CAPÍTULO 18 #2
—Está bien... —susurró el arquitecto, mirando al suelo—. Está bien. Vamos a esa notaría.
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La notaría de Don Ignacio Carvajal, ubicada en un piso principal de la Rambla de Catalunya, conservaba el empaque tradicional de las oficinas solemnes del Eixample: suelos de mosaico hidráulico, molduras de yeso en los techos de más de cuatro metros de altura y un olor penetrante a cera de abejas y cuero viejo.
El notario Carvajal, colega de profesión que conocía a Ricard por las asambleas anuales del Colegio Notarial de Cataluña, recibió a ambos hombres en su despacho privado sin hacer preguntas innecesarias.
Ricard le había adelantado por teléfono la urgencia de la diligencia: el otorgamiento de un Acta de Manifestaciones a requerimiento de parte para su aportación a un procedimiento judicial inminente.
Durante una hora y media, la pluma de Don Ignacio fue dando forma jurídica a las palabras de Martí Aldabó.
Martí, sentado rígido en un sillón de fraile frente al escritorio de caoba, fue dictando su testimonio con voz monocorde y pausada, respondiendo a las preguntas precisas que el propio Ricard introducía para que el texto no dejara ningún margen de ambigüedad procesal.
El documento quedó registrado bajo el número de protocolo correspondiente del día y consignó con frialdad notarial los siguientes extremos:
La existencia de la relación extramatrimonial mantenida entre el compareciente, Martí Aldabó, y la Sra.
Elena Vidal durante la primavera y el verano de 1983.
La llamada telefónica recibida el 26 de agosto de 1983 a las 16:10 h en la línea directa del despacho del compareciente, efectuada por Elena Vidal desde el domicilio conyugal de Tarragona.
El contenido de la conversación , centrada en la decisión unilateral de Elena Vidal de poner fin a la relación, y la subsiguiente discusión surgida entre ambos.
La interrupción repentina de la voz de Elena Vidal a las 16:22 h , seguida de un periodo de silencio continuado de noventa segundos (1,5 minutos) durante el cual el compareciente mantuvo el auricular en la oreja apelando a su interlocutora sin obtener respuesta.
El corte definitivo de la comunicación efectuado desde el aparato emisor de la finca de Tarragona a las 16:23 h y media, sin que el compareciente pudiera restablecer el contacto posterior.
Cuando el oficial de la notaría imprimió las hojas de papel sellado del Estado, Martí leyó el texto con las manos temblorosas. Llegado el momento de rubricar, sostuvo la pluma estilográfica sobre la línea de firma durante varios segundos que parecieron eternos.
Ricard permanecía de pie a su lado, observando el trazo del metal sobre el papel.
Finalmente, Martí stamped su firma y su rúbrica al margen de cada una de las hojas y en el pie de la última página.
Don Ignacio Carvajal applied la estampilla de taco con el sello del despacho, firmó en su calidad de fedatario público y ordenó la expedición inmediata de una copia autorizada para Ricard.
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A las dos de la tarde, Ricard salía de la notaría de la Rambla de Catalunya sosteniendo la nueva carpeta oficial de cartulina que contenía el Acta de Manifestaciones de Martí Aldabó.
Martí bajó junto a él la escalera de mármol del edificio, pero al llegar al portal de hierro forjado que daba a la calle se detuvo en seco. No estrechó la mano de Ricard ni le miró a la cara.
—Ya tiene lo que quería, señor Ferrer —dijo Martí, con la voz apagada por el desprecio y la resignación—.
Ha destruido a Elena, se ha destruido a sí mismo y ahora me ha arrastrado a mí también a este pozo.
Espero que esa verdad que tanto buscaba le sirva de algo cuando se quede completamente solo en esa casa.
Martí se giró sin esperar respuesta y echó a caminar a pasos rápidos en dirección a la Gran Vía, perdiéndose entre la multitud de peatones que abarrotaban las aceras.
Ricard se quedó de pie en el umbral del portal. Abrió su maletín de cuero, introdujo el nuevo documento junto al acta de Purificación y el informe del doctor Prats, y ajustó la clave numérica de los cierres con un doble chasquido metálico.
No sentía satisfacción ni triunfo. La advertencia de Martí —«cuando se quede completamente solo en esa casa»— no provocó en él la menor oscilación en su propósito.
Sabía que la soledad ya se había instalado en la casa de la calle del Carme desde hacía seis años, disfrazada de cenas silenciosas y miradas esquivas.
La única diferencia era que ahora esa soledad dejaba de ser una mentira compartida para convertirse en el precio definitivo de la justicia.
Tomó un taxi de vuelta a la estación de Sants.
Durante el trayecto en tren de regreso a Tarragona, Ricard no volvió a abrir el maletín.
Mantuvo la vista fija en las vías que se extendían hacia el sur, sabiendo que al llegar a la ciudad le esperaba la reunión definitiva con Ferran Boix para estampillar la querella criminal que terminaría por demoler, de forma irreversible, la vida que había conocido hasta ese día.