CAPÍTULO 17
Ricard no regresó a la casa de la calle del Carme para comer, a pesar de que sabía que Elena lo estaría esperando tras la mesa del comedor, con el plato servido y esa compostura frágil con la que intentaba sostener la apariencia de normalidad.
Dirigió el coche directamente hacia el centro de la ciudad y estacionó en las inmediaciones de la Rambla Nova.
El despacho de su letrado y amigo de la infancia, Ferran Boix, ocupaba el primer piso de un edificio señorial de piedra de sillería.
Las estanterías de roble oscuro abarrotaban las paredes hasta el techo, repletas de tomos enpielados de la jurisprudencia del Tribunal Supremo y repertorios del Aranzadi.
El aire de la estancia olía al tabaco de pipa que Ferran consumía con una disciplina cansada y a la cera con la que se limpiaban los muebles de despacho.
Ferran escuchó la puerta abrirse, se quitó las gafas de lectura y observó a Ricard avanzar en silencio hasta la gran mesa de centro.
—¿Lo tienes todo? —preguntó el abogado, señalando la silla de cuero.
Ricard no respondió con palabras. Abrió los cierres metálicos de su maletín con un doble chasquido seco, extrajo la carpeta de cartulina crema expedida por la notaría de Reus y la funda transparente que protegía los originales de la Telefónica, y los desplazó sobre la mesa de madera.
Ferran cogió los documentos con la parsimonia propia de quien lleva más de veinte años traduciendo tragedias humanas a la fría gramática del Código Penal.
Durante más de media hora, el único sonido en el despacho fue el crujido del papel sellado del Estado, el paso de las hojas y el leve rasgueo del lápiz con el que Boix tomaba notas en el margen de un bloque de folios amarillos.
El letrado examinó en primer lugar la compulsa del conmutador de la Telefónica.
Pasó el índice por la línea impresa en tinta violeta que acreditaba la conexión de tres minutos y doce segundos realizada a las 17:18 h del 26 de agosto de 1983.
Después, desplegó el Acta de Manifestaciones firmada por Purificación Soler ante el notario Andreu Solà.
Leyó despacio el testimonio de la anciana secretaria: la voz pausada de Elena, la ausencia de temblor, las instrucciones ordenadas para aplazar la cita del procurador Aldabó y el deletreo deliberado de cada apellido para evitar equivocaciones en la agenda.
Por último, volvió a revisar las amplificaciones fotográficas del atestado forense y el informe pericial del doctor Prats sobre la disposición simétrica y seca de los objetos infantiles en el borde de la piscina.
When terminó la lectura, Ferran alineó las páginas contra la mesa con un golpe metódico y se recostó en su sillón, mirando a Ricard a los ojos por encima de sus gafas de montura metálica.
—Con esto tenemos la estructura completa, Ricard —dijo Boix con una voz baja y grave—.
La llamada de las 17:18 horas destruye por completo cualquier argumento sobre la amnesia disociativa, el shock inhabilitante o la pérdida de conciencia.
Si Elena estuvo al teléfono con tu secretaria dando instrucciones ejecutivas y deletreando nombres a las 17:18 h, cuando Marc llevaba al menos tres cuartos de hora fallecido en el agua según el dictamen médico, existió una conducta plenamente consciente de ocultación, demora en el aviso y alteración deliberada de la escena.
—Quiero presentar la querella el lunes a primera hora —dijo Ricard. Su voz sonó categórica, despojada de cualquier matiz emocional.
Ferran suspiró, dejó el lápiz sobre la mesa y se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre los documentos.
—Escúchame bien, Ricard. Quiero que entiendas las consecuencias procesales exactas de lo que me estás pidiendo antes de que estampe mi firma en el escrito.
Si presento este expediente en el Juzgado de Instrucción número 2 de Tarragona, solicitaremos la apertura formal de diligencias previas y la reanudación de la causa archivada en 1983.
La causa cambiará de naturaleza: dejará de ser un expediente por accidente doméstico fortuito para convertirse en una investigación penal por omisión del deber de socorro y homicidio por imprudencia grave, con las agravantes de parentesco y alteración de pruebas.
—Lo sé —respondió Ricard.
—Eso significa —continuó Ferran, marcando cada palabra con firmeza— que el juez dictará un auto de imputación formal contra Elena Vidal.
La Policía Judicial se presentará en tu casa de la calle del Carme para notificarle la citación, tomarle declaración bajo apercibimiento de ley e instruir las primeras diligencias de investigación.
Elena no irá a hablar con un médico ni con un amigo; irá a un juzgado de lo penal asistida por un abogado defensor.
—Es exactamente lo que exige la verdad de lo que ocurrió esa tarde.
—Y hay más —añadió el abogado—. Simultáneamente a la querella criminal, interpondremos la demanda de divorcio contencioso en el Juzgado de Primera Instancia.
Solicitaremos la separación de bienes inmediata, la revocación de todos los poderes notariales otorgados a su favor, la salida del domicilio conyugal y la atribución exclusiva de la patria potestad y custodia moral de Núria para ti.
No habrá negociación previa. No habrá reunión en un despacho para intentar un acuerdo amistoso.
—No quiero negociar nada con ella, Ferran. Quiero que la ley actúe con la misma precisión metódica con la que ella calculó sus mentiras mientras mi hijo estaba en el agua.
Ferran Boix sostuvo la mirada de su amigo durante varios segundos.
Comprobó que en los ojos de Ricard no quedaba rastro de la duda que suele asaltar a las víctimas antes de tomar una decisión irreversible; solo había la frialdad técnica del notario que exige la ejecución de una cláusula contractual que ha sido violada de forma flagrante.
—Firmarás el apoderamiento a mi favor el lunes a las nueve —concluyó Ferran, cogiendo su pluma para anotar los datos de la demanda—.
Redactaré el escrito de la querella durante este fin de semana.
Cuando Elena reciba la notificación judicial, el mecanismo de la justicia ya no se podrá detener por un arrepentimiento de última hora.
—No habrá ningún arrepentimiento —dijo Ricard, cerrando su maletín.
• • •
Ricard llegó a la finca de la calle del Carme cuando las primeras sombras del crepúsculo empezaban a oscurecer el jardín.
La casa permanecía en un silencio denso, pesado, solo interrumpido por el sonido lejano del piano en el piso superior.
Núria practicaba una sonata de pasajes lentos, repitiendo los mismos compases con una disciplina triste que resonaba por toda la estructura de la vivienda.
Elena salió de la cocina al oír el chasquido de la cerradura. Llevaba puesto un delantal de lino blanco y tenía el rostro marcado por la palidez y unas ojeras profundas que el maquillaje ya no lograba disimular.
—Has tardado mucho —dijo ella, deteniéndose en el pasillo y secándose las manos en un paño de cocina—. Te he guardado la comida, pero se ha enfriado. ¿Has terminado tus asuntos en Reus?
Ricard se detuvo a dos pasos de ella. La miró fijamente a la cara, sin quitarse la gabardina ni soltar el maletín de cuero.
Vio su gesto doméstico, la mirada insegura con la que intentaba adivinar el estado de ánimo de su marido y esa apariencia de esposa abnegada que llevaba diecinueve años cultivando.
Ya no veía en ella a la mujer de la que se había enamorado en su juventud; veía a la testigo que había mentido ante el médico, ante la policía y ante su propia familia para proteger su imagen social tras dejar morir a su hijo.
—He terminado todo lo que tenía que hacer en Reus —respondió él fríamente, con un tono neutro que heló la atmósfera del recibidor—. No tengo hambre.
Pasó a su lado sin rozarla y se dirigió directamente a su despacho privado. Entró, giró la llave de la puerta con un doble chasquido metálico y escuchó cómo las pisadas de Elena se detenían al otro lado de la madera.
—Ricard... —llamó ella con la voz apagada desde el pasillo—. ¿Hasta cuándo vas a mantener esta distancia? No puedes encerrarte cada noche. Núria nota que apenas nos dirigimos la palabra. Si hay algo más que quieras preguntarme...
Ricard no respondió. Se sentó tras el escritorio de cuero de su padre, encendió la lámpara de flexo y extrajo del maletín la copia del Acta de Manifestaciones de Purificación Soler y la compulsa de la Telefónica.
Colocó ambos documentos en el centro de la mesa, exactamente debajo de la luz amarilla, como el testimonio físico de la decisión que acababa de formalizar.
Escuchó a Elena dudar al otro lado de la puerta durante dos largos minutos. Oyó su respiración agitada y el leve roce de su mano contra la madera, antes de escuchar finalmente el sonido de sus pasos alejándose lentamente hacia la cocina.
Ricard abrió el segundo cajón del escritorio y sacó su agenda de contactos procesales.
Buscó la ficha del procurador de los tribunales que trabajaba habitualmente con Ferran Boix para la radicación inmediata de querellas urgentes en la Audiencia Provincial.
Anotó los datos en una hoja y la unió a la carpeta de la querella.
En el piso superior, el sonido del piano de Núria continuaba sonando, lento y melancólico.
Ricard apoyó las palmas de las manos sobre la mesa y cerró los ojos.
Sabía que en cuestión de días aquella música se interrumpiría para siempre, quebrada por la llegada de la comisión judicial a la puerta de la casa.
Sabía el precio amargo que su hija tendría que pagar al ver el nombre de su madre impreso en un auto de imputación por la muerte de su hermano.
Pero mientras contemplaba el sello de taco y la firma del notario estampados en el papel sellado, Ricard comprendió que el dolor de la verdad era la única vía que le quedaba para hacer justicia a la memoria de Marc.
La mentira había gobernado su vida durante seis años; a partir del lunes, el proceso penal ocuparía su lugar.