El peso del silencio CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

A su lado, los dos agentes de la Policía Judicial observaban la estancia con esa mirada profesional, fría y evaluadora, adiestrada para registrar cada detalle de un escenario en apenas tres segundos.

Elena continuaba en el suelo, de rodillas, con las manos manchadas de sangre y antiséptico. La llegada de las autoridades la había sumido en una especie de catatonia; tenía la mirada fija en las botas de agua de uno de los policías y la boca entreabierta, incapaz de articular palabra.

El funcionario comenzó a dar lectura al encabezamiento del auto con una voz monótona, vacía de cualquier matiz dramático, cuyos términos legales resonaban en el pasillo con la contundencia de un martillo sobre un yunque:

—«...Vistos los antecedentes presentados por la representación procesal de don Ricard Ferrer, y constando en las actuaciones la copia autorizada del Acta de Manifestaciones de doña Purificación Soler, la compulsa del registro de la Compañía Telefónica Nacional de España, el informe pericial forense suscrito por el doctor Prats y la declaración jurada de don Martí Aldabó, este Juzgado acuerda: la reapertura formal de las actuaciones archivadas por el fallecimiento del menor Marc Ferrer Vidal; la recalificación de la causa como procedimiento abreviado por presuntos delitos de omisión del deber de socorro y homicidio por imprudencia grave con alteración de la escena de los hechos; y la imputación formal de doña Elena Vidal, a quien se cita para prestar declaración en sede judicial el próximo viernes a las diez horas, asistida de letrado... »

Elena no se movió. El flujo de términos jurídicos — imputación formal , homicidio por imprudencia , omisión del deber de socorro — parecía atravesarla sin que su mente fuera capaz de procesar el alcance real de las palabras.

Sin embargo, cuando el secretario judicial se inclinó levemente para entregarle el duplicado de la cédula y requerirle la firma en el recibí, ella levantó despacio la mano ensangrentada y rechazó el papel con un temblor violento.

—Yo no he hecho nada... —alcanzó a musitar con un hilo de voz áspera—. Fue una desgracia. Una desgracia de verano...

El agente de la Policía Judicial más veterano tomó la cédula del secretario, la depositó sobre la mesa del recibidor junto al teléfono negro y miró a la mujer con una severidad libre de compasión.

—Queda usted debidamente notificada y requerida, señora. Si no comparece el viernes a la hora señalada con un abogado de su elección, se ordenará su conducción por la fuerza pública.

• • •

Núria observó la escena desde el arranque de la escalera, inmóvil como una columna. No lloró, ni buscó la mirada de su madre cuando los funcionarios judiciales se giraron y abandonaron la vivienda cerrando la puerta tras de sí.

El silencio volvió a adueñarse de la casa, pero ya no era un silencio de secretos guardados; era el vacío que deja un naufragio definitivo.

Elena se arrastró por el suelo hasta quedar apoyada contra la pared del pasillo. Miró a su hija con los ojos desorbitados, suplicando un gesto, una palabra, cualquier atisbo de clemencia que le permitiera sostenerse.

—Núria... por favor... dile a tu padre cuando vuelva que esto es una locura... Dile que yo lo quise, que os quise a los dos...

Núria bajó lentamente el último peldaño. Se detuvo a medio metro de su madre, mirando la cédula judicial que reposaba sobre la mesa del recibidor.

—La abuela Pilar tenía razón —dijo la muchacha en voz baja, con una madurez prematura y desgarradora—. Siempre dijo que en esta casa había algo muerto desde antes de que se ahogara Marc. Pero no era Marc, mamá. Eras tú.

Núria dio media vuelta, subió a su habitación y cerró la puerta. Instantes después, el sonido rotundo del cerrojo de su dormitorio indicó que el último puente emocional de la familia Ferrer acababa de romperse para siempre.

• • •

A las cinco de la tarde, la noticia de la reapertura de la causa y la imputación de Elena corría como la pólvora por los círculos notariales, judiciales y sociales del pueblo.

Doña Pilar llegó a la finca de la calle del Carme en un taxi local.

Entró en la vivienda utilizando su propio juego de llaves, con la espalda más erguida que nunca y la mirada encendida por una satisfacción amarga que llevaba seis años esperando.

Encontró a Elena en la cocina, sentada en la misma silla donde solía desayunar, con la mano cortada envuelta en un trapo sucio de cocina y la mirada fija en el jardín.

Doña Pilar no se quitó el abrigo ni el sombrero. Avanzó hasta el centro de la estancia, apoyando las dos manos sobre el pomo de plata de su bastón, y contempló a su nuera con el triunfo implacable de quien nunca dudó de la culpa.

—Se acabó la comedia, Elena —dijo la anciana, con una voz que retumbó en las paredes de azulejos—. Ricard por fin ha hecho lo que un hombre de su apellido tenía que haber hecho el primer día: llevarte ante un juez.

Elena levantó la vista despacio. En sus ojos no quedaba rastro del pánico de la mañana; solo había una vacuidad gris, el agotamiento definitivo de quien ha agotado todas sus reservas de mentiras.

—Tu hijo va a destruir esta familia, Pilar —dijo Elena sin fuerza—. Va a destruir a Núria.

—Tú destruiste a esta familia el día que dejaste ahogarse a mi nieto para tapar tus porquerías con ese procurador de Barcelona —replicó doña Pilar, dando un golpe seco con el bastón en el suelo—.

No nombres a Núria. A partir de hoy, esa niña no te pertenece.

Si me queda un soplo de vida, me encargaré personalmente de que no tengas que volver a mirarla a la cara.

Doña Pilar se giró sin esperar respuesta, subió al primer piso para buscar a su nieta y sacarla de aquella casa, dejando a Elena a solas con el olor a yodo de la entrada y la copia de la citación judicial sobre la mesa, esperando el viernes en que tendría que responder, por primera vez en seis años, ante la ley de los hombres.