpo del menor permaneció en posición decúbito supino, sobre una superficie plana y fuera del agua, durante un periodo no inferior a cuarenta y cinco minutos antes de la llegada del médico.

Si la madre hubiera sacado al menor del agua e intentado maniobras de reanimación inmediatas, el patrón de distribución de las livideces y la temperatura rectal habrían presentado valores radicalmente distintos.

—Eso confirma que Marc llevaba muerto al menos tres cuartos de hora cuando se dio la alarma —apuntó Ricard con frialdad analítica.

—Exactamente. Pero el dato decisivo, señor Ferrer, no es solo el tiempo, sino la conducta observada durante ese intervalo.

Un estado de shock traumático de carácter disociativo provoca una alteración severa de la conciencia: estupor, parálisis motora o movimientos desordenados carentes de finalidad lógica.

Sin embargo, la alteración constatada en la escena del suceso muestra todo lo contrario.

Miralpeix desplegó la fotografía del borde de la piscina donde figuraban el cubo de plástico y los flotadores.

—La colocación de estos objetos —explicó el perito señalando los detalles con el extremo de su pluma— responde a un patrón de ordenación simétrica y secado deliberado.

El cubo fue colocado alineado con la junta del bordillo, y los flotadores, de material poroso, fueron secados y apilados.

Esta acción requiere motricidad fina, cálculo espacial y una clara intencionalidad de modificar la percepción visual del entorno para sugerir una escena de juego interrumpido de forma natural.

Es, en términos de criminalística, un acto de enmascaramiento o escenificación.

—¿Y qué hay de la llamada telefónica de las 17:18 horas a la notaría? —inquirió Ricard.

El doctor Miralpeix dibujó una leve sonrisa profesional.

—Esa es la prueba reina desde el punto de vista de la capacidad cognoscitiva y volitiva.

La llamada a su secretaria, la señora Purificación Soler, duró tres minutos y doce segundos.

Durante esa conversación, según consta en el acta notarial de Reus, la señora Vidal no solo mantuvo una prosodia serena y estructurada, sino que ejecutó una tarea de alta carga asociativa: cancelar una cita de negocios y deletrear metódicamente el apellido del procurador Aldabó para evitar errores de registro.

El catedrático volvió a juntar las hojas y las golpeó suavemente contra la mesa para alinearlas antes de deslizar el informe completo hacia Ricard.

—Una persona en estado de shock disociativo es incapaz de deletrear un apellido de forma correcta o de gestionar una agenda administrativa.

La concatenación de hechos —el corte de la discusión con el amante a las 16:22 h, la colocación simétrica de los juguetes, los tres minutos de conversación administrativa a las 17:18 h y la posterior simulación de pánico tras el regreso de la asistenta a las 17:25 h— demuestra una secuencia de actos racionales, orientados a un fin muy concreto: ganar tiempo, proteger su posición social y fabricarse una coartada plausible.

Ricard tomó el informe pericial. En la primera página, bajo el timbre oficial del Colegio de Médicos de Barcelona, se leía el título en letras mayúsculas: DICTAMEN PERICIAL SObrE LA CAPACIDAD VOLITIVA Y EVALUACIÓN FORENSE DE LA ESCENA EN EL FALLECIMIENTO DEL MENOR M.F.V.

—Este documento se incorporará de inmediato a las diligencias del Juzgado de Instrucción —dijo Ricard, guardando el dictamen en su maletín.

—Tiene usted en sus manos una prueba pericial de una solidez incontestable, señor Ferrer —concluyó el doctor Miralpeix, levantándose y estrechándole la mano con gravedad—. Ningún perito de la defensa podrá sostener la tesis de la amnesia ante un tribunal con este análisis sobre la mesa.

• • •

A mediodía, mientras el dictamen del doctor Miralpeix era trasladado por mensajero urgente al despacho de Ferran Boix para su unión a la querella, Elena Vidal mantenía una reunión de urgencia en el despacho de su abogado defensor, el letrado Gonçal Traserra, uno de los penalistas más veteranos y reputados de la ciudad.

El despacho de Traserra, situado en un principal de la Rambla Vella, destacaba por sus paredes cubiertas de cuadros de pintura paisajística y un ambiente recargado de moqueta oscura y muebles de caoba maciza.

Traserra, un hombre de setenta años de melena cana, arrugas profundas y voz cavernosa, escuchaba a Elena pasear por la estancia con las manos cruzadas a la espalda.

Sobre el escritorio del abogado reposaba la cédula de citación judicial notificada la mañana anterior por la comisión judicial, junto a una copia del auto de imputación emitido por el juez de instrucción.

—Elena, siéntate de una vez —ordenó Traserra con autoridad firme—. Caminar como un animal enjaulado no va a cambiar una sola coma del auto del juez.

Elena se dejó caer en el sillón de piel frente al escritorio. Tenía la cara desencajada, los ojos enrojecidos y la herida del dedo índice cubierta por una tira de esparadrapo blanco.

—Gonçal... tienes que parar esto —suplicó ella con la voz quebrada—. Ricard se ha vuelto loco. Ha llevado a la policía a casa delante de Núria. Está utilizando a Purificación, a Martí, a los médicos... a todo el mundo para destruirme.

Traserra encendió un cigarrillo con parsimonia, expulsó una columna de humo denso hacia el techo y miró a su clienta por encima de las gafas de media luna.

—Ricard no se ha vuelto loco, Elena. Ricard está actuando como lo que es: un notario frío y meticuloso que lleva meses reuniendo pruebas documentales y periciales contra ti. Y debo decirte que el escrito redactado por Ferran Boix es una trampa mortal de la que nos va a costar horrores salir.

—¡Pero si fue una desgracia! —estalló Elena, golpeando el apoyabrazos del sillón—. ¡El niño se cayó a la piscina mientras yo estaba al teléfono! ¡No hubo ninguna intención! ¡Yo me quedé bloqueada, no me acordaba de nada!

—Olvídate de la historia del bloqueo involuntario —la cortó Traserra con aspereza—.

Esa versión podía colar ante un juez de paz en 1983, cuando todo el mundo empatizaba con el dolor de una madre joven y la familia Ferrer era intocable en el pueblo.

Pero hoy tenemos sobre la mesa un registro de la Telefónica que demuestra que estuviste más de tres minutos hablando con la notaría antes de dar la alarma, y el testimonio jurado de tu examante afirmando que colgaste la llamada tras un minuto y medio de silencio.

Elena se cubrió el rostro con las manos, ahogando un sollozo.

—Martí es un cobarde... Un cobarde miserable que ha firmado todo lo que Ricard le ha puesto delante para salvar su propio pellejo.

—Martí Aldabó ha firmado un Acta de Manifestaciones ante notario con apercibimiento de falso testimonio —corrigió el abogado penalista—.

Y eso, a ojos de un juez de instrucción, tiene un peso demoledor.

Si el viernes entras en el juzgado manteniendo la tesis de que "no recuerdas nada" o de que "te quedaste paralizada", el fiscal te va a acorralar en los primeros diez minutos de interrogatorio y el juez dictará auto de procesamiento con fianza de responsabilidad civil de inmediato.

Elena levantó la cabeza, aterrada.

—¿Qué quieres que haga entonces? ¿Qué vamos a decir el viernes?

Traserra apagó el cigarrillo en un cenicero de cristal de roca y se inclinó sobre la mesa.

—He encargado esta mañana una segunda opinión pericial extraoficial al doctor Corominas, catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Reus.

Necesito que examinemos si hay alguna grieta técnica en la interpretación de esa escena.

Le he enviado las fotografías del atestado y las copias de los informes.

—¿Y qué ha dicho ese médico? —preguntó Elena con una brizna de esperanza desesperada.

—Ha dicho lo que cualquier perito honesto te diría cobrando una minuta: que las fotografías de los flotadores alineados y el cubo seco son devastadoras —respondió Traserra sin contemplaciones—.

Corominas sostiene que ningún tribunal de la Audiencia Provincial va a creerte si afirmas que no tocaste esos juguetes.

La única estrategia defensiva que nos queda es cambiar el relato antes de que el juez te interrogue.

—¿Cambiar el relato? ¿Cómo?