El peso del silencio CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

El grito de Elena se cortó en seco. Miró a Núria con horror. La muchacha se había quedado petrificada en su silla, con los ojos muy abiertos, mirando la mancha de agua que caía de la mesa y luego la cara desencajada de su madre.

—¿Qué... qué ha dicho papá? —susurró Núria, mirando a Elena con una voz que apenas era un hilo de aire.

Elena intentó dar un paso hacia su hija, extendiendo las manos con súplica, pero los labios le temblaban de tal manera que no pudo articular una sola palabra.

La mirada de Núria, llena de una desconfianza repentina y desgarradora, fue la respuesta inmediata: la muchacha se echó hacia atrás, apartándose del contacto de su madre como si el tacto de sus manos fuera a abrasarla.

—Núria... cielo... no escuches a tu padre... está enfermo, no sabe lo que dice... —alcanzó a balbucear Elena, rompiendo a llorar con un sollozo ahogado.

—Sé perfectamente lo que digo —dijo Ricard, levantándose despacio de la mesa y recogiendo su servilleta—. Y las pruebas están en el juzgado desde esta misma tarde.

Ricard se giró y salió del comedor con paso firme, dejando tras de sí el sonido de los sollozos deshechos de Elena y el silencio aterrado de Núria, que permanecía inmóvil frente a la mancha de agua que continuaba goteando sobre la alfombra, marcando los segundos implacables de una casa que acababa de saltar por los aires de forma definitiva.

CAPÍTULO 20

El lunes amaneció con un cielo plomizo y una llovizna fina que teñía de gris los cristales de la casa de la calle del Carme.

Ricard salió antes de las ocho de la mañana hacia el despacho de Ferran Boix en la Rambla Nova, dejando atrás una vivienda sumida en un silencio sepulcral.

Elena no había salido de su dormitorio en toda la noche; tras la escena del comedor, se había encerrado bajo clave, dejando a Núria sola en el salón, petrificada frente al abismo que acababa de abrirse bajo sus pies.

A las nueve en punto, Ferran Boix y el procurador formalizaron el turno de entrada de la querella criminal en el Registro General de los Juzgados de Tarragona.

El expediente quedó asignado al Juzgado de Instrucción número 2.

Acompañaba al escrito la demanda de divorcio contencioso con petición de medidas coetáneas urgentes: separación de bienes, cese de la convivencia, revocación de poderes y atribución exclusiva de la guardia y custodia moral de Núria a favor del padre.

Mientras los mecanismos judiciales ponían en marcha el engranaje procesal, Elena permanecía en la cocina de la casa, presa de un pánico frío y paralizante.

Sabía que las palabras de Ricard la noche anterior no eran una amenaza vana; conocía la tenacidad metódica de su marido y sabía que, cuando él decía que un documento estaba en el juzgado, la maquinaria era ya imparable.

A las once de la mañana, movida por una desesperación a ciegas, Elena subió al altillo del pasillo principal.

Con las manos temblorosas y el pulso desbocado, arrastró una silla de madera y alcanzó una caja de latón deslucida donde conservaba recuerdos antiguos de su juventud y de los primeros años de matrimonio.

Buscaba un objeto en concreto: el pequeño bote de cristal con antiséptico y las gasas que conservaba del antiguo botiquín del cobertizo de la piscina.

En las semanas anteriores, durante las sesiones de pánico nocturno, Elena había intentado construir mentalmente una última línea de defensa: convencerse a sí misma —y convencer a Ricard— de que aquella tarde, tras sacar a Marc del agua, había corrido al cobertizo a buscar el botiquín para intentar reanimarlo antes de caer desplomada por el shock.

Si encontraba ese viejo bote o cualquier resto del botiquín y lo colocaba entre sus cosas como prueba de un intento de auxilio desesperado, tal vez pudiera alegar que no hubo omisión del deber de socorro, sino una tentativa inútil de salvamento sepultada por la angustia.

Sopló el polvo de la tapa de latón, la abrió con torpeza y volcó el contenido sobre la cama del dormitorio principal.

Entre cartas antiguas, un carrete de fotos velado y un par de cintas de tela, apareció el frasco de antiséptico, con la etiqueta amarilleada por el tiempo y la fecha de caducidad impresa en 1981.

Lo tomó entre los dedos con un ahogo en la garganta.

Se dirigió presurosa hacia el mueble del recibidor con la intención de meterlo en el cajón de las medicinas de uso diario, mezclándolo con el material actual para simular que siempre había estado allí, guardado desde el día de la tragedia como muestra de su desesperado intento de reanimación.

Lo que Elena no sabía era que Núria no se había ido al instituto esa mañana.

La muchacha, incapaz de acudir a clase tras la revelación de la noche anterior, se había quedado en la galería del piso superior, en un rincón en sombra, observando en silencio los movimientos de la casa.

Al oír los pasos apresurados de su madre y el chasquido del bote de cristal contra la madera del cajón, Núria bajó las escaleras sin hacer ruido.

Se detuvo en el último peldaño, contemplando a su madre de espaldas. Elena estaba intentando colocar el frasco al fondo del cajón, empujándolo tras las cajas de aspirinas con una prisa que delataba toda la culpabilidad del mundo.

—¿Qué estás haciendo, mamá? —preguntó Núria. Su voz sonó limpia, desprovista de emoción, como un hachazo en medio del pasillo.

Elena se giró de golpe, dando un ahogado grito de terror.

El bote de vidrio resbaló de sus dedos húmedos de sudor y cayó sobre las baldosas del recibidor, fracturándose en varios pedazos con un chasquido seco.

El líquido antiséptico, denso y amarillento, se extendió lentamente sobre el suelo, llenando el pasillo de un olor penetrante a yodo y alcohol.

Elena miró el cristal roto, luego a su hija, y cayó de rodillas al suelo en un intento absurdo y grotesco de recoger los cristales con las manos desnudas.

—¡Nada, cielo... no es nada! —balbuceó Elena, rompiendo a llorar con histeria mientras se cortaba la yema del dedo índice con un cristal, tiñendo el líquido de rojo—. ¡Se me ha caído un frasco viejo! ¡Solo estaba limpiando el armario!

Núria permaneció en el peldaño, mirando desde arriba a la mujer arrodillada en el suelo, manchada de yodo y sangre, intentando ocultar los restos de una prueba manipulada a destiempo.

En la mirada de la muchacha no hubo lágrimas ni amargura pasional; solo una distancia helada, una repulsión definitiva e irreversible.

—Estás intentando mentir otra vez —dijo Núria despacio, mirando el frasco roto cuya etiqueta de 1981 delataba su origen—. Como mentiste el día que murió Marc.

—¡No! ¡Núria, escúchame, por favor! —suplicó Elena, intentando levantarse y estirando una mano manchada de sangre hacia la falda de su hija—. ¡Intenté salvarlo! ¡Fui al cobertizo a por el botiquín! ¡Te lo juro por la memoria de tu hermano que fui a por el botiquín!

—Ese frasco estaba en la caja de latón del altillo —respondió Núria sin dar un paso atrás—. Te vi subir a por él hace diez minutos.

Elena se quedó congelada a cuatro patas sobre el suelo del recibidor, con la mano ensangrentada suspendida en el aire. La mentira improvisada se había desmoronado delante de su propia hija en cuestión de segundos, sin posibilidad alguna de reparación.

En ese preciso instante, el timbre de la puerta principal resonó en toda la casa con dos golpes secos, metálicos y solemnes.

Núria no miró a su madre. Avanzó por el pasillo esquivando los cristales rotos y la mancha de yodo, y abrió la puerta de madera.

En el umbral, bajo la llovizna de la mañana, permanecían tres personas: el secretario judicial del Juzgado de Instrucción número 2 de Tarragona, con una carpeta de cuero bajo el brazo, y dos agentes de la Policía Judicial vestidos de paisano pero con la placa colgada al cuello.

—¿Es este el domicilio de doña Elena Vidal? —preguntó el secretario judicial con tono profesional e impersonal.

Núria miró a los agentes, miró la carpeta judicial y luego volvió la vista hacia el pasillo, donde su madre permanecía de rodillas sobre la mancha de yodo y sangre, acorralada por el peso ineludible de sus propias mentiras.

—Sí —respondió Núria con voz firme, apartándose del umbral para dejarles el paso libre—. Es aquí.