CAPÍTULO 18
La primera conversación en el estudio de la calle Muntaner había aportado un relato verbal y una hoja manuscrita informal.
Para Ricard —y muy especialmente para Ferran Boix— aquello resultaba jurídicamente insuficiente.
Una nota manuscrita sin fechar formalmente ni estar prestada ante fedatario público o autoridad judicial permitía a la defensa de Elena alegar presiones, imprecisiones de memoria o falsedad documental en cuanto la causa fuera incoada.
Lo que Ricard exigía esa mañana no era una confidencia entre dos hombres marcados por la misma sombra, sino una declaración jurada en regla, redactada en papel sellado, con reconocimiento de firma y la advertencia expresa del delito de falso testimonio.
El tren frenó con un chillido metálico bajo la cubierta de hormigón de Sants. Ricard descendió entre el tumulto de viajeros de primera hora, apretando el maletín contra las costillas, y tomó un taxi en la parada de la plaza dels Països Catalans.
—A la calle Muntaner, esquina con Consejo de Ciento —indicó al conductor.
El vehículo se abrió paso por la trama ortogonal del Eixample.
Ricard miraba por la ventanilla las fachadas señoriales de principios de siglo, sintiendo una desconexión absoluta con el pulso apresurado de la ciudad.
Mientras la gente acudía a sus empleos, abrir sus comercios o tomar el café matutino, él caminaba en una dimensión paralela donde el tiempo se había detenido en una tarde sofocante de agosto de seis años atrás.
Al llegar a la finca del estudio Aldabó & Ribas , Ricard no esperó a que la secretaria joven anunciara su llegada. Cruzó el pasillo de tarima flotante con paso firme y continuó directamente hacia el despacho del fondo.
Martí Aldabó estaba de pie ante una gran mesa de delineación, examinando unos planos desplegados junto a un compás y una regla de escala.
Llevaba una camisa azul claro con las mangas remangadas hasta los codos y la corbata aflojada en el cuello.
Al oír la puerta abrirse de golpe, se giró bruscamente.
La sorpresa inicial de su rostro se transformó de inmediato en una palidez cenicienta al reconocer a Ricard.
—Señor Ferrer... —dijo Martí, dejando la regla sobre el papel—. No esperaba volver a verle. Quedamos en que la nota manuscrita que le entregué...
—La nota manuscrita no sirve, señor Aldabó —la voz de Ricard cortó la frase con la precisión de un bisturí.
Avanzó hasta el centro de la estancia y colocó el maletín sobre una mesa baja de cristal—.
No he venido a buscar consuelo ni a tener una charla privada.
He venido a por una declaración jurada formal.
Martí parpadeó, dando un paso atrás hasta apoyar los riñones contra el canto de la mesa de dibujo.
—¿Una declaración jurada? ¿De qué habla?
—Hablo de acudir de inmediato a la notaría del señor Andreu Solà o a la que yo he concertado a dos calles de aquí, en la Rambla de Catalunya —respondió Ricard, abriendo los cierres metálicos de su maletín con dos chasquidos secos—.
Necesito que preste declaración firmada bajo fe pública.
Debe constar la hora exacta en que Elena le llamó a su despacho el 26 de agosto de 1983, la duración de la discusión, el contenido de sus palabras, y muy especialmente el minuto y medio de silencio en el que la línea permaneció abierta antes de ser cortada desde mi casa.
Martí negó con la cabeza, levantando las manos en un gesto defensivo.
—Eso es una locura, señor Ferrer. Ya le conté todo lo que recordaba. Le entregué ese escrito de mi pugno y letra. Entrar en un protocolo notarial para prestar declaración formal significa... significa que ese documento va a terminar en un tribunal.
—A eso exactamente ha venido —dijo Ricard sin inmutarse—. El escrito manuscrito que me dio carece de valor probatorio si la defensa de Elena lo impugna. Necesito un instrumento público que su abogado no pueda tumbar. La querella criminal contra Elena Vidal se presenta este lunes a primera hora.
El silencio cayó sobre el despacho como una losa de hormigón. Martí miró a Ricard con los ojos desorbitados, pasando la mirada de la figura rígida del notario al maletín abierto sobre la mesa de cristal.
—¿Una querella criminal? —susurró Martí, con la voz quebrada por la incredulidad—. ¿Va a querellarse contra su propia esposa? ¿Por la muerte de su hijo?
—Voy a querellarme por omisión del deber de socorro y homicidio por imprudencia grave con alteración deliberada de la escena —corrigió Ricard en un tono gélido—.
Y su testimonio sobre ese minuto y medio al teléfono es la pieza clave que demuestra que no hubo un shock inhabilitante, sino una interrupción consciente para gestionar las consecuencias de lo que acababa de ocurrir.
Martí se pasó las dos manos por el rostro, frotándose la frente con desesperación. Comenzó a caminar de un lado a otro del despacho, entre las estanterías llenas de maquetas de metacrilato y los tubos de planos de cartón.
—No puedo hacer eso, Ricard... no puedo —dijo Martí, empleando por primera vez el tuteo de forma involuntaria—.
¿Sabe lo que supondría eso para mi vida?
Mi padre es el procurador del distrito. Mi firma está en decenas de proyectos públicos en esta ciudad.
Si mi nombre aparece vinculado a una causa penal por la muerte de un niño, aunque solo sea como testigo de una infidelidad de hace seis años, mi carrera y mi familia quedarán destruidas.
Ricard lo observó caminar con una frialdad absoluta. En los movimientos erráticos del arquitecto no veía el sufrimiento de un hombre atormentado por la verdad, sino el pánico calculador de alguien que intentaba proteger la compostura de su existencia burguesa en el Eixample.
—Está usted pensando en su reputación —dijo Ricard, ajustando el tono de su voz para volverlo aún más cortante—.
Piensa en la firma de su padre y en sus proyectos arquitectónicos.
Mientras tanto, mi hijo lleva seis años bajo una lápida de mármol en el cementerio de Tarragona porque la mujer con la que usted se acostaba esa primavera prefirió colgarle a usted y ordenar el borde de la piscina antes de pedir una ambulancia.
—¡Yo no sabía lo que estaba pasando! —estalló Martí, deteniéndose en seco y encarándose con Ricard—.
¡Le juro por mi vida que cuando oí ese silencio no imaginé jamás que el niño se estuviera ahogando!
Pensé que Elena me había colgado por rabia, porque estábamos discutiendo... ¡pensé que era un desaire más!
—Y por eso mismo debe declararlo ante un notario —insistió Ricard, dando un paso hacia él—.
Si usted no sabía nada, no tiene nada que temer penalmente.
Pero si se niega a firmar esa declaración jurada hoy mismo, interpretaré su negativa como lo que es: un intento deliberado de seguir protegiendo a Elena para evitar que la verdad salga a la luz.
Martí se quedó inmóvil. La mirada de Ricard lo acorralaba contra la pared.
—No la estoy protegiendo... —murmuró Martí, aunque la vacilación en su tono delató de inmediato la grieta en su discurso.
—Sí lo está haciendo —replicó Ricard con voz firme y baja—.
Lleva seis años protegiéndola con su silencio.
Cuando llamó a mi casa esa misma noche de agosto y le dijeron que Elena no podía ponerse, usted decidió no volver a preguntar.
Decidió no acudir a la policía. Decidió no presentarse en el entierro.
Se escondió en Barcelona y dejó que la versión del accidente doméstico se consolidara sin mover un dedo.
Y ahora, cuando le exijo que estampe su firma ante fedatario público, vuelve a dudar porque prefiere preservar la coartada de la madre de mi hijo antes que asumir la responsabilidad de lo que ayudó a desencadenar.
—¡Eso no es verdad! —gritó Martí, golpeando la mesa de dibujo con el puño—. ¡Yo la quise! ¿Entiende eso, Ferrer? ¡Yo la quise durante aquellos meses! ¡No puedo ser el ejecutor que la envíe a la cárcel seis años después!
El grito de Martí resonó en las paredes de cristal del estudio. Tras la puerta transparente, la secretaria levantó la cabeza desde su puesto de trabajo, sorprendida por el exabrupto.
Ricard no pestañeó. La confesión visceral de Martí —«yo la quise»— no le produjo ningún dolor ni ningún celo retrasado.
En la mente metódica del notario, aquellas palabras solo sirvió para reafirmar la certeza de que Martí Aldabó seguía siendo un obstáculo para la justicia, una pieza que intentaba resistirse a ser encajada en el expediente.
—Su afecto por Elena Vidal me resulta irrelevante, señor Aldabó —dijo Ricard con una serenidad que contrastaba brutalmente con la alteración del arquitecto—.
Lo que no es irrelevante es que a las 16:22 h de aquel día usted estaba al otro lado de esa línea telefónica.
Si usted no acude conmigo a la notaría de la Rambla de Catalunya dentro de los próximos treinta minutos para firmar el Acta de Manifestaciones, Ferran Boix solicitará esta misma tarde al juez de instrucción su citación mediante la Policía Judicial, con apercibimiento de desobediencia a la autoridad.
Martí miró a Ricard a los ojos, buscando algún resquicio de duda, algún atisbo de negociación o debilidad. Solo encontró la mirada fija de un hombre que había quemado todas las naves de su propia vida y que no tenía ya nada que perder.
—Le darán traslado del requerimiento en este mismo despacho —añadió Ricard, señalando las mesas de dibujo donde los aparejadores y delineantes trabajaban en silencio—.
Ante sus socios, ante sus clientes y ante la secretaria que está al otro lado de esa puerta.
Elija cómo quiere declarar: mediante un acta notarial discreta redactada esta mañana, o mediante una citación policial entregada en mano a primera hora de mañana.
Martí dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo. Pareció encogerse varios centímetros dentro de su camisa de marca. La resistencia se evaporó de su rostro, reemplazada por un agotamiento gris y definitivo.